ESQUIZOFRENIA
Fredric
Brown
Título original: The Deep End
Colección Rastros, nº
246
Edición digital: José
M.C.M.
1
Sábado
Hacía un calor
infernal en la sala de redacción del "Herald", aunque el gran reloj
eléctrico que adornaba la pared sólo señalaba las diez y media. Las diez y
media de la mañana de un sábado de julio, el último día de trabajo antes de
iniciar mi semana de vacaciones.
Cerca
del cielo raso volaba un tábano de un lado a otro y su constante zumbido me
resultaba más resonante que el esporádico tabletear de las máquinas de
escribir. Levanté la vista y localicé el insecto que describía círculos
inútiles en lo alto.
El movimiento me hizo
notar que tenía el cuello ajustado y me lo aflojé. "Condenado
tábano", pensé, "¿no sabes que no hay nobles caballos en una sala de
redacción?"
Me pregunté entonces
si los tábanos se morían de hambre si no hallaban caballos, como le ocurría al
moscardón de "Alicia a través del espejo", aquel que desfallecía de
debilidad si no encontraba un té liviano con un poco de crema.
Alguien parado junto a
mi escritorio me preguntó:
—¿Qué diablos haces?
Era Harry Rowland.
—Estaba comulgando con
un tábano — repuse sonriendo—. ¿Te incomoda?
—¡Gracias a Dios! Creí
que estabas rezando. Ed quiere verte ahora mismo.
Dicho esto encaminóse
hacia la puerta y vi que el traje liviano que llevaba puesto tenía manchas de
sudor en la espalda.
Me quedé sentado unos
momentos más, cobrando valor para levantarme y caminar. Lo había estado pasando
bien sin hacer nada durante casi media hora y ya comenzaba a abrigar la
esperanza de que Ed me hubiera olvidado.
Ed es el jefe de
redacción del "Herald". Hay muchos que se llaman como él y el nombre
no significa nada. He conocido reporteros llamados Ernest y Frank, y una vez
conocí a una chica llamada Virginia.
Me abrí paso por entre
la pesada atmósfera de la sala y entré en su oficina. Luego de sentarme frente
a su escritorio, aguardé que me mirara, rogando al cielo que no lo hiciera...,
pero lo hizo.
—Se mató un muchacho
en el tren de diversiones de Whitewater Beach —manifestó—. Quiero que escribas
una crónica de interés humano y digas lo bueno que era, que hables de los
padres dolientes y cosas por el estilo. Exagera la nota. Ya sabes lo que quiero
decir.
Le comprendía
perfectamente.
—Ya comienzo a llorar
—le dije—. ¿Tiene nombre el muchacho?
—Probablemente. Pide
los datos a Rowland.
—Se acaba de ir.
—Va hacia allá. El se
encargará de la crónica, Sam. Y Burgoyne escribirá un editorial. Tú...
—Ya lo sé
—interrumpí—. El cuento lacrimoso. Pero necesito tener algo en qué basarme, a
menos que quieras que espere hasta que vuelva Rowland.
—Te llamará por
teléfono en cuanto tenga el nombre del muchacho y algunos otros datos. Quédate
junto al aparato hasta que llame. No empieces ninguna otra cosa. Cuando tengas
noticias de él, inicias el trabajo y lo sigues hasta el momento de entrar en
máquina, si es que consigues suficientes detalles. Usa todo el espacio que
puedas llenar. Una foto si la encuentras. Dale duro.
—Y hazlos llorar
—murmuré.
Rió en silencio.
Yo volví a mi
escritorio y me senté a esperar que sonara la campanilla del teléfono.
Ed no necesitó ser muy
explícito. Hacía ocho años que yo trabajaba en el "Herald", de modo que
estaba bien al tanto del asunto. Tratábase de una cuestión de amor propio. Lo
supe no bien mencionó Whitewater Beach, el parque de diversiones que hay en las
afueras de la ciudad. El "Herald" no publicaba ningún aviso del
parque, y jamás lo mencionaba si no era para hablar de algún robo o un
accidente ocurrido en el lugar. En esos casos agotábamos todos nuestros
recursos. Ésta era la primera vez que moría alguien allí, de modo que no habría
límite para nosotros.
La verdad del asunto es
que Whitewater Beach pertenecía a un tal Walter A. Campbell, quien encabezaba
la lista de nuestros enemigos. El coronel Ackerman, propietario del
"Herald", odiaba a Campbell de todo corazón. La diferencia entre
ambos databa de doce años atrás y la versión más conocida la atribuía a que
Campbell había tratado al coronel de "político venal" porque Ackerman
—entonces presidente del consejo comunal— había vetado un proyecto de
pavimentación que mejoraría la ruta principal hacia Whitewater Beach. Campbell
acusó a Ackerman de haberlo hecho con fines de extorsión, a fin de obligar al
parque de diversiones a dar publicidad al "Herald".
Y ahora, porque el
coronel jamás olvidaba ni perdonaba un insulto, yo me encontraba esperando
junto a mi teléfono, como el corredor que aguarda la señal de partida. Mas la
espera no me desagradaba; de todos modos, no quería trabajar. Tuve la esperanza
de que no sonara la campanilla del teléfono y, por supuesto, fue entonces
cuando se hizo oír.
—Sam Evans — dije por
el transmisor.
Pero no fue Rowland
quien me contestó, y en cambio oí la voz de Millie.
—Se me ocurrió
llamarte para despedirme, Sam — me dijo—. Voy a tomar un tren anterior al que
pensaba. Averigüé que sale uno a las cuatro de la tarde y me convendrá mejor
que el de las ocho y treinta, ya que así llegaré al anochecer.
—Me parece bien,
Millie, pero lamento no poder verte de nuevo. Pensé... En fin, esperaba tener
una nueva oportunidad de conversar antes de que partieras. Escucha, ¿no
tendrías tiempo para venir al centro y almorzar conmigo?
—Te agradezco, pero
será mejor que no. Como me voy antes, tengo muchísimas cosas que hacer. Ni
siquiera empecé a preparar las maletas. Adiós, Sam.
—Espera. Sólo tendrías
que salir media hora antes de que parta el tren. Veré si puedo retirarme a las
dos, no bien empiece la impresión del diario. Así podré llegar a casa a tiempo
para ayudarte con las maletas y hablamos un poco. Luego puedo llevarte a la
estación y no tendrás que tomar un taxi.
—Gracias, Sam, pero...
te ruego que no. Opino que no deberíamos hablar más, por lo menos hasta que
hayamos estado alejados una semana y tenido tiempo de meditar cada uno por su
lado. Ya hemos agotado el tema.
—Quizá, pero...
—Que te diviertas en
tu excursión de caza. Adiós.
—Adiós, Millie.
Y se cortó la comunicación
antes de que yo colgara el auricular.
Dejé el aparato y me
quedé mirándolo, mientras me preguntaba si aquélla sería la despedida final.
Claro que nos veríamos luego de haber finalizado nuestros viajes respectivos.
Pero, ¿volveríamos a unirnos, o lo haríamos sólo para comparar notas y
concordar en que era mejor separarse en forma definitiva?
Precisamente para
meditar sobre eso habíamos proyectado las vacaciones por separado. Yo iría a
cazar y pescar con dos amigos míos, uno de los cuales tenía una cabaña a
orillas de un lago situado a setenta kilómetros de la ciudad. Millie pasaría
siete días con su hermana y cuñado en Rockford. Quizá ella se quedara un poco
más de tiempo, pero yo sólo disponía de una semana, ya que había tomado una por
adelantado al iniciarse la primavera, cuando operaron a mi hermano en Cincinati
y quise brindarle mi compañía.
Aquellos siete días
terminaron bien; mi hermano se recuperó perfectamente. Pero, ¿cómo terminarían
éstos? ¿Se salvaría nuestro matrimonio?
No quise pensar en
ello en ese momento. Y de pronto deseé hacer algo más que esperar que llamara
el teléfono.
Se me ocurrió que
quizá pudiera conseguir algunos datos para empezar antes de que telefoneara
Rowland. Levanté el aparato y pedí a la operadora que me comunicara con la
comisaría de South Side. Un momento más tarde me atendía Louie Brandon, a quien
le pregunté si ya tenía informes sobre el muchacho que muriera en Whitewater.
—Tengo el primero. Se
llamaba... Espera un momento... Henry O. Westphal, domiciliado en la calle
Irving seis cero tres. Edad, diecisiete años. El padre es Armin Westphal, dueño
de una tienda de medias y ropa interior para señoras.
Anoté lo que me decía,
preguntando luego:
—¿Y el cadáver?
¿Todavía está allí?
—Se lo llevan a lo de
Haley, la funeraria más próxima a Whitewater Beach. Está en la calle...
—Lo sé —interrumpí—.
¿Quién lo identificó?
—Tenía su cartera en
el bolsillo. Ahora estamos tratando de comunicarnos con sus padres. Se fueron a
pasar el día fuera de la ciudad y aún no hemos podido hablar con ellos.
—Oí decir que se mató
en el Rayo Azul. ¿Se cayó de uno de los coches?
—No. Le pasó uno por
encima cuando cruzaba la pista.
—Bueno, Louie. Muchas
gracias.
Ya tenía con qué
empezar. Como el padre de la víctima era un comerciante, existía la posibilidad
que tuviéramos algo respecto a él en nuestros archivos. Hice la llamada.
—¿Tienen algo sobre
Armin Westphal?
—Un momento.
Me quedé esperando,
con la vista fija en el cielo raso. El tábano seguía zumbando allá en lo
alto..., quizá en busca de un caballo.
2
—Sí, tenemos un sobre
—me interinaron del archivo.
—Magnífico. ¿Por
casualidad no habrá algo sobre Henry O. Westphal?
—¿Por qué no pediste
los dos a la vez? Me hubieras ahorrado un viaje. Espera un momento.
Aguardé.
—¡Diablos! —murmuré—. Mandaré
buscar los dos.
Envié a uno de los
mensajeros, que regresó al cabo de pocos minutos con dos sobres manila bastante
grandes. Tomé primero el de Armin Westphal.
Había en él cuatro
recortes. Uno de ellos fue un hallazgo: se trataba de un bosquejo biográfico
acompañado por una foto. Unos años atrás habíamos publicado una serie de
biografías de comerciantes locales, entre los que se contaba el que me
interesaba. La foto mostraba a un hombre de expresión adusta y me pareció que
podríamos usarla. Su expresión la hacía apropiada; no se suele publicar una
foto de un hombre sonriente cuando se describe a un padre que llora la muerte
de un hijo.
Abrí luego el sobre
correspondiente a Henry O. Westphal y hallé en el mismo dos fotos tomadas por
los reporteros gráficos del diario.
En una se lo veía
vestido de futbolista, a punto de dar un puntapié a la pelota. Parecía muy alto
y fornido para su edad, mas no pude ver otro detalle interesante en la toma. La
otra era mucho mejor: habíanlo fotografiado de la cintura para arriba; vestía
una camisa de sport ajustada y tenía una raqueta de tenis en las manos. La
fecha estampada en el reverso indicaba que se la habían tomado hacía un mes y
medio.
Además, se acompañaban
cinco o seis recortes. El más reciente databa de un mes atrás y hablaba de los
triunfos de Westphal en el torneo intercolegial de tenis. Había intervenido
como representante de la Escuela Secundaria South Side —la misma a la que
asistiera yo— y logró colocarse cuarto en el resultado final. Las otras
escuelas de la ciudad enviaron un jugador cada una, pero ninguno de ellos logró
destacarse como el joven. A eso se refería el artículo, y la foto se le tomó
antes de que partiera hacia la capital para jugar en el torneo. Luego no se
publicó.
Los otros artículos
eran de fútbol, deporte en el que se había destacado. Los más viejos tenían ya
tres años y lo señalaban como un jugador de gran porvenir.
Tenía, pues, bastante
material, por lo menos en lo que respecta a sus actividades deportivas. Y todo
ello era aprovechable. Podría representarlo como una estrella del deporte.
Me sería fácil
escribir un gran artículo sobre lo que podía haber llegado a ser el muchacho si
no se hubiera acercado a la peligrosa Whitewater Beach. ¡Qué rayos!, tendría
que emprender altos vuelos literarios si quería que el artículo resultara a
gusto del amo.
Fijé la vista en el
rostro sonriente de la fotografía. Tal vez, si me concentraba en él lo
suficiente, podría inspirarme de manera apropiada como para escribir algo
realmente bueno.
Era un muchacho muy
bien parecido, de anchos hombros y muy buena musculatura. Decidí estudiar los
recortes hasta que recibiera la llamada de Rowland. Los tomé para leerlos con
más detenimiento y encontré entonces algunos detalles que antes pasara por
alto. El chico tenía el apodo de Obie. Probablemente provenía de su segundo
nombre, ya que la inicial era una O. ¿Sería Obadiah? No sé por qué, Obie
Westphal me sonó mejor que Henry. Así lo usaría para dar un tono más íntimo al
artículo.
Al fin llamó Rowland.
3
—Seguro, pero ya he
obtenido algunos datos. Llamé a la comisaría de South Side y Louie me dio lo
que tenía. Además encontré algo en el archivo. Escucha lo que tengo.
Rápidamente le di una
síntesis.
—Magnífico
—respondió—. No puedo agregar mucho. Una cosa te advierto: podemos insinuar que
la causa de lo ocurrido recae en Whitewater Beach, pero no es posible
afirmarlo. En realidad no es así. El chico estaba donde no debía estar, y cruzó
la pista y los rieles en un punto donde hay una señal de peligro: en la parte
inferior de la primera bajada. En ese punto llega la pista hasta unos treinta
centímetros del suelo. Es verdad que podría haber una baranda, y ése es nuestro
único asidero; pero el caso es que esa bajada se halla detrás de las casillas
que ocupan los concesionarios de varias diversiones, y en terrenos donde no se
permite la entrada al público. Tuvo que saltar una cerca para llegar hasta
allí.
—¿Alguien vio lo
ocurrido?
—No. Y el coche que le
pasó por encima estaba vacío..., lo cual fue una suerte. Saltó de las vías, y
si hubiera llevado pasajeros habría ocurrido un desastre, Pero se trataba de
una corrida de prueba.
—¿Eso es desusado?
—No. Lo hacen todos
los días antes de abrir el parque. Supongo que se hace con todos los trenes de
ese tipo. El Rayo Azul tiene dos coches y dan una corrida de prueba a cada uno
por toda la pista antes de ponerlo a disposición del público. Por lo general
esto se hace a primera hora de la tarde, pero los sábados y domingos, cuando
hay buen tiempo, abren por la mañana. Esto pasó a las diez y cuarto, según los
informes que he podido recoger.
—¿El chico quedó muy
mutilado?
—Del pecho para abajo,
sí. Pero quedó con la cabeza y los brazos fuera de los rieles. No tendrán que
usar un ataúd cerrado.
—¿No se ha podido
hablar con los padres?
—No. Creo que no hay
manera de comunicarse con ellos hasta que regresen, lo que no será hasta
después que cerremos la edición, de modo que no obtendremos sus declaraciones
para el diario de hoy. Espera un momento..., Haley quiere decirme algo.
Aguardé un minuto, al
cabo del cual volvió a hablarme.
—Haley me dice que ya
han hablado con los padres. Estaban en Williamsburg, en casa de la hermana de
la señora Westphal. Van a emprender el regreso en seguida; pero tienen lo menos
cinco horas de viaje en automóvil, de modo que no podremos publicar sus
declaraciones.
—¿Ninguno de ellos
dijo nada por teléfono?
—No, salvo que partían
en seguida y vendrían directamente a la funeraria. ¿Deseas algo más, Sam?
—Tengo bastante acerca
de las actividades deportivas del muchacho —respondí—, pero nada más aparte de
eso. ¿No conoces a nadie con quien pudiera hablar acerca de él?
—Sí, y está aquí. Este
verano Haley tiene una estudiante secundaria que le ayuda durante las
vacaciones. Ella conoció a Westphal y hasta asistió a varins clases con él. Yo
ya he hablado con ella, pero quizá sea mejor que le hables tú. Puedes hacerlo
por teléfono.
—Magnífico. Primero
dime su nombre... ¿Te puede oír ahora?
—Grace Smith. No; está
en otra oficina y no puede oírme. Pero escucha, ten cuidado con lo que le
dices. Está muy apenada y ha llorado bastante. Trata de no entristecerla más.
—Está bien. ¿Era la
novia del chico?
—No lo creo, aunque me
parece que lo quería.
—Muy bien. Llámala al
teléfono.
Un momento más tarde
oí una voz femenina que me decía:
—Hola. Habla Grace
Smith.
Por su tono se notaba
que había estado llorando.
—Le habla Evans, del Herald,
señorita Smith. Tengo que escribir un artículo sobre Obie Westphal, pero no
respecto al accidente, sino acerca de su persona. Le agradecería todo lo que
pudiera decirme de él.
—Era... de lo mejor.
El mejor futbolista de la escuela, y muy buen jugador de tenis.
—Sobre sus actividades atléticas tengo bastante. ¿No
podría decirme si era estudioso? ¿Cómo le iba en las clases?
—Era inteligente. Tenía
buenas calificaciones en todo.
—¿Bien mirado por sus
compañeros?
—¡Oh, sí! Todos le
querían. Es horrible que..., que...
Tembló su voz y la
interrumpí a toda prisa para distraerla.
—¿Qué cursos seguía,
señorita Smith? ¿Y sabe usted de qué pensaba recibirse?
—El de ciencias. No
estaba seguro, pero creo que quería seguir de doctor. Yo estuve con él en la
clase de inglés, y el año anterior estudiamos latín juntos. Creo que quería ser
investigador, de ésos que hacen experimentos en los laboratorios.
—Ajá. ¿Sabe de dónde
sacó el sobrenombre de Obie?
—De su segundo nombre,
que era Obadiah. Ilenry Obadiah Westphal. Pero nadie lo llaniaba Henry, ni siquiera los
profesores. Hasta las lecciones escritas las firmaba con el apodo.
—¿Conoce usted a su familia,
señorita Smith?
—En una fiesta de la
escuela me presentaron a sus padres, pero no los conozco mucho. El padre tiene
una tienda, aunque no sé qué vende.
—¿Tenía hermanos?
—Que yo sepa, no.
—¿Y a él lo conocía
bien? ¿Salieron juntos alguna vez?
—Pues..., no. Pero
bailé con él en varias fiestas de la escuela... Seis veces.
"Pobrecilla",
pensé. Tenía que estar muy enamorada para recordar el número exacto de veces
que había estado tan cerca de él. En otras circunstancias me habría resultado
gracioso. Ahora no me lo pareció.
Se me ocurrió otro
detalle. Si el muchacho tenía una novia y era posible hablar con ella por
teléfono, tal vez consiguiera más datos para mi artículo. Hasta era posible que
hubiera estado comprometido; algo frecuente durante los últimos años de
estudio. Yo mismo estuve comprometido durante el último año. La chica llamábase
Nina Canberry y hacía seis años que no la veía. No obstante, estaba enterado de
que trabajaba en la oficina de la escuela South Side.
—¿Obie tenía novia,
señorita? —inquirí.
—No. No solía salir
mucho con las chicas. Casi siempre iba solo a las fiestas y bailes de la
escuela.
—Muchas gracias —le
dije—. ¿Quiere darme de nuevo con Rowland?
—Sí. Un momentito.
Cuando me atendió
Rowland, le dije:
—Creo que ya tengo
bastante, Harry. Pero avísame si saben algo nuevo. En especial me interesa los
nombres de los amigos íntimos del muchacho o de alguien más a quien pueda
llamar por teléfono. Dime, ¿no tiene algún pariente que viva en la ciudad?
—No. Por lo menos es
lo que informan los empleados de Westphal. Ellos fueron los que informaron a la
policía que el matrimonio estaba de visita en casa de la hermana de la señora
Westphal, en Williamsburg. Oye, podrías llamarla a ella por teléfono y obtener
una declaración, ya que tanto la necesitas.
—Lo intentaré
—prometí—. Gracias por el consejo. ¿Sabes su nombre?
—Espera un momento y
lo averiguaré.
Volvió al teléfono al
cabo de un minuto y me dio un nombre y una dirección de Williamsburg. Hice la
llamada de larga distancia, y mientras esperaba que me contestaran, sostuve el
teléfono con el hombro y puse papel en la máquina. Mas antes de que se me
ocurriera la primera frase me dijo la operadora:
—El abonado no
contesta, señor. ¿Sigo insistiendo?
Le rogué que
insistiera.
Pero quizá sería inútil;
si la tía no estaba ahora en su casa, era probable que estuviera viajando con
los padres del muchacho.
Lo malo era que
necesitaba la declaración de alguien que me dijera lo bueno que había sido
Obie... ¡Ah, el director de la escuela! Me llevó unos segundos recordar su
nombre, al fin me vino a la memoria. Paul E. Emerson. Busqué su número en la
guía y lo disqué sin demora. Tras una larga serie de campanilladas inútiles,
colgué el auricular.
De nuevo pensé en Nina
Canberry. Como trabajaba en las oficinas de la escuela, era posible que pudiera
decirme dónde estaría Emerson. Si no, por lo menos me daría algunos datos
acerca de Obie, quizá los nombres de los profesores que mejor le conocían.
Busqué el número de Nina y llamé. Tampoco obtuve respuesta. Hay días así, en
que nadie le atiende a uno.
Tendría que empezar a
escribir sin las declaraciones que deseaba, pero quizá fuera mejor, ya que
dejaríamos pendiente algunas cosas con las cuales publicar una segunda nota. De
todos modos, ya tenía material suficiente.
Aun sin malas
intenciones, la primera frase tendría que incluir a Whitewater Beach. Comencé a
escribir lo siguiente: Hoy, bajo las ruedas de un tren de diversiones de
Whitewater Beach...
De ahí en adelante me
resultó fácil el trabajo, y escribí con tanta rapidez como me lo permitían los
dedos. El artículo me salió realmente bien; era interesante y estaba bien
urdido. Mientras lo escribía olvidé que un tal Campbell, propietario de un
parque de diversiones, figuraba en la lista negra del Herald. Sólo pensé
en un muchacho llamado Obie y logré lo que deseaba. No puedo decir que me
hiciera llorar, pero tampoco reía.
Terminé las seis
páginas a tres renglones con tiempo de sobra, de modo que decidí releerlas y constatar
las direcciones y nombres. Estaba terminando de hacerlo cuando sonó el
teléfono.
Era Ed, quien me dijo:
—Suspende el artículo.
Cuando asimilé sus
palabras, ya había colgado. Dejé el teléfono, lo estuve mirando unos
segundos y me fui a la oficina del jefe.
—¿Qué diablos pasa?
—le pregunté.
Su voz era tan acerba
como su expresión.
—Acaba de telefonear
Rowland. No era el chico de Westphal, sino un ladronzuelo del tercer distrito con
un prontuario tan largo como su brazo. Había robado la cartera del otro y por
eso se cometió el error en identificación.
—Magnífico —repuse—.
Recién termino el artículo. ¿Quiere que escriba uno sobre el pobre carterista?
Me miró con furia.
—No. No podemos
hacerle la apología; nos limitaremos a la noticia y a un editorial, y cuanto
menos se diga respecto al chico mejor será.
—De mortibus nisi
bonum —murmuré—. De los muertos nada más que lo bueno.
Me miró con menos
afecto que antes.
—Hoy es tu último día de
trabajo, ¿no?
—Ajá.
—Vete a almorzar y
vuelve dentro de media hora; después escapa de aquí no bien se cierre la
edición.
Le di las gracias con
verdadero fervor. Las últimas horas son las más largas. Ed me entregó algunos
papeles.
—Aquí tienes algo que
llegó tarde; los otros redactores no tendrán tiempo para verlo. Dale forma no
bien regreses de almorzar. Ahora ahueca.
Así lo hice. Descolgué
mi americana del respaldo de la silla y me dispuse a arrojar al cesto el
artículo sobre Obie Westphal. Empero, no pude decidirme a completar el
movimiento. El artículo era bueno; quería leerlo de nuevo antes de arrojarlo.
Lo puse en el cajón de mi escritorio y le eché llave a fin de que no lo sacara
alguno de los mensajeros para llevarlo a la sala de composición.
Después salí a tomar
una cerveza y comer un sandwich en el bar de Murphy, situado en la acera
opuesta. De inmediato me olvidé de Obie para pensar en el viaje que haría con
Bill y Harvey Whelan y de los buenos ratos que tendría que pasar si lograba
olvidar mis dificultades con Millie. Luego me puse a pensar en Nina Canberry,
de quien no me había acordado hasta aquella mañana. Me pregunté si, consumada
mi separación con Millie, no valdría la pena de visitar a Nina y ver cómo la
habían tratado los seis años transcurridos. Habíamos tenido relaciones íntimas
en nuestra época de estudiante, pero aquello sucedió mucho tiempo atrás, y
luego dejamos de vernos al concluir las clases.
Regresé al Herald
y fui a sentarme a mi escritorio para dar forma a las noticias que me pasara
Ed. Hoja por hoja fui pasando el trabajo a la sala de composición. Después
entró Harry Rowland y le llamé con un ademán. Mi colega sentóse sobre una
esquina del escritorio.
—¿Qué pasó? —le
pregunté—. Ed me dijo que era otro muchacho, pero no le pregunté cómo
rectificaron la identificación. ¿Lo fue a ver alguien que conocía a Westphal?
—Por las impresiones
digitales. Las habían tomado por formulismo, como lo hacen en todos los casos
en que llega un cadáver. A pesar de los documentos de la cartera, siguieron el
camino rutinario. El Departamento de Identificación avisó entonces que tenían
las impresiones en el archivo y que las mismas pertenecían a un muchacho de
ascendencia polaca que se llamaba Chojnacki. Este mozo se ha pasado los últimos
dos años desde que tenía quince, en el reformatorio y la cárcel de menores.
Esto demuestra que la policía hace bien en cumplir con todos los requisitos de
rutina. Lo grave del caso es que ya habían telefoneado a los Westphal que su
hijo estaba muerto.
—¿Y los padres todavía
no saben la verdad?
—No hay manera de
avisarles. No lo sabrán hasta que lleguen y no llegarán hasta las últimas horas
de la tarde. Te diré, me parece que Ed ha errado el camino.
—¿Por qué?
—Se equivocó de
artículo. Lo que podría tener un interés mucho más humano es el hecho de que
los Westphal vengan de Williamsburg creyendo que su hijo está muerto y la
reacción que experimentarán cuando descubran lo contrario. Le pregunté si debía
escribir algo al respecto, pero se negó de plano.
—¿Por qué?
Rowland hizo una
mueca.
—No podríamos hacerlo
sin explicar por qué hubo un error en la identificación. Para ello tendríamos
que mencionar el robo de la cartera, y él no quiere incluir eso. No desea
aminorar en nada los ataques que estamos llevando contra Whitewater.
Naturalmente, el lector sentiría menos compasión por Jimmy Chojnacki si supiera
por qué se encontraba detrás de las casillas de los concesionarios.
Por un momento no
acerté a comprenderlo.
—¿Y por qué andaba por
allí? —inquirí.
—Hay dos razones muy
probables. La primera, para sacar dinero de la cartera y deshacerse de ella. La
segunda, para saltar la valla y salir del parque sin tener que transitar por el
camino del centro. De otro modo podría haberse encontrado de nuevo con Westphal
y para entonces era posible que el otro hubiera echado de menos su billetera.
Si Obie conocía los antecedentes de Chojnacki...
—¿Se conocían?
—Es muy probable.
Chojnacki asistió a las mismas clases que Obie. Lo expulsaron de la escuela a
mitad del segundo año, de modo que habían estado un año y medio en las mismas
aulas. Quizá no hayan sido amigos, pero es casi seguro que se conocían.
—La escuela es grande,
pero opino como tú. Uno de ellos famoso por sus hazañas atléticas y el otro
notorio por haber sido expulsado. ¿Los vio alguien juntos esta mañana en
Whitewater?
—¿Qué sé yo? No vamos
a mencionar a Westphal, así que el detalle no interesa.
Dicho esto se fue a su
escritorio y puso una hoja de papel en la máquina.
Terminé mi trabajo
unos minutos después de la una. Podría haberlo hecho durar hasta las dos, pero
como Ed me había prometido dejar salir temprano, no me molesté en emplear tal
triquiñuela. Al finalizar me asomé a su oficina para informarle que ya estaba
desocupado.
—En buena hora, Sam.
Me acaban de avisar que hay un incendio en la esquina de Greenfield y Lassiter,
en el South Side. Ve allí y telefonea antes de cerrar la edición; luego puedes
despedirte.
Me fui en mi viejo y
desartalado Buick, llegando a destino cuando ya terminaban los bomberos. El incendio
no había sido gran cosa. Averigüé quién era el dueño del edificio, el monto
probable de los daños, cómo se había iniciado el siniestro y el hecho de que
había seguros. Fui al bar más cercano y di por teléfono todos estos detalles.
Eran las dos menos
cuarto y ya estaba libre; habíanse iniciado mis vacaciones. Podía irme a casa;
pero Millie me había advertido que no me quería por allí. Era necesario que
matara una o dos horas en otra parte.
Me acerqué al
mostrador y perdí unos minutos bebiendo una cerveza fría. Estaba a punto y me
refrescó bastante, mas no quise tomar otra.
Se me ocurrió entonces
que me hallaba a muy pocas cuadras de Whitewater Beach. Hacía años que no iba
allí y no vi razón para no visitar ahora el parque.
4
A pesar del calor
había mucha gente en Whitewater. Por más que suba la temperatura, los parques
de diversiones, están siempre atestados los sábados por la tarde. La Oruga, el
Remolino, el Cometa y el Looping-the-Loop tenían numerosa clientela.
El Rayo Azul estaba
cerrado. Había un agente de guardia en el espacio abierto entre su entrada y la
casilla contigua. Desde ese punto podía caminarse unos metros y saltar una
cerca de un metro de altura, llegando así a una especie de tierra de nadie
entre las casillas y la cerca que limitaba el parque y por donde pasaban la
pista y los rieles del tren que sube y baja y da numerosas vueltas antes de
completar su veloz recorrido. Desde un punto del camino central se podía ver el
lugar donde varios hombres estaban trabajando al pie de la primera bajada de la
fatídica pista. Desde allí observaban la escena varios curiosos.
Mostré al policía mi
tarjeta de periodista y me adelanté hacia la cerca, la que salvé de un salto
para acercarme a donde trabajaban los obreros.
El lugar estaba lleno
de barro. Alguien había echado agua sobre esa parte de la estructura y sobre
los rieles antes de que los obreros iniciaran su labor. No me resultó difícil
conjeturar el motivo.
Vi que los rieles
habían sido enderezados, si es que el descarrilamiento habíalos torcido. Los
que trabajaban ahora eran dos carpinteros y un pintor, pasando éste su pincel
por las tablas casi antes de que los primeros las colocaran. El coche
descarrilado no se veía.
Desde mi ubicación
pude ver la alta y empinada estructura por la cual había descendido el coche.
Me lo imaginé bajando como un monstruo del Averno, una máquina destructora que
se abatió sobre el muchacho... No me gustó nada la idea y tuve la sospecha de
que soñaría con lo ocurrido.
Los carpinteros se
iban ya, llevándose sus herramientas, y el pintor dio una última pincelada
antes de recoger su balde y alejarse. Me quedé allí un momento más,
encaminándome luego hacia la cerca y volviendo al lado del policía.
—¿Van a poner en
funcionamiento los coches? —inquirí.
—Seguro, no bien esté
todo arreglado. ¿Por qué no?
—Ya terminaron.
El agente miró por sobre su hombro.
—Ya veo. Bien, entonces ya no tengo nada que hacer
aquí.
Dicho esto se alejó
por el camino central. Los curiosos que estuvieran mirando se dispersaron al no
haber ya nada que despertara su interés.
Me encaminé entonces
hacia la parte delantera de la casilla de entrada al Rayo Azul. Quería saber
algo, mas no acertaba a recordar qué era. Tratábase de un interrogante que no
pude identificar de inmediato.
Vi allí a un hombre alto y fornido que se ocupaba en
golpear y examinar las ruedas de uno de los dos coches situados sobre la
plataforma de entrada, junto a la casilla en que se expendían los boletos.
—¿Lo harán funcionar
hoy? —le pregunté.
Dejó el martillo y se
incorporó, echándose hacia atrás el sombrero de paja que protegía su cabeza.
—Sí. ¿Por qué?
Le mostré muy
fugazmente mi tarjeta de periodista a fin de que no viera bien el nombre del
diario. Si estaba al tanto de la enemistad entre el dueño del parque y el Herald
no querría hablar conmigo.
—Prensa Asociada —le
dije—. Vine a investigar el accidente que tuvieron esta mañana.
—No fue culpa nuestra.
Ese chico tonto se metió donde no debía y cometió la locura de cruzar la pista
y los rieles.
—¿Cuándo ocurrió?
—Alrededor de las diez,
cuando nos disponíamos a empezar. Mandamos el primer coche para la vuelta de
prueba, como lo hacemos siempre una vez por día antes de comenzar. El coche
subió a lo alto del armazón, bajó por la cuesta y llegó al punto más bajo. Fue
entonces cuando lo oí salirse de los rieles. Es el primer accidente que
tenemos.
—¿Se dañaron mucho el
coche y los rieles?
—No mucho. El coche es
éste, y ya lo tenemos arreglado. Hace un momento terminé de echar un vistazo a
las ruedas y los ejes.
—¿Está asegurado?
—Sí, pero igual
sufriremos. La gente se entera de que hubo un accidente y luego no quiere andar
en el Rayo Azul. No se paran a pensar que no fue culpa nuestra ni que la
víctima no andaba en el coche.
—Eso es muy lógico
—manifesté—. De haber habido pasajeros en el coche, se habrían lastimado.
—Sí, es verdad —el
individuo enjugóse la frente con el pañuelo—. Así es el público. Además, me
pierdo cuatro o cinco horas de trabajo un día sábado.
—¿Fue usted el primero
en llegar allí después que sucedió la desgracia?
—Sí. Fueron muchos
otros, pero yo llegué primero. Mire, amigo, tengo que seguir trabajando. El
taquillero y el muchacho que maneja la máquina llegarán dentro de media hora, y
para entonces quiero hacer correr varias veces este coche y asegurarme de que anda
bien y de que los rieles responden en la parte más baja.
—Gracias. Ya tengo
suficiente.
De nuevo se agachó
para golpear las ruedas y yo regresé al camino central, preguntándome por qué
habría ido allí. De todos modos, ya había matado suficiente tiempo; eran las
tres y me hallaba bastante lejos de mi casa. A menos que hiciera correr mucho
al Buick, llegaría, allí cuando ya se hubiera ido Millie. ¿Pero para qué quería
regresar a mi hogar?
Salí por la puerta
principal, encaminándome hacia la playa de estacionamiento. El coche había
estado al rayo del sol y parecía un horno. Lo puse en marcha, diciéndome que ya
podía beber otra cerveza, y recordé entonces que había un bar frente a la
funeraria de Haley, por donde debía pasar. Al llegar detuve el coche frente al
bar y entré en el mismo.
No había ninguna razón
para que me interesara observar la funeraria; pero comencé a beber mi cerveza
situado al extremo del mostrador, desde donde podía mirar por la ventana y ver
la entrada del edificio de la acera opuesta.
Me pregunté si ya
habría estado allí la familia Westphal para enterarse de las buenas nuevas.
Pedí otra cerveza y la bebí con lentitud, viendo entonces un gran automóvil
Chrysler de color azul que se detenía a la puerta de la funeraria. Reconocí al
conductor por la foto de Armin Westphal que viera en el archivo del Herald. Era
un hombre corpulento, bien vestido y algo canoso. Su rostro estaba tan
inexpresivo que parecía helado.
Viajaban con él dos
mujeres. No pude verlas con claridad hasta que descendió Westphal, dio vuelta y
abrió la portezuela del otro lado. Ambas descendieron para seguirle hacia la
entrada, y pude ver entonces que las dos contarían más o menos la misma edad.
Calculé que la que lloraba era la señora Westphal, mientras que la otra, que la
llevaba del brazo, debía ser la tía de Obie.
—¿Otra cerveza, señor?
—preguntó el cantinero.
Asentí en silencio.
Los tres ya habían
entrado en la funeraria cuando me volví de nuevo. Al cabo de cinco minutos
los vi salir otra vez. Westphal caminaba como un autómata y su rostro no había
cambiado en absoluto; seguía pareciendo tallado en piedra. Mas las caras de las
dos mujeres mostrábanse radiantes. Ambas hablaban con gran entusiasmo y
sonreían, mientras caminaban unos pasos más adelante. En el momento de llegar
al auto una de ellas se volvió, para decir algo a Westphal, quien contestó
sonriendo, aunque me pareció que la sonrisa le hacía daño. Y su rostro volvió a
helarse no bien se hubo vuelto de nuevo la mujer.
Después subieron todos
al auto y se fueron.
Al cabo de uno o dos
minutos crucé la calle para entrar en la funeraria. Haley estaba en su oficina,
aunque no parecía ocupado. Mirando a mi alrededor:
—¿Dónde está Grace
Smith? —pregunté.
—La mandé a su casa
—repuso sonriendo—. Tuvo un ataque de alegría histérica cuando supo que el
chico que teníamos aquí no era el que tanto admiraba.
—Yo estaba tomando una
cerveza en el bar de enfrente y vi a los Westphal que se iban.
—Buena gente
—expresó—. Fue una alegría para mí poder dar buenas noticias a los que vienen.
¿Sabe lo que va hacer Westphal?
—¿Qué?
—Pagar el funeral del
otro muchacho. Me llevó aparte para preguntarme si ya se había dispuesto algo.
Cuando le dije cómo estaban las cosas, me ordenó que me ocupara de todo, que él
pagaría los gastos.
—¿Es pobre la familia?
—¿La de Chojnacki? La
madre es viuda y trabaja en un lavadero. No tiene dinero ni seguros. Vino
después que le avisó la policía, y después de hablar con ella, le aconsejé que
se buscara una empresa más barata en la que podría tener un funeral que no le
costara tanto como aquí. —Haley frunció el ceño—. Eso me recuerda que tendría
que ir a verla en seguida. No tiene teléfono y no quiero que contrate a otro.
—Probablemente ya ha
ido a hacerlo.
—No
lo creo. Estaba muy desquiciada. Le mandé a su casa en un taxi y le hice
prometer que descansaría toda la tarde. Le dije que no había apuro ninguno en
sacar de aquí el cadáver, ya que no le cobraría nada. ¡Ea!, me olvidaba que es
usted periodista. No debí haber hablado. Westphal me pidió que no comentara con
nadie el hecho de que pagará los gastos. No va a publicarlo, ¿verdad?
—Ni siquiera estoy
trabajando. Empecé mis vacaciones hace una hora.
—¿Y entonces a qué
vienen tantas preguntas?
—Las hago por curiosidad.
Como le dije, estaba tomando una cerveza en el bar de enfrente, cuando vi a los
Westphal que salían de aquí. Pero me interesé en el caso cuando tuve que
trabajar en él esta mañana. Por eso me vine.
—¡Ah! Hizo usted muy
bien.
—¿Ya ha aparecido Obie
Westphal?
—Hace una hora. Echó
de menos su billetera y fue a la oficina de objetos perdidos de Whitewater. Se
figuraban que así lo haría y lo estaban esperando. De allí se fue a su casa a
esperar a sus padres.
—¿Por qué no vino aquí?
¿No sabía que aquí los vería primero?
Haley me miró con gran
extrañeza.
—¿Está loco? Imagínese
el golpe que hubieran recibido al entrar y verlo vivo cuando esperaban
encontrarlo muerto. La gente se desquicia por mucho menos que eso. Es mejor que
les haya dado yo la noticia antes de que le vieran.
—Es verdad —admití—.
Hoy estoy algo tonto.
—No, lo que pasa es
que nosotros siempre tenemos en cuenta esas cosas. Uno se acostumbra a ver cómo
reacciona la gente en momentos así y sabe cómo obrar —se puso de pie—. Bien, no
quiero echarlo, pero tengo que ver a la señora Chojnacki. ¿Tiene coche o quiere
que le lleve a alguna parte?
—Gracias. Tengo mi
coche.
Salí, me instalé al
volante y fui a mi casa. Mi hogar estaba desierto y sobre la mesa de la cocina
encontré una nota de Millie que decía:
"Sam:
A menos que quieras abrir latas, tendrás que cenar afuera. Regalé el pan y otros
comestibles que podían echarse a perder. No toques la llave del refrigerador.
Asegúrate de que estén bien cerradas las puertas y las ventanas.
Esta
noche acuéstate temprano, pues no olvides que Bill y Harvey van a buscarte a
las cinco y tendrás que levantarte a las cuatro si no preparas todo esta noche.
Que te diviertas."
Mientras estaba
leyendo, el reloj de la chimenea dio las cuatro. Millie ya estaría en el tren,
a punto de partir. Decidí preparar mis cosas en seguida y quitarme una
preocupación, cosa que no me costó mucho, ya que puse algunas ropas en una
maleta y dejé ésta junto a la puerta. Mis avíos de pesca y mi escopeta ya
estaban listos, y los dejé junto a la maleta. Hasta elegí y dejé lista la ropa
que iba a ponerme en la mañana. Así podría dormir hasta las cinco menos cuarto
y estar preparado para cuando fueran a buscarme.
Un rato más tarde salí
hacia el restaurante más cercano a fin de cenar. No eran aún las seis cuando
terminé, y me quedé sentado, tomando el café muy despaciosamente, mientras me
preguntaba qué podría hacer aquella noche. Aunque descansara menos, me pareció
una pena pasar en casa la primera noche de mis vacaciones.
Quizá debería llamar a
Nina Canberry. Pero no, no era aquél el momento de empezar con algo así. Si
Millie y yo ya hubiéramos terminado definitivamente, las cosas cambiarían de
aspecto y estaría libre para hacer lo que se me antojara. Por otra parte, no tenía
razón para creer que Nina me atendería cordialmente si la llamaba.
Decidiendo al fin irme
a mi casa, así lo hice. Estuve leyendo un rato y luego me acosté. Me había
olvidado por completo de Jimmy Chojnacki, del Rayo Azul y de Obie Westphal.
1
Domingo
Aquella noche soñé que
me encontraba tendido boca abajo sobre los rieles de un tren de diversiones, en
la parte inferior de la primera cuesta. No podía mover más que la cabeza, lo
cual hice para ver al coche que descendía ya velozmente hacia mí. En el asiento
delantero viajaban tres personas que se tomaban de la barandilla e
inclinábanse hacia adelante para mirarme. Eran los tres que viera entrar en la
funeraria: el señor y la señora Westphal y la tía. Las dos mujeres reían y
lloraban a la vez; la cara del hombre era una máscara y desprovista de emoción.
El coche pasó sobre mí sin que yo sintiera nada.
Oí que se perdía en la
distancia el zumbido del coche que pasara sobre mí. Después me llegó un nuevo
sonido.
Entonces desperté. Ese
otro sonido era el tic-tac del reloj despertador que reposaba sobre la mesa de
luz, mas no había sido tal cosa en mi pesadilla. En el sueño era el ruido
discordante de una gran rueda dentada y una cadena. Es el mismo sonido que se
oye cuando suben por la primera cuesta de la pista al coche del tren de
diversiones: una cadena sinfín lo va elevando mientras que una ruidosa rueda
dentada impide que vuelva a deslizarse hacia atrás si llegara a romperse la
cadena.
Volví la cabeza para
mirar la esfera luminosa del reloj y vi que eran las cuatro y cinco. Había
puesto la alarma para las cuatro y media, de modo que aún faltaban veinticinco
minutos.
Apoyé de nuevo la
cabeza sobre la almohada e hice un esfuerzo por volver a dormirme, mas no logré
conseguirlo. Estaba completamente despierto, aunque por lo general ma cuesta
mucho salir del letargo en que me sume el sueño. Al fin me levanté, fui a tomar
una ducha, me vestí y luego, como había tiempo de sobra, preparé un poco de
café, que bebí solo porque no había crema. Finalmente di una recorrida a toda
la casa, constatando el cierre de puertas y ventanas. Acababa de hacerlo cuando
sonó el timbre.
Llegamos al lago
Laflamme poco antes de las siete cuando el sol comenzaba a asomar por sobre las
colinas.
El día presentábase tan
radiante que dejamos el equipaje en el chalet de Whelan, sacamos un bote y
salimos a pescar de inmediato.
Para el mediodía
teníamos una buena colección de percas y otros peces. Como el sol calentaba mucho
y pensamos que nos habíamos divertido bastante, nos quedamos toda la tarde en
el pórtico, jugando al poker y bebiendo cócteles frescos.
Al llegar las seis no
nos sentíamos con ánimos ni fuerzas para cocinar, de modo que preparamos
algunos sandwiches y seguimos jugando mientras los comíamos. Hicimos una
partida más, que duró media hora, hasta que Harv —que no estaba acostumbrado a
beber tanto— se quedó dormido sobre la mesa. Bill y yo lo llevamos a la cama y
preparamos otro cóctel.
Luego, con los vasos
en la mano, echamos a andar por la playa a fin de ver la puesta del sol en el
lago. Allí nos sentamos a contemplar el espectáculo hasta que se hubieran
apagado los colores. Sentía el cuerpo pesado a causa del alcohol, pero mi mente
estaba demasiado despierta.
—Bill, quizá debería
volverme —manifesté—. No debí haber venido.
Me miró con interés.
—Ya sé que algo te
preocupa —dijo—. Todo el día has estado nervioso. Si quieres volver a la
ciudad, Harv y yo nos arreglaremos solos, aunque tendremos que jugar al rummy y
renunciar a las partidas de poker.
—No me gustaría
arruinarles la semana.
—No harás tal cosa.
Pero dime, ¿estás en aprietos? ¿Puedo ayudarte en algo?
Negué con la cabeza.
—Ya sé que no me
incumbe, ¿pero se trata de una mujer?
—No, Bill; es algo demasiado
raro para explicarlo. Si tratara de hacerlo, pasaría por loco.
—¿Es algo que puedes
hacer en seguida y volver mientras estamos aquí todavía?
—Podría ser —repuse—.
Es algo que tengo que averiguar para quedar tranquilo. Quizá me fuera posible
hacerlo en un día o tal vez me llevará mucho tiempo. Por aquí cerca pasa un
ómnibus, ¿verdad?
—Sí. Para en Holton, a
cinco kilómetros de aquí. Creo que el que va al sur pasa también de noche.
¿Quieres que telefonee y averigüe a qué hora sale?
Volvimos y Bill llamó
a la estación de autobuses.
—Sale a las diez —me
informó—. Dentro de una hora y media. ¿Quieres que te lleve en el coche?
—No, gracias. Una
buena caminata es lo que necesito para recobrar la sobriedad y pensar un poco,
y en una hora y media puedo llegar perfectamente a tiempo.
—Bueno, Sam. Mira si
algo podemos hacer nosotros.
—No, Bill... Salvo que
no querría acarrear la maleta todo ese trayecto. Guárdenme las cosas y
llévenmelas a la ciudad, a menos que vuelva yo aquí antes que pase la semana.
No hay en ella nada que pueda necesitar, excepto la navaja y el cepillo de
dientes, y eso puedo llevarlo en el bolsillo. Si veo que puedo regresar, les
llamaré por teléfono a fin de que me esperen en Holton. De otro modo no me
esperen.
Me fui andando a
Holton por el camino bañado por la luz de la luna y al llegar a destino ya
estaba lo bastante sobrio como para preguntarme qué tontería estaba haciendo.
No obstante, tomé el
autobús.
1
El despertar de aquella
mañana fue de lo más extraordinario. Me encontré en mi cama, en mi propia casa,
pero todo lo demás parecía fuera de lugar. No tenía razón alguna para
encontrarme allí. Durante varios minutos desorientadores no supe dónde debía
estar ni qué podía hacer.
Luego me volvió el
recuerdo a la mente, y no sentí la menor satisfacción. Recordé la larga
caminata, el viaje en ómnibus, la entrada en casa y la cama en la que me tendí.
Pero ahora me parecía todo muy ridículo. ¿Por qué diablos había arruinado así
mis vacaciones?
El reloj señalaba las
ocho, de modo que había dormido menos de seis horas, ya que estaba en casa
desde las dos de la mañana. Sin embargo, me sentí tan disgustado conmigo mismo
que comprendí que no podría volverme a dormir. Me levanté, me vestí, fui a la
cocina y bebí una taza de café.
Una vez que recobré un
poco el ánimo, llamé a la terminal para enterarme de que sólo se efectuaba un
viaje diario a Holton; el ómnibus salía a las cuatro y quince y llegaba a
destino a las ocho y treinta. Me dije que sería inútil telefonear ahora a los
Whelan para pedirles que fueran a esperarme; seguramente estarían pescando en
el lago. Ya les llamaría antes de partir, o tal vez desde Holton, cuando
hubiera llegado.
Disponía, pues, de
siete horas hasta la hora de salida, y decidí empezar a emplearlas comenzando
por ir a tomar el desayuno, ya que en la casa no había nada que comer. De
camino hacia el restaurante adquirí un ejemplar del Journal, el diario
de la mañana, y me puse a leerlo mientras comía.
No se mencionaba en
absoluto el accidente de Jimmy Chojnacki, lo que no me sorprendió, pues había
ocurrido el sábado. Con la edición del domingo habrían publicado la noticia y
terminado con ella, ya que la empresa no tenía nada en especial contra
Whitewater Beach, de modo que no existía motivo para seguir hablando del
asunto.
No obstante, me
pregunté qué habrían dicho el día anterior y si había novedades que yo no
supiera. Pedí a la camarera que me prestara un Journal del día anterior
y en el mismo vi publicada la noticia en la página dos. No incluían nada que no
supiera, salvo la dirección del muchacho, en la calle Radnik 2908, a una o dos
cuadras de la entrada posterior del parque de diversiones.
Volví al Buick,
consulté mi reloj y me dije que ya que estaba en la ciudad podría hacer algunas
de las cosas que me propusiera antes de la hora de partir el ómnibus. Quizá
podría convencerme definitivamente de que no tenía justificativo alguno el
presentimiento que se me ocurriera.
Me dirigí hacia la
calle Radnik. Situada detrás de Whitewater, atraviesa el barrio conocido por el
nombre de Southtown, distrito muy poco recomendable, lleno de tabernas,
vagabundos, borrachos y otras cosas por el estilo.
Al llegar al número 2908 vi que se trataba de una casa
de inquilinato de tres pisos con dieciséis buzones en el angosto y oscuro
corredor de entrada. El nombre de Chojnaki figuraba junto al buzón número 306,
de modo que subí al tercer piso, encontré la puerta así numerada y llamé a
ella.
Me abrieron en seguida.
Durante uno o dos segundos miré fijamente a la mujer que se presentó en la
abertura. Mi sorpresa debe haber sido más grande que la de ella, pues no fui yo
quien se recobró primero.
—¡Nina! —exclamé
cuando pude hablar—. ¿Qué haces...?
Ella se llevó un dedo
a los labios.
—¡Shhh! Espera un
momento. En seguida salgo.
Así diciendo, volvió a
cerrar. Comprendí que debía haber alguna explicación, mas esto no amenguó la
coincidencia. Había estado pensando en Nina Canberry, hasta estuve a punto de
llamarla la noche anterior..., y ahora me atendía ella al golpear yo a la
puerta de la señora Chojnacki.
Se abrió de nuevo la
puerta y esta vez ella salió y volvió a cerrar.
—¿Querías ver a la
señora Chojnacki, Sam?
—Sí. ¿Qué haces tú.. ?
—Soy visitadora
social. Sam, no podrás verla en este momento. Acabo de conseguir que se
acueste; la pobre no ha dormido casi desde que le ocurrió la desgracia.
Hizo una pausa,
mirándome con gran interés.
—¿Todavía trabajas
para el Herald? Supongo que vendrías a entrevistarla. Pero quizá pueda
decirte yo lo que quieres saber. La conozco muy bien y conocí a Jimmy desde que
empezó a estudiar.
—Magnífico. Y tenemos
otras cosas de qué hablar. ¿Dónde podemos ir? ¿Es demasiado temprano para tomar
algo?
Ella consultó su
reloj.
—Pues..., no son más
que las diez y media, pero no me molestaría tomar un cóctel. Tengo que hacer
unas visitas más durante el día, pero las dejaré para la tarde.
—¡Hum! —murmuré—.
También te invitas a almorzar, ¿eh? Trato hecho. Pero antes de salir déjame que
te mire un poco.
Di un paso atrás para
mirarla. Los seis años transcurridos habían sido muy beneficiosos para Nina.
Entonces había sido una joven bonita; ahora era una mujer hermosa. Los anteojos
de armazón oscuro le daban un aire de seriedad poco común, pero su cuerpo
estaba muy bien formado y su mirada era tan fogosa como en otros tiempos.
—¿Cómo te atreves a venir a un barrio como éste con
un pullover tan ceñido? —le pregunté.
Me sonrió maliciosamente.
—Los anteojos me protegen.
—Quítatelos.
—Nada de eso, Sam. Ahora mismo necesito protección.
Esa manera de mirarme...
—Quizás tengas razón
—asentí—. Bien, por el momento estoy satisfecho. ¿Dónde vamos a tomar esa copa?
2
Nos instalamos en el
bar del Statler, adonde nos trasladamos en el coupé de Nina, dejando mi Buick
donde se hallaba.
Mientras bebíamos le
dije:
—Ahora puedes quitarte
los anteojos. Estamos en un lugar público y el camarero nos observa.
Sonrió al tiempo que
se los quitaba.
—Eres hermosa
—declaré—. ¿Cómo es que no te casaste? ¿O estás casada?
Negó con la cabeza.
—No. En cuanto al
motivo, la historia es larga y aburridora. Dejémosla de lado por ahora.
¿Todavía eres reportero del Herald?
—Sí, pero ya no ando
tanta por la calle. Más bien trabajo de redactor y hago uno que otro artículo
de interés humano.
—¿Para eso ibas a ver
a la señora Chojnacki?
Vacilé un instante,
decidiendo al fin decirle la verdad ..., o parte de ella.
—No; esta semana estoy
de vacaciones. Lo que ocurre es que... En fin, el sábado escribí algo sobre el
accidente y tuve curiosidad por algunos detalles. Hubiera dicho a la mujer que
la entrevistaba en nombre del diario, pero en eso habría mentido.
—Hoy no vuelvas por
allí, Sam. Hazme el favor. Está muy alterada y será mejor que no vea más que a sus
amigos íntimos. Mañana tampoco, pues a las dos de la tarde sepultan al hijo. Yo
puedo decirte lo que quieres respecto a ella o a Jimmy. ¿Qué deseas saber?
—Ni siquiera sé lo que
deseo saber. Dime lo que quieras.
—Verás, empecé con
este trabajo de visitadora social hace tres años; fue entonces cuando Jimmy
ingresó en la escuela South Side.
—Espera —pedí—. No
quiero interrumpirte, pero dime: ¿Todavía trabajas en la dirección de la
escuela o te dedicas a esto todo el día?
—Todavía trabajo en la
escuela. Pero el trabajo no me lleva más que seis horas por día, de lunes a
viernes.
—Y nueve meses al año.
¿O también trabajas en verano?
—En verano también, ya
que hay alumnos que asisten a cursos especiales. Hoy no trabajo porque se cerró
la escuela para recibir a un representante del Ministerio de Educación que vino
en visita de inspección.
—Me alegro mucho por
la coincidencia. Si hubieras estado en la escuela no me habría encontrado
contigo..., lo cual es otra coincidencia extraordinaria.
—¿Por qué? ¿No es igualmente extraño que hayamos
vivido en la misma ciudad todos estos años sin habernos visto una sola vez?
—Es verdad —admití,
sin agregar que había estado pensando mucho en ella desde el sábado—. Pero
ahora háblame de Chojnacki.
—Fue una de las
primeras familias que me encargaron visitar. Ahora no queda más que Anna; hace
tres años eran tres. Stanley, el marido, era un ebrio consuetudinario, incapaz
de conservar un empleo o de cuidar su dinero cuando lo ganaba. Casi nunca
tenían lo suficiente para comer, a pesar de que Anna trabajaba todo lo que le
permitía su salud, que no era muy buena. Stanley falleció de pulmonía hace ya
dos años.
»Anna lo ha pasado mejor desde entonces. Mejoró su
salud, aunque no está del todo bien, y ha podido trabajar más horas en el
lavadero. Ella y Jimmy han tenido, por lo menos, lo suficiente para comer.
Probablemente la habrían sacado de mi lista si no hubiera sido por Jimmy.
¿Estás enterado de eso?
—Sé que tenía
prontuario por robos.
Asintió Nina. ¡
—El pobre parecía no
poder evitarlo. En todo otro sentido era muy bueno, obediente y pacífico. Lo
malo era que Anna no podía darle dinero para sus gastos.
—¿Probó de trabajar?
—Muchas veces, pero
era incapaz de conservar sus empleos. Era demasiado independiente para obedecer
órdenes o aceptar reprimendas que no creía merecer. Y aunque trabajara, seguía
robando cuando se le presentaba la oportunidad de hacerlo. Después perdía el
empleo y cada vez se le hacía más difícil conseguir otro.
—No parece haber sido
muchacho muy bueno —comenté.
—Eso es lo raro, Sam. Era
muy bueno, a pesar de lo que puedas pensar. Y tenía inteligencia. En la
escuela sacaba muy buenas notas. Marchaba muy bien con sus estudios leyendo
cosas buenas, según he visto por los libros que pedía a la biblioteca. Hablaba
el inglés con toda corrección, aún mejor que yo, y eso que vivía en un hogar
donde el idioma corriente era el polaco. Quería dedicarse a escribir.
—¡Caramba! —exclame—.
Oye, ¿sabes si el sábado fue a Whitewater solo o acompañado?
—No. ¿El detalle tiene
importancia?
—No sé. ¿Conoces a sus
amigos?
—No.
—¿No sabes si conocía
a un muchacho llamado Westphal?
—¿Obie Westphal?
—Sí.
—Pues..., deben
haberse conocido de vista; asistieron a las mismas clases. Pero no pueden haber
sido amigos.
—¿Por qué no? Ya sé
que pertenecen a diferentes clases sociales: pero si Jimmy era tan inteligente
como dices, esto podría no haber sido un obstáculo.
—No podían tener
intereses en común, Sam. Obie obtiene buenas notas, pero no le interesa el
estudio tanto como le interesaba a Jimmy. Y Obie es un gran atleta, mientras
que el otro no tenía ninguna afición a los deportes. Quizá porque era pequeño y
no muy fuerte e incapaz de competir en nada que requiriera fuerza. Puede que se
hayan conocido un poco, pero estoy segura de que no eran amigos. No habría
habido nada que salvara la diferencia entre ambos. ¿Por qué me preguntas por
Obie?
—Jimmie tenía en el
bolsillo la cartera de Obie Westphal cuando lo encontraron. Debía haberla
robado poco antes.
—¡Sam! —exclamó Nina,
mostrándose algo atemorizada—. Eso no aparecerá en el diario, ¿verdad?
—En el Herald no.
Lo sabíamos antes de cerrar la edición y no lo publicamos, de modo que no vamos
a hacerlo ahora. Creo que podría decir lo mismo respecto al Journal. Leí
la noticia que publicara el domingo y no mencionaron la cartera.
—¡Gracias a Dios! La
señora Chojnacki no debe saberlo. Creía que su hijo se había reformado, y
sufriría mucho al enterarse de que murió luego de cometer una nueva falta.
—Comprendo. Por mí no
lo sabrá, y si la policía no se lo dijo en el primer momento, no creo que vaya
a hacerlo ahora.
—Espero que no. Lo
único que la sostiene es el consuelo de creer que murió reformado. Además,
tendrá un buen funeral, lo que significa mucho para la gente como Anna. Lo paga
el parque de diversiones.
—¿Ah, sí?
—Deben ser ellos, pues
Anna me dijo que alguien va a pagar los gastos y no quieren que se sepa quién
es. Le dije que debía ser la dirección del parque o el concesionario del Rayo
Azul, y que lo hacen anónimamente porque de otro modo parecería que admiten su
responsabilidad por lo ocurrido.
Pensé confiarle quién
era realmente el que pagaba los gastos, pero luego decidí no hacerlo. Había
dado mi palabra a Haley y no vi razón para faltar a ella.
—¿Qué hora es, Sam?
Consulté mi reloj.
—Las doce y minutos.
Ya es tarde y podemos seguir bebiendo. ¿Quieres otro cóctel?
—Gracias, pero no me
conviene. ¿Tienes suficiente apetito como para que almorcemos ahora?
Nos trasladamos al
salón comedor y después de almorzar Nina me dijo que debía terminar de hacer
sus visitas.
Me llevó de regreso
donde dejara el Buick. Al llegar abrí la portezuela, disponiéndome a descender.
—¿Dónde vives? —le
pregunté.
—Tengo un departamento
cerca de la escuela.
—¿Estás en la guía
telefónica?
Me miró con fijeza
durante un momento.
—Todavía estás casado,
¿no?
—Sí, pero quiero
saberlo.
—De nada servirá
vernos de nuevo si...
No dije nada.
—Bien..., puedes
consultar la guía y buscar mi nombre, ¿no? —terminó.
Le sonreí al apearme.
—Es fácil que lo haga.
Hasta la vista.
Me quedé observando el
coupé hasta que dobló la esquina y me pregunté si me decidiría a llamarla. Una
vez sentado en el Buick, estuve meditando un momento y partí luego hacia
Whitewater Beach. Era uno de los lugares que había pensado visitar, de modo que
podía hacerlo ahora que me hallaba tan cerca.
El camino central
estaba lleno de gente joven. Al encaminarme hacia el Rayo Azul, pasé junto a la
cerca que Jimmy debía haber saltado y por la que yo mismo pasara el sábado en
la tarde. Ahora habíanle agregado en la parte superior tres alambres de púas
que impedían que los muchachos pudieran saltarla para pasar al espacio abierto
detrás de las casillas.
En la casilla de
entradas del tren de diversiones vi a una joven, mas no estaba habilitada aún
la venta. La muchacha contaba billetes y monedas, ordenándolo todo en su cajón.
En la plataforma de
partida se hallaba el mismo individuo del sombrero de paja que viera el sábado.
Estaba ocupado en limpiar los asientos del coche con un gran plumero.
Se volvió al oír mis
pasos.
—¿Otra vez usted? ¿Qué
desea?
—Poca cosa —repuse
sonriendo—. Hoy quiero hacer un viaje en el coche. ¿Hay privilegios para la
prensa o tengo que sacar entrada?
—Compre una entrada
—gruñó—. Empezamos dentro de cinco o diez minutos. Primero tengo que hacer la
recorrida de prueba.
—Hoy abre más tarde.
—Los días hábiles
abrimos a las dos. Los sábados, domingos y feriados a las diez de la mañana.
¿De qué se trata? ¿Quiere seguir con el asunto del accidente?
—No. Estoy proyectando
un artículo sobre estos vehículos.
—¡Ah! —meditó un
momento—. Bueno, diga que son muy seguros. El del sábado fue el primer
accidente que hubo en el mío, y los únicos que ocurrieron en otros se debieron
a que la gente comete la barbaridad de ponerse de pie en el coche o asomarse
por los bordes. Somos más seguros que los ferrocarriles, y mucho más que los
automóviles.
—Lo incluiré
—prometí—. ¿No halló mi pluma fuente por aquí el otro día?
—No. ¿La perdió?
—La tenía poco antes
de hablar con usted, y la eché de menos no bien salí del parque. ¡Vaya! Creo
que sé dónde se me cayó. Estaba observando a los obreros que arreglaban las
vías donde saltó el coche y me incliné para mirarlas. Seguro que es allí donde
se me cayó del bolsillo. Iré a buscarla.
Así diciendo, descendí
por un costado de la plataforma.
—¡Ea! —gritó. Al
volverme agregó—: No voy a hacer correr los coches mientras esté usted allí, de
modo que no se demore.
—No sea tonto. No
estoy tan loco como para acercarme a la pista. Y es posible que me lleve un
tiempo encontrarla entre las hierbas. Hágalos correr cuando quiera.
Eché a andar junto a
las vías, dejando atrás el alto andamiaje de la primera subida para descender
por la cuesta del otro lado. Al llegar al punto donde los rieles pasaban a la altura
del suelo, me detuve a un metro de la pista y me agaché, fingiendo estar
buscando algo entre las hierbas.
Pasaron dos minutos y
oí entonces el mismo sonido que oyera en sueños: el de la rueda dentada que
sostenía el coche al ser subido éste hacia lo alto de la pista. Era muy
estrepitoso, tal como en mi pesadilla. No era posible que se dejara de oír, a
menos que la víctima hubiera sido sorda. Nina no me había mencionado nada al
respecto, de modo que Jimmy no podía haber padecido de un defecto así. Una visitadora
social no hubiera pasado un detalle tan importante al explicarme uno de sus
casos.
El coche llegaba ya a
lo alto y un momento después cesó el ruido de la rueda dentada para ser
reemplazado por un rugido creciente que me hizo dar unos pasos hacia atrás, el
ruido aumentó de volumen y tuve la impresión de que temblaba el suelo al pasar
el coche por el punto más bajo y ascender por la pista como lanzado por una
catapulta.
Acababa de confirmar una
de las cosas que sospechara desde el principio. La muerte de Jimmy Chojnacki no
había sido accidental.
No podía serlo.
Me imaginé entonces a
dos muchachos parados allí, escuchando el estrépito y quedándose cerca de la
pista a fin de experimentar la emoción de ver pasar tan cerca aquellos veloces
coches. Y en el momento en que el vehículo llegó a lo alto de la estructura, me
pareció ver que uno de ellos, el más corpulento y forzudo, lanzaba una mirada
hacia el camino central a fin de asegurarse de que nadie lo veía. Luego, al
descender el rugiente coche hacia el pie de la pendiente, dio a su compañero un
empellón que lo lanzó boca abajo sobre los rieles.
Esta escena imaginaria
me hizo estremecer.
Aquello era lo que me
había obligado a volver del Lago Laflamme para tratar de probar lo errado de
mis suposiciones. Habíase tratado de un simple presentimiento. Ahora era una
certeza.
Oí de nuevo el ruido
de la rueda dentada. El otro coche comenzaba su ascenso. No quise estar allí y
verlo pasar, razón por la cual volví a la plataforma.
—¿Encontró su
estilográfica?
—No.
—Si es allí donde la
perdió, es posible que la encontrara el pintor cuando volvió para dar una
segunda mano a las tablas. Puede que la haya entregado en la oficina de objetos
perdidos. Vaya a preguntar.
—Eso haré. Muchas
gracias. ¿Está en la administración, detrás del estrado de la banda?
—Sí. Oiga, si es
cierto que va a escribir algo sobre estos trenes, no tiene necesidad de comprar
una entrada. Dé todas las vueltas que quiera. Venga, suba en este coche.
—Gracias, pero volveré
luego, cuando haya público. Quiero viajar con otros para observar sus
reacciones.
—Bien, hasta luego
entonces.
3
El departamento de
objetos perdidos no era más que una ventanilla en el costado del edificio de
madera en que se hallaba alojada la administración. Estaba cerrada la
puertecita de madera, pero a su lado había un botón y un cartelito que decía:
"Toque el timbre".
Así lo hice. Al cabo
de unos segundos abrióse la ventanilla y asomó a la misma un joven de pelo rojo
y cara llena de pecas.
Le mostré mi carnet de
periodista.
—¿Estuvo usted de
servicio el sábado?
—Hasta las cinco. Por
la noche estuvo otro.
—Quería preguntarle
por una cartera que entregaron aquí y que pertenecía a un tal Henry O.
Westphal. ¿La recuerda ?
—Sí, pero no era
objeto perdido.
—¿Qué pasó con ella?
—A eso de mediodía
vino Gilman, el policía que está de servicio actualmente. Quería saber si un
muchacho llamado Westphal había preguntado por una cartera. Le contesté que no
y me dijo:
»—Probablemente lo
hará no bien la eche de menos. Cuando venga, dile que me busque, que yo la
tengo. Estaré un rato cerca del "Rayo Azul".
»Le pregunté por qué
no dejaba la cartera aquí, y me dijo qué tenía que decir algo al muchacho
cuando se la entregara.
»A las doce y media me
voy siempre a comer y cuelgo un cartelito en que aviso que vuelvo a la una y
media. Pues bien, unos diez o quince minutos después de haber regresado sonó el
timbre y era el muchacho que venía a preguntar por su cartera. Lo mandé a ver a
Gilman y eso es todo lo que sé al respecto.
—Gracias —le dije—.
¿No sabe si está Gilman en el parque en estos momentos?
—Debe estar de
servicio, pero no sé dónde. Andará paseando por el camino central.
No es difícil
localizar un uniforme azul, y unos minutos más tarde avisté uno andando por el
camino central. Lo alcancé y vi que contenía al mismo agente con quien hablara
el sábado.
—¿Agente Gilman?
—Sí. Usted es el
reportero que estuvo el sábado, ¿no?
Contesté que sí y le
dije lo que deseaba saber.
—A eso de las doce
vino el teniente Grange para darme la cartera —manifestó—. Dijo que la tenía
encima el muchacho muerto en la mañana, pero que no era de él. ¿Comprende? El
muerto era un carterista y debía haberla robado. Por lo tanto, el verdadero
dueño, que era Henry O. Westphal, según indicaba la identificación, la echaría
de menos y vendría a reclamarla. Me explicó cómo se había producido la
identificación equivocada y me dijo que ya habían notificado a los padres de
Westphal y... ¿Pero ya está enterado usted de eso?
Le dije que sí.
—Pues bien, el
teniente quería que yo explicara al chico lo sucedido y le dijera que se fuese
a su casa a esperar a sus padres, pues querrían verle en seguida después de esa
falsa alarma.
»De modo que me guardé
la cartera y avisé al pelirrojo que me enviara el chico cuando fuera a
reclamar. Así lo hizo el pelirrojo y cuando se presentó el muchacho le di la
cartera y el mensaje. Eso es todo lo que pasó.
—¿El muchacho le dijo
cómo la había perdido, o si sabía que se la habían robado?
—No. ¿Qué importancia
tiene?
—Supongo que ninguna.
¿Se fijó cuánto dinero contenía la cartera?
—No, pero me lo dijo
el teniente. Eran quince dólares. Me recomendó que preguntara al muchacho
cuánto había en ella cuando la perdió; de esa manera haríamos una comprobación.
Así lo hice y Westphal dijo que eran quince.
—Es raro que no la
echara de menos antes —expresé—. Deben habérsela robado antes de las diez, y no
la echó de menos hasta algo después de la una y treinta.
—A mí también me
extrañó el detalle y se lo pregunté cuando hablamos. Me dijo que se había ido
del parque poco después de la diez para volver al centro, que no gastó más que
monedas hasta que trató de pagar el almuerzo. Entonces volvió en seguida al
parque; pero la ventanilla estaba cerrada, de modo que debió esperar para
volver después de la una y media. Bien, eso es todo, salvo que dijo que se iría
en seguida a su casa, y supongo que así lo hizo.
Al salir del parque me
detuve en una cabina telefónica, y consulté la guía para buscar la dirección de
los Westphal, la que había olvidado. No era muy lejos; la casa debía estar en
Oak Hill, un buen barrio residencial a pesar de hallarse cerca de la playa de
maniobras del ferrocarril.
No llamé al teléfono,
aunque lo anoté por si lo necesitaba. Por el momento quería sólo ver a Obie
Westphal si era posible hacerlo sin que él me viera a mí o se diera cuenta de
que lo observaba. Aún no deseaba hablar con el muchacho.
Me dirigí allí pasando
frente a la casa. Era un edificio bastante atractivo, recién pintado y con un
amplio parque rodeado por una verja blanca. La casa tenía lo menos diez
habitaciones; si sólo vivían en ella los padres y el muchacho, había espacio de
sobra.
Di la vuelta en la cuadra siguiente y regresé,
estacionando el coche junto a la acera opuesta, unos metros más abajo, de modo
de poder observar el edificio sin llamar la atención. Allí me quedé sin que
ocurriera nada ni saliera nadie de la casa. No obstante, debía haber alguien,
pues vi un movimiento en una de las ventanas del piso alto. Al cabo de un rato
consulté mi reloj, viendo que eran las cuatro. Ya estaría saliendo el autobús
que debía haberme llevado de regreso al Lago Laflamme.
A las cinco y media
llegó el señor Westphal en su Chrysler azul. Estacionó el coche junto al cordón
y entró en la propiedad.
A las seis y media se
encendieron las luces, y media hora más tarde volvieron a apagarse. Al poco
rato salió el matrimonio y se alejó en el automóvil.
Pasé frente a la casa
con lentitud, asegurándome de que no había ninguna luz encendida. Había
desperdiciado cuatro horas; era evidente que Obie no estaba allí. Seguí viaje
hacia el centro para comer algo en un restaurante, pues para entonces estaba
casi desfallecido de hambre. Luego que hube consultado la lista y hecho el
pedido, entré en la cabina telefónica.
Ya era hora de dejar
de pensar en un solo aspecto de lo que sospechaba y echar un vistazo al asunto
desde un punto de mira mucho más amplio.
Luego de discar el
número del Journal pedí que me comunicaran con Don Thaley. Don es más
amigo mío que cualquiera de los del Herald; en él podría confiar más que
en mis compañeros. Además, la redacción de mi diario estaría cerrada, mientras
que el Journal, por ser un diario de la mañana, estaba en plena
actividad.
Al fin me atendió.
—¿Don? Habla Sam
Evans. ¿Cómo estás?
—Muy bien. Oye, creí
que estabas de vacaciones. ¿No te habías ido de la ciudad?
—Estoy de vacaciones:
pero volví a la ciudad por un asunto personal.
—¿La conozco?
—Nada de chistes. Don, quisiera que me consiguieras
algunos informes del archivo y luego olvidas que te los pedí. Tengo razones
para no buscarlas en el Herald.
—Seguro, viejo. ¿De
qué se trata?
—Quiero los datos que
haya sobre los cuatro accidentes fatales que ocurrieron en la Escuela South
Side en los últhnos años. Nombres, fechas y todo lo demás. Uno fue un muchacho
que cayó de una ventana de la torre; otro, uno que resbaló y se golpeó la
cabeza contra algo, y hubo dos que se ahogaron en la pileta de natación. De
estos últimos una fue una maestra.
—¡Diablos! ¿Para qué
quieres todo eso?
—Estoy constatando
algo que quizá sea una idea alocada, y no quiero hablar de ello hasta que
obtenga resultados. Pero si me buscas los informes, te pagaré una copa en el
bar de Murphy la primera vez que nos encontremos.
—Muy bien. Pero no sé
cómo podría conseguírtelo en seguida. Debe haber notas de cada uno de los
casos, pero es seguro que estén por separado y bajo el nombre de las víctimas.
Recuerdo dos de los accidentes, ya que yo mismo escribí algo al respecto por
datos que me dieron por teléfono, pero fue hace ya un año o más, de modo que
ahora no tengo presentes los nombres.
—¿No hay nadie en el
diario que pueda recordarlos?
—¡Hum! Lo dudo. Eso
sí, si pregunto a todos los muchachos, es fácil que obtenga los nombres.
—No lo hagas. Ya los
conseguiré de otra forma. Gracias lo mismo.
—No hay por qué.
Después de colgar el
tubo, me fui al mostrador y comí lo que me habían servido. Luego volví a entrar
en la cabina, busqué el número de Nina y la llamé.
—Habla Sam, Nina.
¿Tienes algo que hacer?
—No, pero... ¿No sería
mejor no vernos? Recuerda que estás casado.
—Está bien. Quizá
tengas razón; pero deseaba preguntarte algo. ¿Cuántos accidentes fatales han
ocurrido en South Side en los últimos años?
—Tres... No, cuatro.
¿Por qué?
—¿Recuerdas los
nombres de las víctimas?
—Creo que sí. La
maestra era Constance Bonner. El que cayó de la torre se llamaba Green...
Grennugh, según creo, aunque no recuerdo su nombre de pila. El muchacho negro
que se mató en el vestuario era William Reed. La chica que se ahogó... No, no
recuerdo su nombre, Sam. Ocurrió hace dos años y recién acababa de entrar en la
escuela. ¿Es muy importante?
—Lo es para mí. ¿No
sabes dónde podría averiguarlo?
—Pues creo que podría
informarte consultando mi diario. Llevo uno personal. Supongo que es una
tontería, pero... En fin, si lo consulto puede que halle las anotaciones que
hice cuando sucedieron los accidentes. Pero me llevará un rato.
—¿No podrías hacerlo
ahora? Te llamaré dentro de media hora o cuando tú digas. ¿Cuánto tiempo crees
que tardarías en hallarlos?
—No sé. Quizá en
seguida o quizá... Bueno, ven aquí, ya que... Es decir, creí que...
Sonreí complacido.
—Muy bien, Nina. Y
podríamos beber algo mientras estoy allí. ¿Qué puedo llevar?
—Lo que gustes. Whisky
sí quieres. Aquí tengo vermouth.
—Bien, hasta luego.
Había olvidado pedirle
su dirección, de modo que tuve que consultar nuevamente la guía. Vi que residía
en la calle South Howell, a pocas cuadras de la escuela.
Estaba seguro de que
Nina tendría curiosidad por saber para qué pedía aquellos informes. Como no
estaba dispuesto a hablar de mis sospechas, preparé una explicación mientras me
dirigía a su domicilio.
La dirección correspondía
a un edificio de departamentos. Hallé el nombre de Nina en el hall y toqué el
timbre correspondiente, abriendo la puerta no bien sonó el aparato automático
de la cerradura.
Nina me abrió no bien
subí. No tenía puestos los anteojos y estaba realmente hermosa. Una vez que me
hubo hecho pasar, me dijo:
—Todavía no he mirado
nada, Sam. Recién acababa de comer cuando llamaste, y quería lavar los platos y
poner todo en orden.
—No hay apuro. Bebamos
primero —le entregué la botella que llevaba—. Tú sabes dónde está todo, de modo
que dejo los cócteles a tu cargo.
—Bien, pero puedes
ayudarme sacando el hielo.
Fuimos juntos a la
cocina, preparamos los cócteles y nos sentamos a tomarlos, yo en el sofá y ella
en uno de los sillones, a un metro y medio de distancia.
Charlamos un rato
mientras bebíamos. Después me envió a preparar más cócteles, diciendo:
—Hazlo tú mientras yo
veo si encuentro esos accidentes en mi diario. ¿Pero qué interés tienes en
ellos?
—Estoy escribiendo un
artículo que quiero vender a alguna revista, y deseo terminarlo durante mis
vacaciones. Habrás oído hablar de la tendencia a los accidentes, ¿no?
—¿Ésa gente que los
sufre a menudo? Por supuesto. Creo que la teoría común es que el subconsciente
les hace desear la muerte, sin que su mente consciente se percate de ello.
—Así es. Pues bien, mi
artículo probará, un poco en serio y un poco en broma, que la teoría corriente
está equivocada, pues así como personas, también hay edificios con tendencia a
los accidentes, y los edificios no tienen conciencia. He recogido muchos datos
sobre edificios así y quiero agregar la escuela South Side a mi lista.
—Pero..., cuatro
accidentes en tres años. No son tantos.
—¿No? ¿Cuatro
accidentes fatales? ¿Y todos ellos en los últimos tres años?
—Pero antes no ocurrió
ninguno. ¿No prueba eso que...?
—En caso de probar
algo, prueba que adquirió la tendencia a los accidentes hace sólo tres años. Lo
mismo suele ocurrir con la gente.
—Esa idea es tan
fantástica que podría resultar en un buen artículo para cualquier revista. Muy
bien, prepara los cócteles y yo iré a buscar mis diarios.
Así lo hice, y al
volver con los vasos ya estaba ella sentada con tres grandes volúmenes sobre el
regazo. Abrió el primero y vi que estaba cubierto de líneas escritas con la
misma letra que recordaba de nuestros tiempos de estudio. Cada uno de aquellos
libros, que seguramente correspondían a los últimos tres años, debía contener
centenares de miles de palabras, si es que los había llenado por completo.
Cerró el que abriera
mientras se apoderaba del vaso que le tendía.
—Ya he hallado dos de
ellos, Sam —dijo—. Ambos sucedieron hace tres años. El primero fue el muchacho
que cayó de la ventana de la torre.
—Cuéntame cómo fue.
—Estaba acertada con respecto
al nombre; era Wilbur Greenoug y estaba en el primer año —Nina se estremeció
levemente—. Ése lo recuerdo bien porque fue el primer muerto que veía...,
excepto en un funeral, por supuesto.
—¿Viste el accidente?
—No, pero lo oí, y a
él lo vi casi en seguida... Cayó de una de las ventanas de la torre y fue a dar
en los escalones de entrada. Yo me hallaba trabajando en la oficina de la
dirección, junto a la puerta principal, y oí el golpe. Después sonó un grito y
corrí entonces a asomarme por una ventana. Fue así como lo vi tendido. Había
dado de cabeza y la tenía partida y...
Comprendí que así no
adelantaríamos.
—Pasa por alto esa
parte —le dije—. ¿Se efectuó una investigación?
—Sí, por supuesto,
pero no se averiguó gran cosa. Nadie le vio caer hasta que dio en el suelo. Fue
durante el segundo turno del almuerzo; él ya había comido. Debe haber subido a
la torre y haberse asomado por la ventana o salido a la cornisa. Hay una de
unos quince centímetros que corre por debajo de las tres ventanas, y éstas estaban
abiertas. Es posible que haya salido por una y tratado de caminar por la
cornisa para llegar a otra. Ya otras veces lo hicieron otros.
—¿Había con él algún
otro estudiante en la torre?
—Parece que no; por lo
menos no se llegó a saber que hubiera habido otros. Desde entonces se ha
cerrado con llave la puerta de acceso, salvo cuando se usa el salón de la
torre.
»Eso fue a fines de septiembre, poco después de
iniciarse las clases. El segundo accidente sucedió en enero; fue el muchacho
negro que se cayó en el vestuario. Se llamaba William Reed. Sobre él no puse
detalles en mi diario, pero creo que no había mucho que escribir. Nadie sabe
cómo cayó, pues estaba solo en esos momentos, pero se había golpeado la cabeza
contra la esquina de uno de los bancos. No lo hallaron hasta pasadas varias
horas.
—¿Varias horas?
¡Diablos! ¿Cómo es posible?
—Fue a última hora y
ya se habían vestido casi todos. Después de la clase de gimnasia se quedó a
darse un baño y demoró bastante. Además, su armario era uno de la última fila,
de modo que, aunque hubiese terminado otro después que él, no habría pasado por
allí. Lo halló el ordenanza cuando inició la limpieza.
—¿Se investigó
también?
—Todos los accidentes
se investigaron. Pero como nadie vio lo que pasó, no se pudo averiguar nada. Se
recomendó que se cambiaran los bancos por otros con puntas redondeadas y creo
que se hizo así.
—¿Y el otro, el de la
estudiante que se ahogó hace dos años? ¿Te costará mucho hallar detalles al
respecto?
—No, porque estoy
segura de que ocurrió inmediatamente después de iniciarse las clases, de modo
que tengo la fecha aproximada.
Había dejado el vaso
sobre la mesa y comenzó a pasar las páginas de otro de los libros. Al cabo de
unos minutos anunció:
—Aquí está. ¡Ah, sí!
Se llamaba Besie Zimmerman. No escribí mucho porque ni siquiera la conocía,
pero recuerdo que sucedió en la mañana, a la hora de natación.
—En nuestra época las
horas de natación estaban divididas por sexo —comenté—. ¿Todavía se sigue la
costumbre?
—Sí. Era la clase de
las niñas. Había muchas de ellas en la piscina, y Besie debe haber tenido un
calambre y haberse hundido sin que nadie la viera.
Pensé que podía
descartar aquel accidente, mas para seguir manteniendo mi excusa tendría que
demostrarle tanto interés como a los otros.
—¿Cuánto tiempo estuvo
bajo el agua? —inquirí—. No puede haber sido más de un minuto o dos antes de
que la descubrieran, ¿no?
—Probablemente, no;
pero no pudieron resucitarla, aunque se esforzaron por mucho tiempo.
—Ahora queda la
maestra que se ahogó. ¿Dijiste que se llamaba Bonner?
—Constance Bonner.
Éste ocurrió hace cuatro o cinco meses, en febrero o marzo. Está en este otro
libro, el que llevo actualmente. ¿Te parece tonto que lleve así mi diario?
—No, ¿pero no es mucho
trabajo?
—No tanto como parece.
Le dedico media hora varias veces por semana, y sólo anoto las cosas
importantes para mí. Lo empecé hace cinco años.
—Lo lamento —declaré—.
Entonces no figuro yo..., a menos que hayas anotado que almorzaste hoy conmigo.
Nina estaba
consultando el libro.
—Todavía no lo he
hecho, pero siempre hay tiempo. No puedo encontrar nada sobre Constance Bonner.
—¿Seguro que
escribiste lo de ella?
—Sí, llené casi una
página. Ese es el único que podría no ser un accidente, y si no lo es no se
adaptaría a tu artículo.
—¿Quieres decir que
quizá la mataron?
—No, no. Pero se
sospechó de que se hubiera suicidado. Las circunstancias... Espera hasta que
encuentre los datos. Aquí debo tenerlos.
Siguió pasando algunas
páginas.
—Aquí está. Fue en
enero, antes de lo que pensaba. Espera que lo lea.
—¿Por qué no me lo
lees en voz alta?
Ella levantó la vista.
—Prefiero no hacerlo,
Sam. Algunas de las cosas que he escrito son tan personales que nunca he
permitido a nadie leer una sola línea. Esta anotación particular no importaría,
pero... En fin, es cuestión de principios.
—Comprendo. Léelo para
ti entonces. ¿Quieres terminar ese cóctel para que prepare otro?
—Muy bien. ¿Es que
quieres embriagarme?
—El acusado se niega a
responder.
La oí cerrar el libro
mientras estaba preparando los cócteles; por el rabillo del ojo la vi llevarse
los tres libros a un escritorio situado en un rincón y guardarlos en el último
cajón. Puso la llave en el bolsillo de su robe de chambre y fue a la cocina.
—Ahora que lo he leído
de nuevo creo que fue realmente un suicidio. Mas no se encontró ninguna prueba,
de modo que la policía atribuyó la muerte a un accidente, aunque hayan pensado
lo contrario. Es decir, que dijeron que pudo haber caído en la piscina. No es
posible que hubiera ido a nadar porque no sabía hacerlo y, además, estaba
completamente vestida. Lo raro del caso es que no tenía razón alguna para
encontrarse en ese sitio.
—Fue después de hora,
¿no?
—Sí, por la noche.
Hubo una reunión del Club Dramático a la que asistió ella porque era la
consejera del grupo. La reunión duró de siete a nueve. Al terminar, la señorita
Bonner dijo a los muchachos que no se iba en seguida, que estaba atrasada con
su trabajo y pensaba clasificar algunos trabajos en su aula. Cuando se fueron
los otros, ella marchó a su aula...
—¿Se condujo
normalmente durante la reunión?
—Recuerdo que sobre
eso oí comentarios diferentes. Algunos de los muchachos pensaban que sí, otros
decían que se había portado de manera extraña. Todos concordaron en que no
habló mucho. El caso es que salió con ellos hasta la puerta y cerró con llave
cuando hubieron salido todos. Debe haber ido entonces un rato a su aula, pues
encendió la luz, aunque no se encontraron pruebas de que hubiera trabajado.
»A eso de las tres de la mañana pasó por allí un
coche patrullero que suele hacer la recorrida por aquí. Los policías vieron la
luz en el subsuelo de la escuela y decidieron investigar. Sabían que a veces
trabajaban allí los profesores durante la noche, pero nunca hasta esa hora.
Tenían una llave de la puerta para cualquier emergencia, de modo que entraron
en seguida. En el aula vieron la luz encendida y un sombrero y abrigo de mujer,
así que comenzaron a buscarla por el edificio. Al abrir la puerta del salón en
que está la piscina, vieron la luz encendida y entraron, encontrando su cadáver
en el agua.
—Ese salón está
adentro —comenté—. Las luces no se habrían visto de afuera. ¿El aula de la
señorita Bonner está en el subsuelo?
—Sí, y no muy lejos de
la piscina. Puede haber sido un accidente, ya que pudo haber entrado allí por
alguna razón y caído accidentalmente; como no sabía nadar, tenía por fuerza que
ahogarse. ¿Pero para qué entró allí, si no fue porque quiso suicidarse?
—No sé —admití—.
¿Descubrieron que tenía alguna razón para matarse?
—En realidad no. Pero
sus padres comentaron que hacía varias semanas que se portaba de manera
extraña. A veces estaba muy contenta y otras muy apenada. Pero no sabían que
estuviera en dificultades de ninguna clase. Creo que las autoridades lo
hubieran considerado como un suicidio si hubiesen hallado algún motivo que la
impulsara a matarse.
—A mí me parece un
suicidio, Nina. No siempre son visibles las razones que pueda tener una persona
para matarse. Quizá estaba desequilibrada, y los síntomas que describían los
parientes parecen confirmar esto último. ¿Tú la conocías bien?
—Muy poco. El año
pasado fue el primero que estuvo en South Side y no alcanzamos a trabar
amistad. Era uno o dos años menor que yo; creo que contaba veinticuatro.
Enseñaba inglés.
Me dije que también podía
dejar de lado ese caso. Las circunstancias no se ajustaban a mis sospechas, y
me pareció que debía tratarse realmente de un suicidio. De los cuatro sólo
quedaban dos y quizá estaba loco al pensar lo que pensaba.
Entonces decidí que
por aquella noche dejaría de pensar en el asunto.
Preparé otro cóctel.
Ya comenzaba a sentir los efectos de la bebida, mas esto no me incomodaba.
Durante un rato no
hablamos mucho. Luego llegué hasta la puerta con el sombrero puesto y Nina se
dispuso a abrir. La tomé por la cintura para despedirme con un beso. Luego nos
encontramos los dos abrazados fuertemente.
—No quiero irme
—susurré al cabo de un momento.
—Yo tampoco quiero que
te vayas. Ya sé que está mal, pero...
Estaba solo en la cama
cuando desperté. No había un solo reloj a la vista, y recordé que Nina no los
necesitaba para despertarse. El de pulsera me indicó que eran las ocho y
veinte.
Me senté en el lecho y
tendí la mano hacia mis ropas que dejara sobre la silla. Había una nota sobre
ellas. Al tomarla vi que decía:
"Sam:
Duermes tan profundamente que no voy a despertarte. Desayúnate aquí si quieres.
Hay café en la cafetera y no tienes más que calentarlo; en el refrigerador
hallarás tocino y huevos. Pero no hagas mucho ruido, por favor. Si quieres
telefonearme durante las horas de clase, el número es Grand 6400.
Nina."
Después de vestirme
salí con mucho sigilo sin desayunarme. No sabía nada respecto a los vecinos de
Nina, pero no quise correr el riesgo de que me oyeran en su departamento a una
hora en que ella no estaba. Tomé el desayuno en un restaurante y luego me fui a
mi casa, donde me di un baño, me afeité y cambié de ropa. Después llamé a Grand
6400, oyendo en seguida la voz de mi amiga.
—Habla Sam —le dije—.
¿Puedes hablar con libertad?
—Sí, señor. No está
aquí en este momento. ¿Quiere que le llame cuando regrese?
—Estoy en casa, West
3208. Figuro en la guía, si es que no lo anotaste. Pero llámame lo antes que
puedas; me quedaré a esperar tu llamada.
—Sí, señor; le diré
que le llame no bien llegue. No creo que tarde mucho.
Tardó unos diez
minutos.
—Sam, podría haber
hablado; pero había gente en la oficina y no quise tener que cuidarme de lo que
decía. Preferí esperar hasta poder venir a una cabina.
—¡Vamos, Nina! No necesitas
explicarme. Gracias por dejarme dormir esta mañana. Me hacía falta. Ahora me
siento muy bien.
—¿Lo mismo que anoche?
—Pues..., por el
momento no. Pero dame tiempo..., quizá hasta esta noche. ¿Tenías algún proyecto
para la noche?
—Hasta ahora no.
—Buena chica.
—No lo soy. ¿Me
querrías si lo fuera?
—Claro que no. Pero
escucha, querida, quizá no pueda verte hasta muy tarde. Primero tengo que ver a
otra persona.... y no es otra mujer.
—Muy bien.
—¿A qué hora llegarás
a tu casa?
—Creo que antes de las
cinco. Hoy salgo a la una y media para poder asistir al funeral de Jimmy
Chojnacki. Después, si me queda tiempo, debo visitar a dos de las familias de
mi lista, pero así y todo volveré temprano a casa.
—Me había olvidado del
funeral. ¿Te parece que estará bien si voy yo también?
—Pues..., no sé por
qué querrías hacerlo, pero no hay razón para que no vayas.
—Entonces es probable
que nos veamos allí. Hasta luego.
2
Steiner,
el jefe de policía, se hallaba en su oficina cuando llegué a la jefatura, de
modo que pude verlo tras media hora de espera. Al entrar le di el cigarro de
cincuenta centavos que había adquirido antes de ir allí. Le quitó la envoltura
de celofán para tomarle el aroma con expresión de conocedor. Aproveché la
coyuntura para hacerle mi pedido.
—Quisiera que me
hiciera un favor, jefe.
—Siempre estoy
dispuesto a ayudar al Herald, Sam —me respondió.
Esto era muy lógico,
ya que el Herald y el coronel Ackerman le habían conseguido el
puesto. Empero, no quise engañarlo; le habría resultado muy fácil enterarse de
que estaba de vacaciones.
—No es para el diario,
sino para mí —aclaré—. Estoy escribiendo un artículo sobre accidentes y las
diversas maneras raras como se matan algunos. ¿No podría echar un vistazo a su
archivo?
—No veo razón para que
no lo haga. Eso sí, aquí no tenemos los accidentes de tránsito. Si son ésos los
que le interesan...
—No. Los de tránsito
son todos iguales, y lo que busco son los raros.
Steiner sonrió.
—Bien, en el archivo
encontrará toda clase de ésos.
—¿Tenemos muchos en
nuestra ciudad?
—No más que en otras.
Si quiere cifras estadísticas, hable con Carey, en la oficina principal. Hace
un año hizo un análisis estadístico para el alcalde, que quería hacer una
comparación con otras ciudades.
Le di las gracias, asegurándole
que lo haría. Steiner llamó a su secretario y le pidió que me acompañara al
archivo de accidentes y me dejara allí.
Había un número enorme
de archivos de acero de cuatro cajones cada uno. Cinco de ellos estaban llenos
de casos de accidentes. Pero me animé bastante cuando el secretario me dijo que
allí estaban los casos de veinte años hasta el presente, de modo que tendría
que mirar sólo unos pocos.
—Hay un cajón para
cada año —explicó—. Los accidentes, todos fatales por supuesto, están en orden
cronológico. Pero en la parte anterior de cada cajón hay una hoja que se
confecciona al fin de cada año y en la que figura una lista alfabética con los
nombres de las víctimas y la fecha de cada caso, de modo que se pueden hallar
todos sin necesidad de pasar carpeta por carpeta.
Le di las gracias, me
quité la americana y empecé el trabajo. Si el secretario se hubiera quedado
para ver lo que hacía, habría tenido que seguir con la comedia y mirarlo todo;
pero por suerte se fue, de modo que comencé consultando los cuatro accidentes
de la escuela.
Salvo las direcciones,
fechas y horas exactas, así como otros detalles poco importantes, no me enteré
de nada que no me hubiera dicho ya Nina. Tampoco encontré el nombre que
buscaba..., ni siquiera figurando como testigo.
Era mediodía cuando
terminé de estudiar aquellos cuatro sumarios. Si quería almorzar y asistir al
funeral de Chojnacki, no podría examinar las otras carpetas. Al salir hablé de
nuevo con el secretario, explicándole que no había terminado y que regresaría
algún otro día.
3
El ambiente de la
funeraria era fresco y agradable. Me senté en un rincón posterior de la
capilla, tratando de llamar la menor atención posible. El ataúd que contenía
los restos de Jimmy reposaba sobre una mesa especial situada en la parte
delantera.
Había allí unas veinte
personas, siendo Nina la única que reconocí. Pero adiviné que la mujer de negro
sentada a su lado debía ser Anna Chojnacki.
El órgano dejaba oír
sus suaves notas. Desde el exterior llegaba el zumbido monótono de un avión que
pasaba por lo alto. Su sonido me recordó el del tábano que volara por la sala
de redacción el pasado sábado, y recordé entonces las palabras de Harry
Rowland: "Creí que estabas rezando".
El sacerdote comenzó
su plegaria y el órgano calló. Tenía anotado el nombre del religioso en un
sobre viejo que guardé en mi bolsillo. Haley habíamelo dicho al llegar, pues
creyó que iba en representación del diario.
—Y dijo Jesús "Yo
soy la resurrección y la vida..."
Por el rabillo del ojo
vi a un hombre parado en la entrada de la capilla; era un hombre corpulento y
de pelo negro salpicado de canas. Era Armin Westphal, el que pagaba los gastos.
Me había preguntado si iría; ésa fue una de las razones que me impulsaron a
asistir. Ahora acababa de comprobarlo.
Al finalizar la
plegaria, entró silenciosamente y sentóse junto a la puerta.
Volvió a oírse el
órgano y una mujer entonó un himno religioso con una voz muy abradable.
"En medio de la
vida nos amenaza la muerte..."
Vi que Anna Chojnacki
sollozaba en silencio.
No oí el sermón, pues
estaba muy ocupado con mis pensamientos. El padre de Obie había ido al funeral
de Jimmy. Otro detalle sin significación alguna, como eran los otros. ¿Por qué
no podía haber sentido un impulso generoso al enterarse de que su hijo estaba vivo?
¿Por qué no había de pagar el funeral de la verdadera víctima, ya que la madre
de éste era demasiado pobre? ¿Y, ya que pagaba los gastos, por qué no había de
asistir?
Pero yo había visto su
cara el sábado por la tarde cuando salió de la funeraria, y ahora me preguntaba
si sería éste el único funeral que pagaba con dinero de su bolsillo.
Terminado el servicio,
Westphal volvió a salir silenciosamente. Le di tiempo a que se alejara antes de
retirarme yo también. En caso de que quisiera hablar con él por uno u otro
motivo, no deseaba que recordara haberme visto allí.
Ahora, más que nunca,
deseaba ver a Obie Westphal en persona.
Me dirigí a casa de la
familia. Esta vez estacioné el coche algo más adelante, a fin de no estar en el
mismo sitio; pero acomodé el espejillo retrovisor para poder vigilar el frente
de la residencia.
Allí me quedé
vigilando sin que ocurriera nada, excepto la llegada del amo a las cinco de la
tarde. Esta vez guió el coche hacia el garaje en lugar de dejarlo fuera. A las
seis y media se encendieron las luces, y a las siete comencé a preguntarme si
de nuevo estaba perdiendo el tiempo.
Sólo había un medio de
comprobarlo. Me dirigí a la droguería más próxima y llamé por teléfono a la
casa. Me contestó una voz femenina.
—¿Está Obie? —pregunté.
—No, está de visita en
casa de un amigo, en Springfield. Se fue el domingo y volverá mañana a las dos.
¿Quién habla?
—No tiene importancia
y él no conoce mi nombre —repuse—. Le llamaré de nuevo cuando regrese.
Colgué el tubo, maldiciéndome
por haber perdido tanto tiempo. Después llamé a Nina.
—Habla Sam, querida.
Ya he terminado lo que tenía que hacer. ¿Comiste ya?
—Estaba por hacerlo.
Esperé todo lo que pude y empezaba a resignarme a que no me hablaras.
—Magnífico, entonces
puedes esperar un poco más y tendrás muy buen apetito. ¿Quieres tomar un taxi y
encontrarte conmigo en alguna parte?
—Comamos aquí, Sam.
Recién acabo de bañarme y estoy en piyama. Podríamos abrir algunas latas. ¿Qué
te parece?
—Horrible. Hoy me
siento carnívoro. Si llevo un par de costillitas, ¿querrás cocinarlas?
—¿Si querré? Por
supuesto. Creo que yo también me siento carnívora. Date prisa.
1
Nina estaba apoyada
contra mí, de modo que me aparté un poco, para contemplarla. Aun con los ojos
cerrados era hermosa; su rostro mostrábase tan inocente como el de una
criatura. Me incliné para besarla.
Cuando me volví a
apartar, me estaba mirando.
—¿Me amas, Sam?
—No sé —repuse con
sinceridad—. Estaba haciéndome la misma pregunta. Sé que me gustas mucho.
Y volví a abrazarla.
2
De nuevo me fui a casa
a cambiarme. A las diez de la mañana, cuando me pareció apropiado, me dirigí a
la calle Radnik y estacioné el Buick frente a la casa de inquilinato en que
residía la señora Chojnacki, meditando un momento sobre la manera cómo debía
encarar el asunto. Una vez decidido mi curso de acción, ascendí la escalera y
llamé a la puerta. Esta vez no fue Nina quien me abrió. Ya había visto a la
viuda durante el funeral, aunque no pude estudiarla de cerca. Ahora vi que era
alta y delgada, casi esquelética, y de enormes ojos de trágico mirar.
—Me llamo Herbert
Johnson, señora Chojnacki. Soy abogado y represento a la persona que pagó los
gastos del entierro de su hijo. Mi empleador quisiera saber...
—Pase usted.
Así lo hice. La
habitación era oscura y los muebles muy viejos, pero todo estaba limpio y en
orden.
—Siéntese, señor
Johnson. ¿Quiere una taza de café?
Me dispuse a negar;
luego comprendí que el hecho de tomar el café me demoraría allí lo suficiente
como para guiar la conversación por los derroteros que quisiera sin despertar
sospechas. Por eso le respondí afirmativamente y ella fue a la cocina,
regresando al cabo de pocos minutos.
—Ya se está
calentando. ¿Usted representa al dueño del Rayo Azul?
—Perdone, pero mi
cliente no desea que se sepa quién es —contesté—. Lo que queremos saber es si
el servicio fue satisfactorio. Es decir, antes de pagar, quisiéramos
asegurarnos de que todo marchó bien.
—Sí, el funeral estuvo
muy bien. Ya lo vi a usted allí.
Asentí.
—Mi empleador no pudo
ir y me mandó a mí.
—Gracias, muchas
gracias.
—Además me ha
encargado decirle que ha tenido mucho gusto en prestarle esa ayuda.
—Déle las gracias de
mi parte. Ha sido muy bondadoso.
—No sé cómo decirle
cuánto siento lo que pasó a Jimmy, señora. Oí hablar mucho de él. Debe haber
sido un buen muchacho.
—Buen muchacho, sí. A
veces se portaba mal, pero... murió siendo bueno. Por lo cual doy gracias a
Dios.
—Asistía a la Escuela
South Side, ¿no?
—Por un año. Luego...
Hablé en seguida para
ahorrarle el mal momento.
—Conozco a un muchacho
que va a esa escuela; debe haber estado en las mismas clases. Se llama Obie
Westphal. ¿No sabe si su Jimmy lo conocía?
—Nunca me dijo el
nombre. No lo sé. Conozco a todos sus amigos, de modo que quizás él fuera uno
de ellos.
—¿Quién era el mejor
amigo de Jimmy?
—Pete Brenner. Siempre
estaba con él.
—¿Todavía va a South
Side?
—No; dejó hace dos
años para ir a trabajar en el mercado de la otra cuadra. Espere, ya le traigo
el café.
Aguardé, ocupando el tiempo
en buscar con la vista alguna foto que pudiera ser de Jimmy. No vi ninguna, y
cuando volvió la viuda con el café, me puse a hablarle de su hijo hasta que al
fin pareció muy natural que le preguntara si tenía alguna foto del muchacho.
—Sí, tengo una buena.
El año pasado vino un hombre a vender cupones por sólo un dólar. Eran órdenes
para sacarse fotografías. Después me costó seis dólares más. ¿Quiere verla,
señor Johnson?
Asentí y se fue al
dormitorio para volver un momento después con un retrato de 13 centímetros por
18, pegado sobre un cartón.
Jimmy había sido un
muchacho bien parecido. La expresión de su rostro denotaba debilidad, pero no
malos sentimientos. Sus ojos profundos eran soñadores y a la vez algo rebeldes.
Al contemplarlos no me pareció extraño que hubiera sido carterista y escritor
en ciernes, soñador y ladrón.
Hice los comentarios
apropiados, agregando que a mi empleador le gustaría tener una copia de la
foto, pues no había conocido a Jimmy y le interesaría verla. Le pregunté si no
la podía prestar para tomar una copia.
Tuve suerte, pues la
buena mujer tenía seis copias extras y estaba dispuesta a darme una para el
hombre que pagara el funeral. Me dijo que me llevara la que tenía.
Luego que la hube guardado
en el bolsillo, dirigí hábilmente la conversación y conseguí que me dijera que
Jimmy solía ir a Whitewater Beach con gran frecuencia. Según sabía ella, el
último sábado había ido solo.
Me despedí entonces
para volver al centro. Ahora que tenía una foto de Jimmy, necesitaba una de
Obie, y ésta podía obtenerla en el archivo del "Herald".
El archivo está en el
primer piso y la redacción en el segundo. Si subía por la escaleta posterior
era probable que no viera a nadie más que al viejo Hackenschmidt, encargado de
los archivos. El viejo no debía estar enterado de que yo me hallaba en
vacaciones. Así era, y me dio la foto sin hacerme preguntas. Al salir no vi a
nadie a quien tuviera que explicar qué hacía por allí.
Me fui de nuevo hacia
el sur y dejé el coche en la playa de estacionamiento de Whitewater Beach. Ya
era casi mediodía; seguramente estarían abiertas casi todas las concesiones.
Eché a andar con
lentitud por el camino central, deteniéndome en los quioscos en que no había
mucha clientela. A cada uno de los concesionarios le mostré las dos
fotografías, preguntándoles si recordaban haber visto a los muchachos, juntos o
por separado. Cuando me respondían afirmativamente, rogaba que me dijeran la
fecha.
Mas no obtuve ninguna
respuesta afirmativa respecto a que hubieran estado juntos. Muchos recordaban
haber visto a Jimmy, cosa que no era extraña, ya que iba al parque con gran
frecuencia. A Obie creían recordarlo algunos, y sólo lo reconoció perfectamente
el concesionario de uno de los juegos de azar, mas no por haberlo visto en el
parque, sino porque era aficionado al fútbol y le veía jugar con frecuencia.
Al hacer la segunda
recorrida por el camino central, visitando las concesiones que pasaba por alto,
me detuve en el Rayo Azul porque vi a mi corpulento amigo del sombrero de paja
que recién se presentaba. Aún no estaba trabajando, pero le vi ocupado haciendo
cuentas en la casilla de entradas.
—Hola —le dije,
golpeando el vidrio—. ¿Reconoce a alguno de estos muchachos?
Miró las fotos que le
mostraba y luego negó con la cabeza.
—A uño de ellos lo vio
—le aseguré.
Por un momento se
mostró muy intrigado.
—¿Quiere decir que uno
de ellos es el que... ?
—Creí que usted fue el
primero en correr al lugar del accidente. ¿No le vio entonces?
—¿Sí le vi? ¡Rayos! Lo
vi tendido boca abajo sobre los rieles. Y no lo volví para mirarle la cara.
¿Por qué iba a hacerlo? —De nuevo miró las fotos—. Pero si es uno de éstos,
tiene que ser el de pelo negro, no el rubio. Oiga, ¿todavía sigue con el
accidente? Creí que iba a escribir un artículo sobre estos trenes.
—Eso hago, pero hay un
detalle del accidente que todavía estoy investigando. Probablemente no tenga
ninguna importancia.
—¿De veras que es
reportero? ¿O es polizonte?
—Reportero —repuse
sonriendo.
Me despedí entonces para
alejarme por el camino central. En el mostrador del restaurante había algunos
clientes, pero me di cuenta de que tenía hambre y me detuve para pedir un
sandwich. Cuando el encargado me lo sirvió, ya tenía las dos fotos sobre el
mostrador.
—¿Reconoce a alguno de
estos muchachos? —le pregunté.
Se agachó para mirar
los retratos.
—¡Hum! Al de pelo
negro lo he visto por aquí.... y al rubio también, aunque no tan a menudo.
—¿Alguna vez los vio
juntos?
—No lo creo.
—¿Recuerda cuándo fue la
última vez que vio al rubio?
—¡No, hombre! Veo
miles de personas por día. ¿Cómo iba a recordar...? Espere un momento.
Sacó dos sandwiches
que ss calentaban en la plancha, los sirvió a sus clientes y regresó a
mi lado.
—Mire, eso podría recordarlo
—expresó—. ¿Pero por qué he de hacerlo? Podría meter en líos al muchacho. ¿Es
usted un polizonte?
—Soy abogado..., y
usted podría salvar al muchacho de un aprieto, pues necesita coartada para
cierto momento. Dice que estuvo aquí en el parque y ando buscando a alguien que
pueda probarlo.
—¿Cuál es el momento
que debe justificar?
—No valdría nada su
declaración si yo se lo dijera, ¿no?
—Fue el sábado por la
mañana, temprano.
—¿A qué hora? ¿Antes
de las diez?
—¡Que me maten si lo
sé! Llegué alrededor de las nueve o quizá más tarde, pero estuve ocupado un
rato, arreglando mis cosas. El fue mi primer cliente del día. Puede que haya
venido antes de las diez.
—¿Cómo está seguro de
que fue el último sábado?
—Porque fue el día en
que se mató ese muchacho en el Rayo Azul. ¡Qué diablos! Oí el ruido de la
madera al romperse y el del coche al salir de los rieles. En seguida corrí a
ver qué pasaba.
—¿Fue antes o después que viniera aquí el muchacho
rubio?
—Unos minutos después.
—¿Pero ya no estaba
comiendo?
—No. Estoy seguro
porque me fijé si había clientes o si llegaba alguno. Después saqué la plata
del cajón y corrí a ver qué había pasado.
—¿Vio allí al muchacho
rubio?
—No recuerdo. Había
seis o siete personas cuando llegué, pero no recuerdo haberlo visto a él.
—¿Está seguro de que
se encontraba solo mientras estuvo aquí?
—Seguro. Pidió una
gaseosa y la tomó allí parado. La botella estaba sobre el mostrador.
—¿Lo vio irse? ¿Vio
hacia dónde fue?
—No; estaba preparando
mis mercaderías. No me quedé a verle tomar la gaseosa ni a verle retirarse.
Todo lo que sé es que ya no estaba aquí cuando oí el ruido.
Como estaba seguro de
no poder averiguar nada más, le seguí la comedia de que necesitaba a un testigo
y le tomé el nombre y la dirección. Terminado mi sandwich, me alejé de allí y
fui en busca de mi coche.
A pesar de haber hecho
las cosas sin esperanzas, algo había conseguido. No era mucho, pero algo era.
Obie había estado muy cerca de la escena del accidente en momentos en que
ocurrió el mismo. Si pudiera hallar a alguien que le hubiera visto en compañía
de Jimmy poco antes del accidente...
¿Accidente?,
me
pregunté.
Tampoco era un
asesinato. Los asesinatos se cometen por ciertos motivos, y Obie no tenía
ninguno para matar a Jimmy Chojnacki. Era seguro que no sabía que su billetera
estaba en el bolsillo de Jimmy.
¿Pero acaso un tigre
necesita motivos? Claro que a menudo tiene el del hambre, pero casi siempre ni
siquiera existe ese justificativo. Un tigre feroz mata por el solo gusto de ver
sangre.
3
Tenía una cita con un
tigre.
No es que quisiera
hablar con él, pero deseaba verle. Y estaba seguro de que le vería en la
estación ferroviaria a las dos de la tarde. La señora Westphal habíame dicho
que volvería de Springfield "a las doce", y había un tren que llega
de aquella ciudad a esa hora.
Eran las doce y media;
no tenía deseos de almorzar todavía, pues el sandwich habíame quitado el
apetito. Por otra parte, era demasiado temprano para ir a la estación.
Ya que andaba por los
alrededores, bien podría ir a ver a Pete Brenner, el amigo de Jimmy que me
nombrara la señora Chojnacki, diciendo que trabajaba en un mercado de la calle
Radnick.
Fui hasta aquella
calle y avancé por ella con lentitud, descubriendo el mercado cerca de Paducah,
a una cuadra y media de la casa de los Chojnacki. Encontré un punto donde
ubicar el coche y entré en el local.
Había mucha clientela
y vi en seguida que ninguno de los dependientes podía ser el muchacho que
buscaba. Fui hacia una puerta abierta en la parte posterior del local para
mirar por ella. En la trastienda vi a un muchacho de unos diecisiete años que
colocaba zanahorias en un cajón. El color de su pelo armonizaba con el de las
hortalizas. Me adelanté hacia él.
—¿Es usted Pete
Brenner? —le pregunté.
Se volvió para mirarme
con recelo.
—Sí —repuso al fin.
Comprendí que no iba a
tragarse con facilidad los cuentos que había estado endilgando a la gente en
los últimos días. No respondería a mis preguntas si no veía una razón para
hacerlo.
Sólo podía darle una razón,
y la saqué de mi bolsillo.
—¿Quiere ganarse cinco
dólares contestándome algunas preguntas?
—¿Quién es usted?
Le sonreí.
—Si soy yo el que las
contesta, tendrá que darme los cinco.
—¿Cuáles son las
preguntas?
—Se
trata de Jimmy Chojnacki, y como está muerto no le perjudicará al contestarme.
Miró por sobre mi
hombro para consultar el reloj que habla en la pared.
—Dentro de cuatro
minutos salgo a almorzar. Espere afuera. Al patrón no le gusta que charle
mientras trabajo.
—Bien, Pete.
Volví a salir del local
y lo aguardé junto a la puerta.
El muchacho salió al
cabo de pocos minutos.
—Sólo dispongo de
media hora —me dijo—. ¿Podemos hablar mientras como?
—Si es cerca de aquí.
—Allí en frente.
Se me ocurrió que yo también
podía comer algo. Ua sandwich más y podría acostarme hasta la hora de la cena.
—Muy bien —le dije.
Nos sentamos junto al
mostrador, en el extremo más apartado de la puerta. Saqué el billete de cinco
dólares y lo puse entre nosotros no bien el encargado hubo tomado nuestro
pedido. Pete Brenner lo miró sin preocuparse por tomarlo.
—Mire, a mí no me
compra con cinco dólares —manifestó—. Además, quiero saber quién es usted y de
qué se trata. Si estoy conforme responderé a sus preguntas..., si me parece.
En efecto, no creería
ninguno de mis cuentos.
Puse mi carnet de
periodista sobre el mostrador.
—Soy reportero. Allí
tiene mi nombre y el de mi diario. Creo que he visto algo interesante en el
accidente de Jimmy. Quizá esté equivocado, pero si no lo estoy me servirá para
una buena crónica... Además, no hará daño a Jimmy. Si publico la crónica, no
mencionaré su nombre, de modo que no tiene nada que temer.
—¿De qué se trata?
—Eso es cosa mía.
Sería un tonto si se lo dijera, pues podría buscarse a un reportero del otro
diario y venderle el dato.
—Veamos si me gustan
sus preguntas.
—¿Usted era el mejor
amigo de Jimmy?
—Creo que sí.
—¿Cuándo fue la última
vez que lo vio?
—La noche antes de que
se matara, alrededor de las doce. Anduvimos paseando un rato y jugamos un poco
al billar. Se iba a su casa cuando nos despedimos.
—¿Le dijo algo
respecto a lo que haría al día siguiente?
—Sí, dijo que era
probable que fuera al parque de diversiones.
—¿Solo?
—Supongo que sí. Yo
solía acompañarle a veces, pero desde que trabajo en el mercado, no puedo salir
los sábados. Es el día de más movimiento.
—¿Está seguro de que
no iba a, encontrarse con nadie?
—No. Pero si pensaba
hacerlo, no me lo dijo.
El encargado nos llevó
los sandwiches.
—¿ Cuál de ustedes lo
quería con patatas fritas ?
—El mío lo pedí solo
—le dije.
El hombre tomó el
billete de sobre el mostrador.
—¿Los cobro de aquí?
—Por supuesto.
Me llevó el cambio y
se fue. Yo volví a poner otro billete de cinco sobre el mostrador.
Pete lo miró.
—¿Es eso todo lo que quería
saber?
Asentí y él se guardó
el billete en el bolsillo.
—No compró gran cosa
con estos cinco —dijo.
—Así parece —repuse.
La verdad era que no
había esperado mucho. Además, aun no le había formulado la última pregunta;
esperé deliberadamente hasta que se hubiera guardado el dinero a fin de hacerla
en tono casual y sin que se sintiera obligado a responder.
Esperé un poco más,
hasta que estábamos por terminar y luego inquirí:
—¿Conoce a un tal Obie
Westphal?
—Sí. Es decir, lo
conozco de vista, pues asistió a las mismas clases que yo.
—¿Sabe si Jimmy le
conocía?
—Más o menos como yo.
—¿Nunca le habló de
él?
—No, a menos que
conversáramos de fútbol. El otoño pasado fuimos los dos a unos partidos del
South Side y a veces los comentábamos. Pero Jimmy no tenía tratos con Obie.
Terminó de comer sus
patatas y me miró luego con fijeza.
—¿Qué tiene que ver
Obie con esto?
—Nada —le contesté—.
Yo también fui a South Side y a veces voy a presenciar los partidos. Quería
recordar si Obie jugaría la temporada próxima o si ya se habría graduado.
—¡Ah! Todavía le falta
un año. Empezó el mismo año que nosotros —su mirada volvió a tornarse
recelosa—. ¿Cómo sabe que nosotros fuimos a South Side? Yo no dije nada hasta
que me preguntó usted por Obie.
—No es usted la
primera persona con quien hablo. ¿Cómo cree que sé que era amigo de Jimmy?
—¿Cómo lo supo?
—Le costará cinco
dólares la respuesta.
Rompió a reír.
—Está bien, usted
ganó. Gracias por los cinco y el almuerzo.
Me despedí de él
frente al restaurante y volví a mi coche. Tuve que apresurar la marcha para
llegar a la estación a las dos de la tarde.
4
Llegué a tiempo, y no
necesitaba haberme apresurado, pues el tren llegó con cierto retraso. Lo conocí
no bien descendió. Parecía algo mayor que en la foto, y mucho más corpulento de
lo que figurara. Era bastante más grande que yo; medía por lo menos un metro
ochenta y pesaría unos ochenta kilos. Era un joven gigante de anchos hombros y
poderosa musculatura. De pelo rubio bien corto, resultaba extraordinariamente
atractivo.
Llevaba una maleta
liviana... Por lo menos parecía liviana por su manera de llevarla, aunque no
dudé que la habría portado con la misma facilidad aunque hubiese estado llena de
ladrillos. La dejó junto a la puerta y se puso a mirar a su alrededor. Sonrió
luego al tiempo que gritaba un saludo y, tomando de nuevo la maleta,
encaminábase hacia otros dos muchachones de su misma edad. Ambos vestían
tricotas a rayas y uno de ellos tenía en las manos el estuche de un clarinete.
Estuvieron charlando
un momento y se fueron luego hacia el mostrador de las gaseosas. Obie pagó el
gasto, bebiendo dos de ellas con gran rapidez. Después marcharon los tres hacia
el tocador de hombres.
Me ubiqué en un punto
desde el que podía observar la puerta sin llamar la atención. La estuve mirando
durante un período que me pareció demasiado prolongado, y al consultar mi reloj
me hice cargo de que habían pasado más de quince minutos. Recordé entonces que
el tocador de la estación tenía una puerta que daba a la cigarrería con salida
a la calle.
Entré en seguida,
comprobando que ya no estaban allí. Salí a la cigarrería y vi al propietario
que holgazaneaba detrás del mostrador. Luego de comprarle un cigarro le pregunté:
—¿Pasaron por aquí
tres muchachones que salieron de la estación? Uno de ellos era rubio y alto.
—Sí —me dijo—.
Subieron en ese auto que estuvo parado enfrente. Me hizo mucha gracia.
—¿Por qué?
—Es un Chevrolet
viejísimo, al que han puesto una cabeza de lobo sobre el radiador y en un
costado le pintaron: "No se ría; su hija puede viajar aquí."
—¿Lo guiaba el rubio?
—No, el del clarinete.
—Muchas gracias; tome
un cigarro.
Le devolví el cigarro
que acababa de comprarle y salí de allí, dejándole boquiabierto.
Marché hacia mi coche,
sentándome en él para meditar. Allí me quedé hasta darme cuenta del calor que
hacía y de que lo mismo podría pensar mientras andaba. Puse en marcha el
vehículo y al cabo de un rato me detuve frente a la escuela South Side para
contemplar sus edificios y la alta torre de la que había caído un muchacho
llamado Wilbur Greenough el mismo año que entrara Obie en la escuela.
¿Tendría aquello algún
significado?
De pronto me di cuenta
de que me hallaba a la vista de las ventanas de la dirección, desde donde podía
verme Nina.
Puse en marcha el
motor y me alejé de allí hacia la casa de los Westphal, estacionando el Buick
donde lo hiciera la primera vez, a la sombra de un roble muy alto y frondoso.
En el jardín trabajaba un hombre de overall que hacía funcionar una máquina de
cortar césped y deteníase de tanto en tanto para enjugarse la frente. Mientras
lo miraba me puse a pensar en el problema.
Decidí empezar por
Jimmy Chojnacki. ¿Por qué estaba seguro de que la muerte de Jimmy no era un
accidente ?
Por muchas cosas; la
primera, el ruido de la rueda dentada que subía el coche por la primera cuesta
de su armazón. Es un ruido muy fuerte y no se lo puede confundir con otro.
Desde el pie del tobogán hubiera sido imposible no oírlo e ignorar que uno de
los coches se aproximaba. Sólo un presunto suicida hubiera elegido aquel
momento para cruzar las vías.
Pues bien, la gente
suele suicidarse. ¿Por qué no pudo haberlo hecho Jimmy? Por la sencilla razón
de que nadie se suicida cuando está haciendo otra cosa. Supongo que un
carterista puede decidir matarse, lo mismo que cualquier otra persona; mas no
lo haría en mitad de su delito y con una cartera recién robada en su bolsillo.
Sé muy bien que la primera preocupación de un carterista es deshacerse inmediatamente
de la prueba del delito. Si Jimmy estaba solo en las cercanías de los rieles,
le habría sido muy fácil desprenderse de la evidencia; no se hubiera matado con
ella en el bolsillo. Si no por otra razón, habría pensado en su madre.
Por otra parte, creo
que el suicidio no se decide sin premeditación. Es una idea que requiere cierta
preparación y exige el reunir bastante coraje para llegar a cometer el acto
irrevocable. Y mientras el hombre —o el adolescente— reúne coraje para ponerlo
a la altura de su desesperación, es seguro que no hace un paréntesis para robar
una cartera cuando va ya en camino hacia la muerte.
Sí, tenía que
descartar por completo el suicidio. Era menos probable aún que el accidente.
Me pregunté luego por
qué había pagado el padre de Obie los gastos del funeral. Esto era de por sí
muy significativo. De nuevo se me presentó a la mente la escena que imaginara
ya una vez: los dos muchachos parados cerca de la pista con sus rieles; uno de
ellos mirando hacia atrás para comprobar que nadie le veía. El rugir del coche
al descender; una mano que empuja a Jimrny en el momento de pasar el coche con
la velocidad de un bólido...
El culpable huye
luego, saltando la cerca que se halla a pocos metros. Pudo haber desaparecido
aún antes de que se apagaran los sones del descarrilamiento. Una vez alejado,
creyó que nadie le relacionaría con su víctima..., pero luego descubrió la
pérdida de su cartera y tal vez adivinó quién la tenía. Tuvo entonces que
volver para preguntar en el departamento de objetos perdidos, enterándose allí
que la billetera motivó el error de identificación y la llamada a sus padres.
¿Presintió Obie que su
padre adivinaría la verdad?
Pasó un automóvil al
lado del mío para ir a detenerse frente a la casa de los Westphal. Al mirarlo
noté que no tenía guardabarros ni capota. Sobre el radiador exhibía una vieja
cabeza de lobo embalsamada y había en el costado una leyenda que no alcancé a
ver bien, pero el cigarrero habíame dicho ya lo que decía.
Los pasajeros eran
siete, cuatro muchachos y tres jovencitas. El del clarinete, Obie y una de las
jóvenes ocupaban el asiento delantero: los otros cuatro se hallaban en el de
atrás. Obie se apeó, saludando a todos, y encaminóse hacia la casa. Todavía
llevaba su maleta. El coche partió de inmediato a toda velocidad.
Recordé las novelas de
detectives que solía leer y consulté mi reloj. Eran exactamente las cuatro y
veinticinco minutos..., aunque no supe qué importancia podía tener el detalle
para mí.
Volví a dedicarme a mis
meditaciones. Había pensado en los cuatro accidentes fatales de la Escuela
South Side no bien se me ocurrió que había algo raro en la muerte de Jimmy
Chojnacki. Quizá me hizo pensar en ellos el hecho de que ambos jóvenes hubieran
concurrido a dicha casa de estudios. Tuve que admitir que ahora no me parecía
muy conclusiva la evidencia. Uno de ellos quedaba definitivamente eliminado;
Obie no podía haber matado a la chica que se ahogara durante la clase de
natación para niñas. Y la muerte de la maestra parecía igualmente improbable,
ya que no se ajustaba a las características de las otras. Mas había algo que
deseaba saber: ¿Sería Obie miembro del club dramático de la escuela?
¿Pertenecía al grupo que la señorita Bonner acompañó a la salida aquella noche
en que se reunieron? De ser así, se habría enterado de que ella iba a quedarse
sola. En tal caso, no podría descartar la posibilidad que ofrecía la muerte de
Constance Bonner. Cuando estuviera con Nina le preguntaría si el muchacho
pertenecía al grupo de actores aficionados.
Unos minutos después
de las cinco llegó el señor Westphal en su Chrysler, el que dejó en el garaje.
A las seis se me
ocurrió que Obie se quedaría en su casa por lo menos hasta después de cenar. Así,
pues, decidí escapar para tomar un bocado y volver lo antes posible. Fui a un
restaurante, comí a toda prisa y regresé antes de las seis y media. A las siete
lo vi salir unos minutos, al parecer para tomar aire. Ni siquiera miró hacia
donde estaba mi coche; las sombras se concentraron en ese lugar y dudo que me
hubiera visto en el interior del vehículo.
Después volvió a
entrar y me dije que estaba perdiendo mi tiempo. Probablemente no iría a
ninguna parte aquella primera noche de su regreso. Y si lo hiciera, y le
seguía, lo más probable era que fuese a un cine o a casa de un amigo.
Y bien, ¿acaso
esperaba aue fuera a cazar?
5
A las nueve salió a
cazar.
Estuvo un momento
parado en el pórtico. Creí que habría salido de nuevo a tomar aire y a punto
estuve de renunciar a mi vigilancia y retirarme.
Pero descendió los
escalones y salió a la acera, tomando hacia el oeste a paso largo, aunque no
muy apresurado. Un segundo más tarde pasaba frente a mi apostadero, mas no miró
hacia mi coche. Esperé hasta que hubo avanzado una cuadra y me lancé en su
seguimiento, manteniéndome a distancia y marchando por mi acera. Las calles
estaban casi desiertas, razón por la cual no quise acercármele más. Debido a
los árboles, no le veía a menudo, aunque pude comprobar que no se me perdía de
vista.
No íbamos hacia los
barrios mejor iluminados, sino hacia las amplias playas de maniobras del
ferrocarril.
A poco dobló una
esquina. Al llegar vi que estábamos en una calle sin árboles que me sirvieran
de protección; mas decidí correr el riesgo y acorté la distancia qué nos
separaba. Me hallaba a media cuadra del muchacho cuando cruzó los primeros
rieles.
Un momento más tarde,
cuando se introdujo entre los vagones, lo perdí de vista por completo. La playa
es muy amplia, con docenas de vías y una longitud de casi dos kilómetros.
Anduve vagando por
ella durante casi media hora, renunciando al fin a mis propósitos. Ni siquiera
vi los vagabundos que solían andar por allí; lo más probable es que estuvieran
durmiendo en los vagones vacíos.
Regresé a mi coche
para esperarlo con comodidad. Poco después de las diez y media le vi regresar.
Entró en la casa y unos minutos más tardé se encendió una luz en el piso alto,
mostrándose su silueta en el hueco de la ventana; era evidente que estaba por
acostarse.
Me dirigí entonces al
bar más próximo para tomar una cerveza. Mientras el camarero me servía la
segunda entré en la cabina telefónica, disqué un número y obtuve respuesta.
—Sam, Nina. ¿Puedo ir?
—Pues..., creí que no
vendrías, Sam. Estoy acostada.
—Está bien —repuse—.
Entonces iré a verte mañana temprano.
1
Jueves
Llegue a casa de Nina
a tiempo para tomar el desayuno juntos.
—Sam —dijo al
sentarnos—, si no te molesta la pregunta, ¿podrías decirme qué hiciste anoche?
Ya sé que no es cosa mía, pero...
En efecto, no era cosa
que le incumbiera, mas no podía decírselo así.
—Estuve trabajando
—manifesté.
—¿Pero no estás de
vacaciones?
—Sí. Estoy
investigando algo que quiero escribir por mi cuenta. No creó que te interese.
—¿Cómo sabes que no me
interesa? Claro que si quieres ser misterioso...
—En absoluto; lo que
pasa es que no quería aburrirte. Todavía estoy trabajando en ese artículo
acerca de los edificios con tendencia especial a los accidentes. Ayer por la
noche estuve en el Journal, buscando datos en el archivo. Por la tarde
había hecho lo mismo en la jefatura.
—¿El Journal? ¿Por
qué no en tu diario?
—Porque el mío es un
diario vespertino y el Journal sale de mañana, de modo que por la noche
siempre hay gente, mientras que en el mío el archivo está cerrado a esas horas.
Ella asintió en
silencio y ya satisfecha con mi explicación. Cuando terminamos y me despedí, me
dijo:
—Sam..., creo que esta
noche sería mejor que no vinieras ni me llamaras.
—¿Por qué no?
—La razón principal es
que necesito descanso. Quiero acostarme a las nueve y dormir. No olvides que
trabajo.
—Bien, querida; no te
molestaré.
Le di un beso y salí
del departamento
Volví a la jefatura
con la intención de examinar todos los sumarios de accidentes que me fuera
posible. Pero primeramente quería eliminar una posibilidad. Antes de entrar en
el archivo, me detuve junto al escritorio del secretario con quien hablara el
día anterior.
—Oí decir que anoche
hubo un accidente en la playa del ferrocarril. ¿Ya tiene el informe?
—No; anoche no hubo
ninguno.
—¿Seguro que ya
tendría el informe?
—Por supuesto. Habría
estado sobre mi escritorio a primera hora. Anoche ocurrieron cuatro accidentes,
uno de ellos fatal, pero fueron accidentes automovilísticos.
—Creí que no los manejaban
en este departamento.
—Así es. El de
tránsito se ocupa de ellos, pero nos pasa una copia del informe preliminar
porque al jefe le gusta echar un vistazo por si tienen alguna relación con
asaltos u otra investigación que estemos llevando a cabo.
—¡Ah! Bien, me
gustaría leer algo sobre los accidentes que hayan ocurrido en la playa de
maniobras. ¿Los tienen por orden o tendré que buscarlos con los demás ?
—Si son accidentes en
vehículos que transitan, lo que incluye locomotoras o vagones de carga, los
encontrará en la Sección Tránsito. Es un detalle técnico de poca importancia,
pero tenemos aue dividir los accidentes de tránsito y los que no lo son. Ésa es
la línea divisoria.
—¿Quiere decir que si
un vagabundo se cae de un vagón detenido no es un accidente de tránsito, pero
si cae de uno que se mueve, aunque sólo sea por la playa, se lo considera de
tránsito?
—Parece tonto, pero
así es. Claro que la mayoría de los accidentes ferroviarios suceden fuera de la
playa y son realmente de tránsito.
—Gracias —le dije—.
Antes de empezar aquí iré a la sección Tránsito a ver si tienen un archivo
separado para los que ocurren en la playa de maniobras.
—Bien. Si hay algún
inconveniente, dígales que me telefoneen. Me llamó Springer.
No hubo el menor inconveniente.
Descubrí que los accidentes ferroviarios estaban archivados aparte y no eran
muchos, de modo que me fue fácil seleccionar los que sucedieron en la playa de
maniobras. En cinco años habían acaecido doce solamente.
Siete de los doce los
eliminé en seguida por haber habido testigos o ser de un tipo tal que no podían
haber sido provocados deliberadamente. Pero había otros cuatro, todos ellos en
los últimos dos años. Me dije que bien podían ser lo que yo buscaba.
Un vagabundo había
caído entre los vagones de un tren en marcha que salía de la playa e iba
tomando velocidad. Otro había fallecido de la misma manera, sólo que cayó entre
dos cortes de vagones que se desviaban de la línea principal. En ambos casos se
hallaron los cadáveres una o dos horas después, y fue posible constatar lo
sucedido por los movimientos de los trenes y la sangre en las ruedas.
Se hallaron los restos
de un guardafrenos después que había pasado por sobre él toda una hilera de
vagones con su locomotora. El hombre acababa de dejar el servicio y marchaba
hacia la oficina para marcar el reloj. Al parecer, trató de cruzar los rieles
frente al tren y fue arrollado. Pero el convoy no marchaba a gran velocidad; el
hombre debió haber tropezado y caído frente a los vagones... O tal vez lo
empujaron.
El cuarto accidente
correspondía a otro vagabundo. Esta vez había un testigo: el maquinista que
guiaba la locomotora. Estaba asomado a su ventanilla cuando la máquina llegó
junto a un corte de vagones vacíos detenidos en la vía contigua. En ese momento
vio al vagabundo que corría o saltaba desde detrás de los vagones y se ponía al
paso de la locomotora. Era casi como si lo hubiera hecho con toda deliberación.
¿O era que alguien
parado detrás del individuo le dio un súbito empujón?
Los cuatro accidentes
habían sucedido después de oscurecer, uno a las ocho de la noche, y el más
tardío a las dos de la madrugada.
¿En qué otro sitio
habría cazado Obie?
3
Volví al archivo de
los accidentes comunes.
En orden cronológico
me puse a examinar todos los sumarios. Una mirada rápida a cada uno me bastaba.
Si no había testigos me fijaba cómo había sucedido el accidente, y si los
había, buscaba entre ellos un solo nombre. No lo encontré.
A mediodía había
examinado ya centenares de carpetas desde el presente hasta tres años atrás. Al
cabo de un largo rato dejé de fijarme en los detalles si no se agregaban los
nombres de los testigos. Eran muchos los que sucedieron a personas que se
hallaban solas y que bien podían ser motivados por un súbito empellón de alguien
que huyó de la escena inmediatamente. No iba a enloquecer —si es que no lo
estaba ya— y empezar a sospechar de Obie con respecto a todas las muertes
accidentales que podrían haber sido asesinatos. No era posible que él los
hubiera matado a todos.
El secretario de
Steiner no estaba sentado a su escritorio cuando salí a almorzar, pero lo vi
allí al volver.
—¿Ha encontrado casos
interesantes para su artículo? —me preguntó.
—Unos pocos; pero me
está resultando difícil. Casi todos los accidentes son similares. Tendré que
examinar muchos años más de los que creía para poder hallar los raros.
—Aja. Oiga, un tío mío
murió en un accidente realmente raro. Quizá pueda usted aprovecharlo. Se cayó y
se mató porque tenía termes en su pata de palo.
—Se está burlando.
—No. Después que le
amputaron la pierna usó una pata de palo durante varios años; después se hizo
hacer una de aluminio y guardó la otra en un depósito de leña. Un par de años
más tarde tuvo un inconveniente con la de aluminio y fue a ponerse la vieja
hasta que le arreglaran la nueva. Se la puso y se le rompió media hora más
tarde, cuando estaba en lo alto de una escalera. Los termes le habían carcomido
casi todo el interior del armazón.
—Ese sí tendré que
usarlo.
—Constátelo para
asegurarse de que no me equivoco en los detalles. Lo hallará en el cajón de...
Espere, fue hace doce o trece años. En mil novecientos cuarenta o cuarenta y
uno. Se llamaba Andrew Wilson; búsquelo en la lista alfabética de esos dos
años.
—Eso haré. Muchas
gracias.
Volví a los archivos y
allí estuve un par de horas más sin tener el menor éxito. Hasta el momento
había malgastado el día, salvo en lo que respecta a los cuatro accidentes
ocurridos en dos años en la playa ferroviaria. A la luz de lo que sabía o
sospechaba, todos ellos me parecían muy sospechosos. Claro que no les habría
prestado mayor atención de no haber sido porque Obie fue allí la noche que le
seguí.
Empero, no era nada
realmente importante. No había prueba ninguna de que Obie tuviera relación con
otra muerte accidental que no fuera la de Jimmy Chojnacki, y en este caso
particular la única prueba que había era el hecho de que la víctima tuviera en
su bolsillo la billetera del otro muchacho.
Me dispuse a alejarme
de los archivos y de pronto me volví. Me convendría echar un vistazo al sumario
sobre la muerte del tío del secretario; éste podría preguntarme algo al
respecto cuando me viera salir.
Abrí el cajón
correspondiente a 1939 y saqué la lista alfabética. Había en ellos media docena
de apellidos que empezaban con W, pero no vi ningún Wilson. Abrí el otro cajón
y allí lo hallé, Andrew Wilson y la fecha. Al leer el informe me hice cargo de
que el secretario no se había burlado de mí, y me dije que si realmente hubiera
querido escribir el artículo, lo ocurrido a Wilson me hubiera servido muy bien
para iniciarlo.
Cerré el cajón y de
nuevo me dispuse a salir, llegando casi hasta la puerta. De pronto me detuve
como si me hubiera dado de bruces contra un muro invisible. ¿No era Westphal uno
de los nombres que viera en la lista de 1939?
¿Qué importancia
tendría si fuera? En 1939 Obie debía haber contado apenas cuatro años. Además,
en la lista figuraban los nombres de las víctimas, no de los testigos. Debía
ser una coincidencia; al fin y al cabo, el apellido Westphal no era nada raro.
Volví al arhivo y
examiné de nuevo la lista,
Westphal,
Elizabeth, Abril 16.
Me costó mucho trabajo
hallar la carpeta porque me puse nervioso y empezaron a temblarme los dedos. Al
fin la tuve en la mano, viendo que contenía sólo tres hojas de papel. La
primera era una copia de un certificado de defunción firmado por el doctor
Lawrence J. Wygand, a quien conocía.
Elizabeth
Westphal, 5 años de edad, hija de Armin Westphal y señora, Calle Rampart 314...
Cerré el cajón me
llevé la carpeta hacia la ventana y me senté sobre el alféizar. Me dije que
quizá tenía en las manos la clave del misterio. ¿Pero era posible? En 1939 Obie
no podía haber tenido más de cuatro años de edad.
Entonces tenía una hermana
mayor... que murió en un accidente.
Al fin me decidí abrir la carpeta.
El certificado de
defunción era una copia fotostática del original. Causa de la muerte: rotura de
la médula espinal entre la primera y la segunda vértebra lumbar. Otras indicaciones:
severas contusiones y laceramiento de la espalda, antebrazo izquierdo y
pantorilla derecha. Hora de la muerte: aproximadamente las 3 y 10 de la tarde.
Hora en que la examinó el médico: las 3 y 15.
Las dos páginas
siguientes consistían de un informe referente a la investigación efectuada por
el teniente John Carpenter.
La niña y su hermano
menor —llamado Henry en el informe— estaban jugando en el patio trasero de su
casa de la calle Kampart y ambos habían trepado a un árbol que crecía próximo a
la cerca. Nunca les habían ordenado que no lo treparan, pues no hubieran podido
hacerlo, ya que sus ramas más bajas estaban muy lejos de su alcance y el tronco
era demasiado grueso para que pudieran subir por él. Pero el señor Westphal
había estado podando el árbol y olvidó retirar la escalera apoyada contra el
mismo. Por ella pudieron subir los niños cuando ambos esposos estaban en el
interior de la casa.
El padre se hallaba en
el piso alto y en un momento dado se asomó por la ventana posterior para ver
qué hacían los niños, descubriendo que estaban en lo alto del árbol. Cuando se
disponía a abrir la ventana para gritarles que tuvieran cuidado y se quedaran
donde se hallaban hasta que fuera él a bajarlos, Elizabeth perdió el equilibrio
y cayó. Fue a dar de espaldas contra la cerca y de allí a la calleja que corría
por detrás del patio. Al caer lanzó un chillido de temor.
Westphal bajó a todo
correr. Su esposa estaba en el living-room, encerando el piso, y el sonido de
la máquina habíale impedido oír el grito de su hija. Su esposo le gritó que
telefoneara al doctor Wygand para que fuera en seguida. Luego salió corriendo a
la calleja, donde halló a Elizabeth sin sentido o, más probablemente, ya sin
vida. La trasladó al interior de la casa, acostándola en un sofá. Él y su
esposa trataban de hallar en la niña alguna señal de vida cuando llegó el
doctor y dijo que estaba muerta, agregando que, muy probablemente, había
fallecido de manera instantánea.
La cerca era de tablas
y tenía un metro y medio de altura; la rama de la que cayera se hallaba unos
seis metros del suelo.
Henry declaró que su
hermana trepó primero al árbol y que él la siguió. Estaba a horcajadas sobre la
rama, detrás de ella; la niña trató de sostenerse con las piernas y asir una
rama más alta, perdiendo entonces el equilibrio. El trató de agarrarla, mas no
consiguió hacerlo.
Descendió del árbol
por sus propios medios mientras su padre corría a buscar a Elizabeth. Westphal
no pudo corroborar la declaración de su hijo, en todos sus detalles, pues había
visto a los niños por entre el follaje. Empero —según afirmaba el autor del
informe— el niñito parecía muy inteligente y no había razón para dudar de su
versión.
Eso era todo.
Guardé la carpeta en
el cajón del archivo y salí de allí, alegrándome al ver que no estaba el
secretario. No tenía deseos de hablar con él.
Me trasladé al bar que
hay frente a la jefatura y pedí una cerveza. Quería pensar un poco a solas.
Algo había
descubierto, mas no alcanzaba a ver su importancia.
¿Es posible que un
niñito de cuatro años cometa un asesinato?
¿O era que Obie no
había empujado a su hermana, pero su padre creía que así era? De pronto se me
ocurrió una nueva posibilidad. ¿Y si el enfermo mental era Armin Westphal y no
Obie? ¿Y si el muchacho jamás mató a nadie, pero su padre tenía la idea de que
su hijo era un asesino? Tal idea habría nacido con la muerte de su hijita. ¿No
explicarla eso la razón de que pagara el funeral de Jimmy Chojnacki? Si
Westphal estaba desequilibrado...
4
Súbitamente quise enterarme
de todo lo posible respecto a Armin Westphal. El doctor Wygand podría decirme
algo. Me encaminé hacia la cabina telefónica del bar y le llamé.
—Sam Evans, doctor —le
dije—. ¿Va a estar en su casa dentro de media hora? ¿No podría atenderme un
rato?
Dejó escapar una
risita.
—Todo el rato que
quieras. Ven en seguida, Sam. Hace tres meses que me he retirado, y ya estoy
aburrido de no hacer nada.
—En seguida voy.
Terminé mi cerveza,
salí en busca del Buick y me dirigí a la calle Rampart. Por la guía telefónica
había comprobado que seguía viviendo en la misma casa de siempre. El viejo
doctor había sido muy buen amigo de mis padres, y yo siempre le tuve mucha
simpatía.
Le vi ataviado con
ropas muy viejas, ocupado en atender sus flores. Se quitó los guantes de lona
para darme la mano y dijo que se alegraba mucho de verme.
—No estás mal,
¿verdad, Sam? Es decir, espero que no hayas venido a consultarme como
profesional, ¿eh? Si es así, olvidaremos de que estoy retirado y...
—No, doctor; rne
siento muy bien. Sólo quería preguntarle algo sobre un caso que tuvo una vez.
Wygand exhaló un
suspiro.
—Casi esperaba que
estuvieras enfermo. Bueno, ¿quieres sentarte por allí?
Me indicó unos
sillones de lona que había bajo la sombra de un añoso roble y fuimos a
instalarnos en ellos.
—¿Todavía trabajas
para el Herald?
—Sí, pero esta semana
estoy de vacaciones. Lo que quiero preguntarle es algo que me interesa
personalmente. De ser lo que espero, podría resultar de ello una crónica
periodística, pero le prometo no citarle ni usar su nombre si así sucede.
—¡Hum! Pero no olvides
que los médicos no podemos revelar... Bueno, haz tus preguntas; ya veré si
puedo responder o no. ¿Qué caso era?
—El de una niña
llamada Elizabeth Westphal que cayó de un árbol en esta misma cuadra. Era vecina
suya.
—Sí, ya recuerdo. La
hija de Armin Westphal. Ocurrió hace lo menos diez años. ¿Qué quieres saber
respecto a ella?
—No me interesan los
detalles profesionales, sino los datos de la familia, lo que sepa usted
respecto a los padres y cosas por el estilo.
—Magnífico. Entonces
no tendré que cuidarme con lo que digo. Conocí a los Westphal cuando vivían
aquí, pero ninguno de ellos fueron pacientes míos, excepto aquella vez que se
mató la chica, y ella ya estaba muerta cuando llegué, de modo que hasta de eso
puedo hablar ya que no hay una cuestión de confidencia profesional.
—Muy bien, empecemos
con eso. Antes una pregunta. ¿Tuvo la impresión de que Armin Westphal pueda
haber creído que su hijo hizo caer intencionalmente a la niña?
Wygand se irguió en la
silla de lona para mirarme con gran fijeza. Meditó unos segundos antes de
contestar.
—No—dijo al fin—.
¡Dios mío! ¿Por qué iba a pensar tal cosa?
—Él presenció la caída
por entre las hojas y ramas; bien podría haber pensado que Henry empujó a su
hermana, aunque no pudo estar seguro de lo que vio.
El viejo volvió a
arrellanarse en la silla.
—Ahora que lo pienso,
podría ser posible. Armin reaccionó de una manera poco común. Pero yo lo atribuí
a otra cosa... y sigo teniendo la misma opinión de entonces. Creí que se
culpaba a sí mismo y empezaba a tener un complejo de culpabilidad.
—¿Por qué iba a
culparse a sí mismo?
—Por dos razones; la primera,
que es la menor, por haber dejado la escalera apoyada contra el árbol. De no
haberlo hecho, los niños no podrían haber subido. Eso es tonto, por supuesto;
pero la otra razón no lo es. Existe la posibilidad, no muy grande por cierto,
de que realmente matara a su hija al levantarla y llevarla a la casa. Eso no se
hace con una persona que acaba de golpearse la columna vertebral.
»Creo que perdí la
paciencia con él por su estupidez al moverla antes de que llegara yo. Pero
luego salí al patio a examinar el lugar del accidente, y vi cómo había ocurrido
y comprendí que era casi imposible que la niña estuviera viva cuando él llegó a
su lado.
—¿Por qué?
—Porque había caído de
espalda sobre el filo de la cerca y luego sufrió otra caída de un metro y medio
hasta el suelo. En la cerca se había fracturado la columna; eso se notaba
claramente. Por añadidura sufrió la segunda caída sobre un piso de asfalto.
Este impacto, agregado al daño ya recibido, tuvo por fuerza que terminar con su
vida.
—¿Se lo explicó usted
a Westphal?
—Ya para entonces me
había calmado y me esforcé lo indecible por tranquilizarlo en ese respecto. No
tenía por qué hacer sufrir más a un hombre que ya estaba en camino de
convertirse en neurótico. Le dije que no había la menor duda de que Elizabeth
estaba ya muerta cuando él la levantó.
—Dice que estaba en
camino de convertirse en neurótico. ¿A qué se refiere?
Wygand enarcó las
cejas.
—¿No sabías que era
alcohólico? Creí que le conocías.
—No sé mucho de él, e
ignoraba lo que acaba de decirme. Veamos, ¿por qué no empieza por el principio
y me cuenta todo lo que sepa?
—Convenido, pero tengo
mucha sed. Espera que traiga un poco de limonada fresca. ¿O prefieres cerveza?
También tengo.
Le dije que acababa de
tomar una cerveza y que prefería seguir con lo mismo.
Entró en la casa y
volvió a salir,con dos latas de cerveza fresca.
—Veamos —dijo cuando
se hubo sentado—, hace veinte años que vivo aquí. Armin construyó su casa del
tres catorce unos quince años después que compré yo ésta. Le conocí
cuando la estaban edificando.
—¿Ya era propietario
de la tienda?
—No; viajaba para una
fábrica de medias; le iba bien y ganaba bastante. Ya estaba proyectando
instalarse por su cuenta.
»A la familia no la
conocí hasta que se mudaron. Amy, que es su esposa, y los dos niños, que tenían
entonces tres y dos años. No llegaron a ser amigos íntimos, pero solíamos jugar
al bridge de tanto en tanto.
»Ya entonces Armin era
bastante bebedor; le faltaba poco para ser un alcohólico consuetudinario. Pero
fue después de la muerte de Elizabeth que adoptó una especie de sistema para
sus juergas. Armin es de esos bebedores periódicos. Pasa ocho o nueve meses sin
tocar una gota de alcohol; luego empieza una de sus borracheras y desaparece de
la casa por una semana o dos. Se niega a que lo curen, y no se interna en un
sanatorio como no sea para reponerse un poco después de sus borracheras peores.
—¿Está seguro de que
sigue igual?
—Sí. Su última
borrachera la tuvo hace cuatro o cinco meses. No le vi entonces, pero me enteré
por un amigo común.
—¿Qué sabe de la
señora Westphal?
—Amy es una buena
mujer; no sobresale por su inteligencia, pero es buena esposa y buena madre.
Quizá le sobren instintos
maternales; es de las que miman demasiado a sus hijos. Henry recibió una
dosis doble de cariño cuando quedó como hijo único, aunque creo que eso no le
arruinó el carácter, ya que dicen que es un gran deportista.
—¿Cuándo fue la última
vez que lo vio?
—Hace unos años;
entonces estaba en cuarto o quinto grado de la escuela primaria. La verdad es
que le vi muy pocas veces desde que se mudaron de esta calle.
—¿Cuándo fue eso? ¿Y
por qué?
—Debe haber sido en
mil novecientos cuarenta y tres. En cuanto a los motivos, opino que fueron
varios. No fue porque hubiera muerto allí la niña, pues no se habrían quedado cuatro
años más, aunque la verdad es que la casa ya no les gustó como antes. En mil
novecientos cuarenta y tres tuvimos el auge propio de la guerra y la falta de
viviendas; Armin vendió muy bien su casa y empleó las ganancias en iniciar su
tienda y construirse otra.
—Dígame una cosa,
doctor. ¿Después de la muerte de Elizabeth notó algún cambio en la actitud de
Westphal hacia su hijo?
Me miró con cierta
extrañeza.
—¿Volvemos a la idea de
que Armin puede haber pensado que Henry empujó deliberadamente a su hermana?
—Digamos que quiero
constatar si fue así o no.
—Muy bien, el caso es
que no habría notado ninguna diferencia, a menos que hubiera sido muy visible.
La verdad es que cuando nos veíamos era casi siempre aquí en casa, pues yo
tenía que estar cerca de mi teléfono para atender cualquier llamada de
urgencia. Como sólo venían a jugar a las cartas, los niños los dejaban en la
suya, de modo que lo veía poco con Henry.
»Pero ahora que lo pienso,
Armin no habló ya más del niño después de la tragedia. Es probable que cambiara
su actitud hacia él porque también cambió para con todos. Fue entonces cuando
se tornó neurótico de veras.
—¿Alguna vez jugaba
con el niño o lo llevaba a alguna parte?
—Después del accidente
no recuerdo haber visto tal cosa.
—¿Pero lo hacía antes?
—Sí; solía llevarlo a
pasear y jugaba con él en el jardín. Te diré, Sam, quizá estés acertado. Cuanto
más pienso en ello, más me parece que cambió entonces con respecto a su hijo.
Es decir, más de lo que cambió en general. ¿Podrías decirme de qué se trata?
Claro que no insistiré si prefieres no hablar de ello.
—Prefiero no decirlo,
doctor. Ya hablaremos de ello otro día, pero hoy no.
—Como gustes. ¿Cómo
está Millie?
—Muy bien.
No agregué más, pues
no deseaba hablar de mi esposa. Luego le hice algunas preguntas sobre el jardín
y eran las cinco cuando le di la excusa de que debía ir a cambiarme para cenar
con unos amigos, tras de lo cual nos despedimos y me fui de allí.
5
Porque deseaba estar
solo para meditar con calma, me dirigí a mi casa. De paso por un restaurante,
compré algunos sandwiches y, una vez en casa, comí tres o cuatro y me senté a
meditar.
Existían dos
posibilidades y debía analizarlas cuidadosamente para elegir la más probable.
Primero: Tal vez Obie
no era asesino. Había estado seguro de lo contrario hasta aquella tarde; mas lo
que acababa de saber abría un nuevo campo a mis conjeturas.
Armin Westphal era un
neurótico, como lo son todos los alcohólicos. Empero, quizá su mal fuera aún
más serio del que deja traslucir esta palabra. Tomando como punto de partida la
muerte de su hijita, podría haber caído víctima de la idea de que su hijo era
un asesino, no teniendo para esto otra base real que algo que creyó ver trece años
atrás.
Agregado a esto su
cargo de conciencia por haber dejado la escalera contra el árbol y por haber
cometido el error —muy lógico por cierto— de levantar a la niña y llevarla al
interior de la casa cuando sabía que acababa de sufrir una seria lesión en la
columna. A pesar de las afirmaciones del doctor —que quiso tranquilizarlo luego
de haberlo reñido— era posible que Westphal siguiera considerándose responsable
de la muerte de su hija. La mente suele tomar caminos muy tortuosos para
descargar ciertas responsabilidades, y en el caso de Westphal, no sería raro
que el individuo la hubiera cargado sobre los hombros de su hijo,
convenciéndose cada vez más de que Henry era un asesino.
Desde entonces, al
vigilarlo constantemente, la sospecha fue acrecentándose cada vez más hasta
convertirse en una obsesión. Y la obsesión se vio confirmada en las mil
palabras y actos completamente normales en un niño. La pistola de juguete.
Pum, pum, pum ya estás muerto. La etapa en que el pequeño juega a los
cowboys o a los policías y ladrones.
¡Que Dios asista al
hombre obsesionado que observe los juegos de su hijo con la idea de confirmar
su obsesión en el sentido de que el niño es un maníaco homicida!
¿Y en los casos
reales? Pues, no se necesita mucho para alimentar una obsesión. Cualquier
muerte accidental que ocurriera en muchos kilómetros a la redonda y que —aun
remotamente— pudiera haber sido causada por un muchacho de la edad de Obie, la
hubiera mirado Westphal con gran sospecha. En los casos en que hubiera una
posibilidad razonable de que Obie fuese culpable, la obsesión de Westphal se
hubiera confirmado.
Asi le ocurrió con
Jimmy Chojnacki, aun sin conocer otro detalle que el hecho de que el muchacho
tenía en su poder la cartera de su hijo.
¿Y no había creído yo
lo mismo? Pero mí caso era diferente; yo concebí mi idea sólo después de que
picó mi curiosidad la conducta poco natural de Westphal y supe por boca de
Haley que el individuo habíase ofrecido a pagar el funeral de un carterista.
La principal razón de
que sospechara de Obie fue la reacción de su padre. Lo que había sabido hoy
habíame brindado una explicación posible sobre la inocencia del muchacho. Las
ideas de un paranoico habíanme llevado por un camino erróneo.
¿Pero la declaración del
encargado del restaurante del parque de diversiones? Este hombre situaba a Obie
muy cerca del lugar de la tragedia en momentos en que ocurrió ésta.
Sin embargo, esto
también podía tener su explicación lógica.
¿Y qué tenía además de
aquella probable coincidencia? ¿Las cuatro muertes ocurridas en la escuela
durante un período de tres años? Ya sabía que una de las cuatro, la de la niña
que se ahogara durante la clase de natación, no podía haber sido causada por
Obie. Y la muerte de la maestra daba la impresión de ser un suicidio.
¿Cuatro accidentes
ocurridos durante dos años en la playa de maniobras? Los cuatro podrían
ajustarse a lo que pensaba yo del asunto; pero, ¿por qué habría de creer que
los causó Obie sólo porque le había visto ir allí la única noche que le
seguí? Esa noche no hubo accidentes, y podía haber muchas razones lógicas y
naturales que justificaran su paso por esos lugares.
Así, pues, ¿qué me
quedaba? Nada que no se pudiera atribuir a la casualidad.
Sin embargo...
Ya no estaba sentado.
Me paseaba de un lado a otro por el living-room, recorriéndolo con paso
nervioso.
"Y, sin
embargo," seguí pensando, "ahora tengo un caso más firme y mejor
basado contra el muchacho. Si es un asesino, ahora sé por qué lo es."
El reverso de la
moneda qué me pasara mi amigo el doctor.
¿De qué manera podría
reaccionar el muchacho ante la creencia de su padre que lo consideraba un
homicida ?
Empecemos con la
muerte de Elizabeth Westphal. En eso no podía aceptar la posible idea del
padre. Un niño de cuatro años no puede ser un asesino. Pero sí me fue posible
imaginar a un niño que llega a serlo por las sospechas de su progenitor.
Digamos que empujó a
su hermana mientras jugaban o para defenderse porque ella también quería
empujarle. Mas no porque quisiera matarla. Al contar lo sucedido, naturalmente,
mintió un poco. No se atrevió a admitir que la habla empujado; trató de
salvarla, pero no logró hacerlo.
Pero luego se entera
de que su padre le ha visto dar el empellón. Su padre le considera un asesino,
y sigue pensando así a medida que pasan los años, por ejemplo, desde los cuatro
años hasta los trece. Nueve años de vigilancia constante, de sentirse extraño y
poco natural, un fenómeno, algo a lo que hay que temer y odiar.
Posiblemente, debido a
esa razón, no tuvo el desahogo de otros niños que matan mentalmente a miles de
enemigos. Seguramente que no pudo hacerlo cuando le observaba su padre.
Si alguna vez dijo, o
pensó siquiera, el clásico "Pum, pum, pum, ya estás muerto", lo
habría hecho en secreto y creyéndose profundamente culpable, pues la muerte
sería muy real para él; ya había matado en realidad; de modo que no necesitaba
el substituto que tienen otros niños.
¡Cómo debe haber
temido y odiado a su padre! Pero es probable qué el temor y el odio estuvieran
ocultos en su subconsciente, bajo la idea de su culpa y el tremendo
conocimiento de su propia maldad y anormalidad.
Henry el asesino,
Henry el horroroso.
Obie el héroe, el
atleta, el admirado.
Henry el asesino, Obie
el Héroe.
Esquizofrenia.
"¡Está
bien!" me dije, "son todas conjeturas. No tengo suficientes
conocimientos como para hacer un psicoanálisis casero."
"No hago más que
conjeturar."
Mientras crecía el
muchacho, ganando inteligencia y estatura, se fue acentuando el abismo que lo separaba
de su padre. A juzgar por su tamaño actual, a los trece años debía haber sido
tan fuerte como un adulto, capaz quizá de derrotar a su padre. A los diecisiete
estaría seguramente en condiciones de hacerlo..., mas no se atrevía a ello.
Calculé que Obie había
cometido su primer homicidio a los trece años. Convencido ya de que había
matado a su hermana, habría creído entonces que era su segundo crimen. El
primero, especialmente, no habría sido premeditado. Quizá ninguno lo fue...,
aunque su visita a la playa de maniobras daba la impresión de que iba a la caza
de oportunidades.
Posiblemente se
encontró en algún lugar peligroso, como, por ejemplo, una azotea, en compañía
de una sola persona. Nadie les vigilaba. La otra persona —amiga o desconocida;
lo mismo daba— se hallaría cerca del borde, con Obie a su espalda. De pronto
pensaría el muchacho: Un solo empujón y podría matarle con la misma
facilidad con que maté a mi hermana.
De pronto se
aceleraron los latidos de su corazón, decidióse a empujar y quedó consumado el
hecho.
¿A quién había matado?
A su padre, por supuesto, al ser a quien deseaba ultimar, temiendo hacerlo.
Habíalo llevado a cabo por medio de otra víctima que vendría a representar una
efigie del ser odiado.
"Muy bien,
Sam", me dije; "tienes dos soluciones perfectas. ¿Cuál te gusta
más?"
Una; los crímenes de
Obie son una ilusión de un padre paranoico.
Dos; los crímenes de
Obie son el resultado de la obsesión de su padre.
Elige la que te guste.
Ambas eran igualmente
probables.
Y me puse furioso
porque no supe con cuál quedarme. Lo malo era que no podía aceptar la primera,
que era tan posible como la segunda. Igualmente imposible me sería investigar
todas aquellas muertes ocurridas tanto tiempo atrás.
Luego decidí que podía
contemplar cada uno de los casos desde el ángulo opuesto. Hasta el momento
habíame preguntado si era posible probar que Obie era culpable. ¿Por qué no
probar que no lo era?
Sería difícil
averiguar si Obie había estada en otra parte cuando sucedieron aquellos
accidentes de la playa ferroviaria. Difícil, pero no imposible. Quizá pudiera
probar que no pudo ser el causante de ninguno de los tres accidentes de la
escuela que todavía despertaban mis sospechas.
Por ejemplo, tal vez
no había empujado a Greenough, ese muchacho que cayera de la ventana de la
torre. Nina habíame dicho que aquello ocurrió durante el segundo turno del
almuerzo. ¿Y si Obie comió en el primero y asistió a una clase en los momentos
en que cayó Greenough?
Y si el mismo año no
fue Obie al último período de gimnasia, sería muy improbable que hubiera matado
al muchacho negro en el vestuario. O tal vez estuvo ausente de la escuela en
uno de aquellos días. Esto podría constatarlo en el registro de asistencia.
En cuando a la
maestra, podría tratarse realmente de un suicidio. Me sería posible eliminar a
Obie en ese caso si averiguaba que no perteneció al Club Dramático durante
aquel año. Solamente los miembros de ese grupo habrían sabido que la señorita
Bonner se quedó para corregir algunas lecciones.
Nina me averiguaría
todos esos datos en los registros de la escuela. Lamentaba tener que
preguntárselo, pues no podría hacerlo sin decirle parte de la verdad respecto a
lo que me interesaba y sin admitir que le había mentido al inquirir sobre los
accidentes. Ella reconocería las fechas y se daría cuenta de que deseaba
relacionar a Obie con las tres muertes. Además, recordaría que ya habíale
preguntado si Obie y Jimmy Chojnacki eran amigos.
Empero, sólo por su
intermedio me sería factible averiguar lo que deseaba.
Al consultar el reloj
vi que eran las nueve. Nina habíame dicho que se acostaría temprano, mas no
creí que ya estuviera en cama.
Disqué el número y se
me ocurrió estonces que quizá hubiera cambiado de idea y quisiera que fuese a
visitarla.
—Hola.
—Habla Sam, Nina.
¿Todavía quieres mantenerme a distancia?
Dejó escapar una
risita.
—No. Esperaba que me
llamaras. Temí que te hubieras enfadado por lo que te dije. Querría que
vinieras, pero... me acostaré pronto.
—¿Pero no es demasiado
temprano? Hay algo que quiero pedirte. ¿No podría ir un rato? ¿Media hora?
Estoy en casa y puedo llegar dentro de veinte minutos.
—No, Sam, por favor.
La verdad es que estoy muy cansada. Tres minutos más y me habría acostado. Sea
lo que fuere, temo que no podría hacerlo. Ya estoy medio dormida.
—No es nada que debas
hacer esta noche. Sólo quería explicártelo para que lo hicieras mañana.
—¿No puedes decírmelo
por teléfono?
—Es demasiado
complicado.
—¿Y no podría esperar
un día más, Sam?
—Está bien —repuse—.
Vete a la cama y descansa. Buenas noches.
—Buenas noches,
querido.
—¿Te veré mañana?
—Si lo deseas...
—¿Qué te parece si
salimos a cenar juntos? ¿Podrías estar lista a las seis y media?
—¿No temes que te vean
conmigo?
—Claro que no. Pero si
no quieres ser vista con un
hombre casado,
podríamos ir a alguna hostería del campo donde no nos reconocería nadie.
—Sería mejor así. Sí,
estaré lista a las seis y media. Y gracias por ser tan comprensivo. Buenas
noches.
—Buenas noches.
1
Viernes
Aquella noche tuve una pesadilla que me despertó de
súbito. Habíame visto parado al borde de una piscina de natación,llena de tinta
negra y un corpulento muchacho con cabeza de lobo me dio un empujón para
arrojarme a ella. Al hundirme en la tinta desperté bañado de sudor.
Ahora, sentado en un
sillón, con un cigarrillo entre los labios, volví a pensar en mi problema,
girando mis ideas en círculos constantes, como aquel tábano que viera el sábado
anterior en la sala de redacción.
Era inútil que tratara de resolver el caso sin tener
más informes. Los tendría cuando Nina hubiera constatado...
De pronto di un
respingo al recordar algo que no había tenido presente hasta entonces. Mañana
—hoy más bien— era viernes, último día de trabajo en la escuela. Si Nina no obtenía
los informes, no podría conseguirlos hasta el lunes, tres días después y con
mis vacaciones ya terminadas.
Tres días perdidos, y
serían los únicos que tendría libres por completo antes de volver al trabajo y
de que Millie regresara a casa. Era necesario que activara la investigación.
Podía levantarme
temprano..., o seguir despierto. Iría a desayunar con Nina y le explicaría el
asunto.
Pero era algo tan
difícil de explicar... Tendría que confesar que le había mentido. No, era mejor
que no lo hiciera.
¿Por qué no obtener yo
mismo los informes..., ahora mismo?
Ya decidido, me
levanté y me vestí a toda prisa. Diez minutos más tarde estaba ya en mi coche,
y con las calles desiertas, no me fue difícil efectuar el viaje en quince
minutos sin necesidad de excederme en la velocidad.
Di una vuelta al
edificio de la escuela, asegurándome así que estaba todo a oscuras; luego
estacioné el coche a una cuadra y media de distancia. Constaté que llevaba
encima las cosas que recogiera al salir de la casa: una linterna pequeña, un
puñado de trapos por si necesitaba romper algún vidrio y una palanca de hierro
que enganché a mi cinturón, cubriéndola con la americana de modo que no se
viera.
Eran las cuatro y
media de la mañana cuando me encaminé hacia la escuela sin haber visto a nadie
por los alrededores. Una vez en los terrenos de la escuela, me detuve un
momento hasta que se acostumbraron mis ojos a la oscuridad que, por suerte, no
era total. Luego avancé hacia el edificio de la dirección y elegí una de las
ventanas más alejadas de la calle. De nuevo me acompañó la suerte; no tuve
necesidad de romper ningún vidrio porque alguien había dejado abierta aquella
ventana.
Me introduje por ella
y esperé unos minutos más. Al fin encendí la linterna, ocultándola entre mis
manos, y crucé un aula y un corredor. Ya conocía el camino. Unos metros más
allá estaba la curva y la escalera que me llevaría al piso superior.
Los archivos se
hallaban todavía en el mismo lugar de antes: a bastante distancia de la ventana
y en una posición tal que podría usar la linterna sin temor de que se viera la
luz desde la calle. No me costó mucho hallar la carpeta que buscaba y me fui
con ella a un rincón, sentándome en el suelo para estudiarla. Lo malo fue que
no hallé entre los papeles otra cosa que datos sobre las actividades del
muchacho en la escuela. Después recordé que esos otros informes figurarían en
los anuarios.
Luego de devolver la
carpeta a su lugar, me acerqué a la biblioteca, elegí el anuario que me
interesaba y hallé dos páginas dedicadas al Club Dramático de la escuela. Una
vez que las hube leído, puse el libro en la biblioteca y me fui por el mismo
camino que tomara al entrar.
El cielo había
adquirido ya una tonalidad grisácea.
Me hallaba a una
cuadra de la escuela cuando me pasó el coche patrullero que avanzaba a marcha
lenta. Uno de los dos policías que lo ocupaban me miró con interés, pero no
debí haber despertado sus sospechas, pues el auto siguió avanzando.
Empero, media cuadra
más adelante se detuvo junto al coche que dejara allí estacionado. Tuve que
seguir caminando; me habían visto y si volvía sobre mis pasos me detendrían
para interrogarme. De modo que seguí andando hacia el Buick, mientras que la
palanca de hierro que no tuve necesidad de usar me golpeaba el muslo con cada
paso que daba.
Uno de los dos
policías continuaba dentro del coche patrullero. El otro había apoyado un pie
sobre mí paragolpes delantero y estaba extendiendo una boleta. Al acercarme
levantó la vista.
—¿Su coche?
Asentí.
—Tiene toda la cuadra
para estacionarlo y lo deja junto a una boca de incendio —gruñó—. ¿Ha estado
bebiendo, compañero?
Miré y, en efecto, así
era. Resultaba tan ridículo que me dieron ganas de reír, y por el momento dejé
de sentir temor.
—No, no he estado
bebiendo, pero esto da la impresión de que así fuera, ¿eh? ¡Dios mío, merezco
una multa!
Debí haber protestado;
los policías sospechan cuando uno no protesta.
El agente me miró con
fijeza.
—¿Dónde ha estado a
esta hora?
El otro agente salió
del coche para unirse a su compañero. La palanca que colgaba de mi cinturón
parecía pesar una tonelada y pensé que la notarían de inmediato. Pero mi mente
continuó funcionando con agilidad.
—Fui a visitar a una
amiga —repuse, y en seguida se me ocurrió lo que podía decir en mi descargo.
—Le pasamos a una
cuadra de aquí. ¿Dónde vive su amiga? ¿Cómo es que no estacionó frente a su
casa?
Exhalé un suspiro como
si no me decidiera a contestar. Luego le dije:
—Estacioné tan lejos a
propósito, agente. Y por la misma razón salgo a esta hora..., antes de que
despierten los vecinos y me vean.
—Veamos su licencia.
Me sentí aliviado al
sacarla. Si hubieran pensado palparme en busca de armas —para encontrarse con
la condenada palanca— ya lo habrían hecho antes de permitirme que introdujera
la mano en el bolsillo. Todo marchaba bien; ahora podría demostrarles que no
era un delincuente. Les tendí la cartera abierta para que vieran la licencia de
conductor y mi carnet de periodista.
El agente que acababa
de apearse miró por sobre el hombro de su compañero.
—Un periodista. ¡Qué
diablos, Hank! Si le das una citación lo arreglará con el jefe. Vámonos.
—Esta vez no —le
dije—. ¿Cree que quiero decir a Joe Steiner que estacioné el coche frente a una
boca de incendio en una cuadra desierta y a estas horas? Se burlaría de mí todo
el año. Ésta la pagaré, si me da la boleta.
El primero volvió a
apoyar el pie sobre el paragolpes, listo para escribir.
—Muy bien, ya que la
quiere...
—¡Tonterías! —gruñó el
otro—. Déjalo. Andaba apurado cuando dejó aquí el coche. ¿Cómo iba a pensar en
bocas de incendio?
El otro se guardó
entonces el talonario.
—Muy bien, muy bien.
Pero la próxima vez fíjese donde deja el coche.
—Gracias, muchachos —les
dije—. ¿Por qué no me dicen cómo se llaman? Así, si alguna vez aparecen sus
nombres en alguna crónica, me ocuparé de que los escriban bien.
Me dieron sus nombres y conversamos unos minutos
más. Después subieron al coche patrullero y se alejaron de allí.
Me instalé al volante
de mi Buick, encendí las luces y puse en marcha el motor, esperando luego un
momento para que se calmaran mis nervios antes de partir. Después me fui a mi
casa. Hubiera querido beber algo fuerte, mas no había ningún bar abierto a aquella
hora.
Estaba clareando
cuando llegué.
Ya había descubierto
lo que deseaba averiguar, y sin necesidad de confiar en Nina para que me
obtuviera los informes. La carpeta de Obie y el anuario anterior habíanme
brindado los tres detalles que me interesaban..., y ahora deseaba que no
hubiera sido así. De haber encontrado una coartada para el muchacho en dos de
los tres casos de la escuela, tal vez me hubiera quedado satisfecho, y olvidado
todo el asunto. Mas las cosas no eran tan sencillas.
En su primer año, Obie
había asistido al quinto período de la clase de Álgebra. Según lo que sabía yo
de los horarios de la escuela, esto indicaba que comía en el segundo turno.
Así, pues, bjen pudo haber empujado a Wilbur Greenough desde la torre. También
asistía a la misma clase de gimnasia que el muchacho negro que muriera en los
vestuarios.
Además, pertenecía al
Club Dramático, como lo comprobé al ver su retrato y algunas escenas de obras
representadas, en tres de las cuales había intervenido en los papeles
principales.
También había
encontrado en el libro un retrato de Constance Bonner con la leyenda:
"Fallecida el 24 de Enero de 1952."
De modo que Obie pudo
haberlos matado a los tres.
Muy bien, Sam Evans,
¿y ahora qué?
2
Empleé la mañana en
poner en orden la casa y arreglar el depósito de carbón del subsuelo. Eran las
diez cuando terminé aquella tarea. Luego subí al cuarto de baño y llené la
bañera de agua caliente mientras me afeitaba.
El baño caliente me
calmó los nervios. Apoyé la cabeza sobre un extremo de la bañera y me dormí
profundamente, despertando cuando el reloj daba las doce. Una vez vestido me
fui a un buen restaurante para almorzar y al salir del mismo se me ocurrió una
idea que consideré brillante. A unos quince kilómetros de la ciudad hay un lago
particular donde abundan los peces y en el que se pueden alquilar botes y los
avíos necesarios. Decidido, me instalé en el Buick y salí de la ciudad por la
carretera 71.
Me hallaba a un
kilómetro de los límites comunales cuando me convencí de que me seguían. No
esperaba tal cosa; pero había notado la presencia del viejo coupé de modelo
antiguo en una de las calles más transitadas. Habíame fijado en el vehículo
porque en un momento estuve a punto de pasar una luz roja y miré por el
espejillo retrovisor para ver si había cerca algún coche patrullero o
motocicleta policial. Lo vi entonces, y el coupé continuó detrás de mi Buick,
siguiéndome a cierta distancia.
Esto me asustó un
poco. ¿Sería Obie? ¿Pero por qué iba a seguirme? No había hablado de él con
mucha gente, y entre mis informantes había pocos que tuvieran suficiente
amistad con él como para mencionarle el asunto.
¿El doctor Wygand?
Pero no, era ridículo pensar que el viejo hubiera llamado a Obie o a Armin
Westphal para avisarles que yo estaba interesado en ellos. La única persona que
se me ocurrió entonces fue Grace Smith, su compañera de colegio; pero con ella
hablé cuando todos creíamos que Obie había muerto y mis preguntas fueron las
que podría hacer cualquier reportero que investiga una noticia.
¿Pero quién otro
podría seguirme? La policía o los detectives particulares no emplean vehículos
tan conspicuos como el que me iba a la zaga.
Lo único que pude ver
a la distancia a que estábamos era que en el coupé viajaba una sola persona.
¿Tendría valor para enfrentarlo? Me dije que sí, pero lo haría en una
población, donde hubiera gente al alcance de mi voz. Barnesville se hallaba a
sólo dos kilómetros y allí podría hacerlo. Seguí avanzando a la misma velocidad
y el viejo coupé continuó tras de mí, quedándose algo más atrás cuando entramos
en el pueblo.
Llevé a cabo la
maniobra antes de llegar al centro comercial de la población. Me desvié hacia
un costado de la calle y avancé con lentitud, fingiendo observar los números de
las casas. Al fin detuve el coche frente a una de ellas y eché pie a tierra. Al
hacerlo miré de soslayo al coupé que se detenía a media cuadra de distancia,
demasiado lejos para identificar al conductor o ver el número de la chapa.
Miré de nuevo el
número de la casa frente a la cual me detuviera e hice una mueca de fastidio,
como si me hubiera equivocado. Fingí estar a punto de volver a mi coche y luego
decidí que no valía la pena sacarlo de allí, tras de lo cual eché a andar hacia
el coupé, siempre mirando los números de las casas, aunque sin dejar de vigilar
el vehículo. Pensé que, antes de que el otro pudiera hacer algo, me sería
posible acercarme lo suficiente como para verle bien e identificar el número de
la chapa.
Pero mi comedia no
debió haberle convenido. Al parecer, había dejado en marcha el motor, y no
acababa yo de dar una docena de pasos en su dirección cuando puso el coche en
marcha y dio una vuelta cerrada para regresar por donde viniera.
Me llevaba mucha
ventaja cuando conseguí poner en marcha mi Buick, y durante uno o dos minutos
hubo tanto tránsito que no pude dar la vuelta en el camino. Me dirigí hacia la
ciudad lo más rápido que pude, mas no volví a echarle la vista encima.
Ahora me quedaba una
sola alternativa: averiguar si Obie estaba en su casa. Detuve el coche, entré
en una droguería y llamé por teléfono a la residencia de los Westphal. Al
contestarme una voz femenina, pregunté si estaba allí Obie.
—Un momento, por
favor.
Quería asegurarme; tal vez ella creía que estaba y
no era así. Pero un momento más tarde oí la voz del muchacho que decía:
"Hola".
La reconocí, pues le
había oído hablar con sus amigos en la estación ferroviaria. Esperé entonces
hasta que hubo repetido la palabra dos veces más y terminó por colgar el
receptor.
No era Obie el que me había seguido con el coupé.
Por más velozmente que viajara no podría haber llegado a su casa desde el punto
en que me detuviera yo.
Regresé a la carretera 71 y me pasé la tarde
pescando en el lago, aunque no me divirtió mucho la ocupación. No hice más que
pensar en el viejo coupé y preguntarme quién sería el que tanto se interesaba
en mi persona.
Logré pescar tres sollos, mas al volver a casa para
cambiarme, se los regalé a un vecino. Si se los llevaba a Nina, ésta podría
haber insistido en cocinarlos y yo ya tenía decidido llevarla a cenar fuera de
su departamento.
Ningún vehículo me siguió cuando me trasladé a casa
de Nina. Me aseguré bien de ello, pues el que lo hiciera antes tendría que
haber ido a esperarme cerca de mi domicilio para repetir su hazaña.
3
Llegué con varios
minutos de adelanto; pero, aunque parezca milagroso. Nina ya estaba lista.
—Me alegra que hayas
venido —me dijo al besarme.
—Yo también me alegro,
querida.
Tomamos un cóctel y
nos dirigimos al Club Caesar, restaurante exclusivo y bastante costoso. Pero
podía soportar el gasto por una noche, y el hecho de que fuera un lugar caro
hacía más remota la posibilidad de que me viera algún conocido.
Después de cenar
bailamos a los acordes melodiosos de un piano. Conversamos mientras tanto sobre
nuestros respectivos trabajos, sobre la época pasada y los maestros que
tuviéramos en la escuela. Era como si hasta entonces no hubiéramos tenido
tiempo de charlar a gusto. En esos momentos pareció que estuviéramos más unidos
que nunca.
Al cabo de un rato, me
dijo ella:
—Volvamos a casa, Sam.
Allá podemos tomar una última copa.
—Todavía no son las
once —objeté—. Mañana es sábado y no tienes que ir a la escuela.
—Sin embargo, debo
levantarme temprano. Tengo que hacer una visita a las nueve.
—Está bien. Si no me
despachas en cuanto lleguemos a tu casa... Anoche dormiste bastante, ¿no?
—Diez horas. ¿Tú te
acostaste temprano?
—A las once.
No agregué que había
dormido sólo tres horas y luego una más en la bañera, de once a doce del día.
—Magnífico. ¿De qué
querías hablarme anoche? Lamento no haber estado con ánimo para permitirte que
fueras.
—No era nada importante —repuse. Luego recordé que
la noche anterior había afirmado lo contrario—. Quería que me averiguaras algo
en los archivos de la escuela, pero yo mismo obtuve la información..., en el
diario.
Al parecer no sospechó
nada.
—¿Algo relacionado con
tu artículo sobre los accidentes? —inquirió.
Asentí y dejamos el
tema, de modo que no tuve que seguir con mis evasivas.
A poco pedí la cuenta,
descubriendo que no era tan abultada como temiera.
Cuando regresábamos
estuve atento a los vehículos que pudieran seguirme, mas no vi ninguno que me
llamara la atención. Una vez en la ciudad, tomé por las calles menos
frecuentadas y no vi ningún automóvil.
Tomamos otros cócteles
y nos instalamos en el sofá, sentados muy juntos.
Al sentirme tan en paz
en su compañía, tuve el súbito impulso de hablarle con sinceridad, mas no
respecto a nuestras relaciones, sino acerca de Obie y de lo que opinaba de él.
¿Se reiría de mí o lo tomaría en serio?
—Oye, Nina ¿conoces
bien a Obie Westphal? ¿Qué opinas de él?
Ella se apartó a fin
de volverse y mirarme con cierta sorpresa.
—¿Por qué estás tan
interesado en ese muchacho? Esta semana ya me has hecho preguntas sobre él.
Pensé que era mejor no
explicarle todavía; más conveniente sería obtener su opinión imparcial antes de
decirle nada. O quizá la evasiva habíase convertido ya en un hábito para mí y
no me era posible eliminarlo aún.
—Entonces te dije por
qué me interesaba. El sábado estuve escribiendo un artículo necrológico sobre
su persona, antes que se supiera que el muerto no era él, sino Jimmy Chojnacki.
Leí lo que había sobre él en nuestros archivos y me interesó su persona.
Tomé un sorbo de mi
cóctel y la atraje hacia mí.
—Lo curioso del caso
es que Obie sigue con vida después que escribí ese artículo. No es extraño que
me interese su persona.
Nina apoyó su cabeza
sobre mi hombro.
—La verdad es que no lo
conozco muy bien —expresó—. Pero es tan popular que los profesores hablan tanto
de él como los estudiantes. No sólo es un deportista de primera; también es muy
atractivo y descuella en los estudios.
—¿Es brillante en sus
estudios? ¿Es uno de los primeros?
—Creo que podría serlo
si lo deseara. Está entre los diez primeros, y eso que no estudia mucho. No
puede dedicarse mucho a los libros porque está ocupado con sus actividades
deportivas. Él mismo lo admite.
—Como estudiante
secundario, debería ufanarse de ello —comenté—. Pero te diré lo que quiero
averiguar. Parece demasiado extraordinario; tiene que tener alguna falla. Nadie
es perfecto, y un muchacho solo no puede poseer tantas cualidades. Me parece
que es... raro.
—¿Cómo?
—Es una conjetura,
pero hay algo en qué basarla. Grace Smith, la condiscípula de él con quien
hablé el sábado, cuando pensábamos que había muerto, me dijo que no sólo no
tenía novia, sino qué por lo general iba solo a las fiestas. Y...
Estuve a punto de
decirle que le había visto en un auto con otros dos muchachos y que Obie era el
único a quien no acompañaba una chica. Empero, me contuve a tiempo.
—Lo mismo he oído
comentar por otros conductos —dije en cambio—. No es normal que, con una
escuela llena de chicas que lo admiran... En fin, que no aproveche la
circunstancia. Especialmente si está tan bien desarrollado y maduro como él. Si
no es raro, entonces tiene algún complejo.
—Pero a los diecisiete
años tú no tenías aventuras. Por lo menos me dijiste que yo fui la primera, y
eso que ya teníamos dieciocho.
—Es verdad, y no te
engañé. Pero, ¡qué diablos!, salía con las chicas ya desde mucho antes, y jamás
fui solo a una fiesta.
Noté que le temblaban
los hombros y al volverme para mirarla vi que reía sin poder contenerse.
—¿Qué tiene eso de
raro? —quise saber—. Bien sabes que es la pura verdad.
—No me reía de lo que
dijiste sobre ti, Sam. Pero... Si te digo una cosa, ¿me prometerás que
nunca...? No estarás por escribir algo sobre Obie, ¿eh?
—No.
—¿Y no se lo dirás a
nadie? ¿Palabra de honor?
—Te lo juro.
—Me reía de lo
equivocado que estabas con respecto a Obie. Hace poco más de un año se vio en
dificultades por haber seducido a una mucama que tenían en su casa. Y entonces
tendría sólo dieciséis años, de modo que te ganó por dos. De eso me reía.
—De modo que me
equivoqué, ¿eh? ¿Con quién se vio en dificultades? ¿Y cómo intervino en eso la
escuela si ocurrió en su casa?
—Tuvo líos con sus
padres. La chica no se quejó a la policía ni nada por el estilo..., y lo más
probable es que lo sedujera ella, ya que era mayor. Pero Westphal se afligió
tanto que habló con el director para pedirle consejo.
—¿Al viejo Emerson? Se
debe haber escandalizado. ¿Qué le dijo?
—No fue el señor
Emerson, quizá para mayor suerte de los interesados. Todavía es el director;
pero en esa época estaba internado en un hospital y lo iban a operar. El
consejo directivo mandó un reemplazante para que lo substituyera esos meses.
Era un tal Ealph Sherbourne, y la señora Westphal habló con él. Ralph tuvo la
suficiente sensatez como para decirle que no tenía nada de qué afligirse; que,
aunque no aprobaba lo ocurrido, no era en absoluto anormal que un muchacho de
dieciséis años tuviera su primera aventura con una mujer de más edad.
Pensando en Constance
Bonner le pregunté:
—¿Mucho mayor?
—Creo que tenía
veinticinco años más o menos. Además, es fácil que fuera ella quien provocara
al muchacho. Sea como fuere, no fue nada serio.
—Y es probable que a
los dieciséis años Obie pareciera mucho mayor que otros muchachos de esa edad.
Según me han dicho, ahora mismo parece tener veinte. Pero prosigue..., si es
que puedes contarme algo más.
—No hay mucho más.
Ralph calmó a la señora Westphal y le dijo que hablaría seriamente con el
muchacho. Así lo hizo y Obie le prometió portarse bien.
—¿Alguna vez viste a
la mucama?
—Claro que no. ¿Dónde
iba a verla? ¿Por qué lo preguntas?
—Estaba pensando en el
complejo Edipo, Probablemente la chica era del mismo tipo físico que su madre.
—Es posible. Supongo que
podría tratarse de eso. Nunca vi a la madre, ya que no estaba en la escuela el
día que fue. Pero si Obie sale a ella, debe ser muy bien parecida. ¿Lo conoces
a él, Sam?
—No —repuse—.
He visto una foto suya que había en el archivo. Viste el equipo de fútbol y el
casco y la camisa con los protectores no permiten hacerse una idea exacta de su
físico.
—Yo tengo un ejemplar
del anuario, del año pasado. ¿Quieres verlo? Hay varias fotos de él.
Las había visto la noche
anterior en la escuela, por lo menos las del Club Dramático, mas no podía
decirle tal cosa, de modo que asentí.
No tuvo más que
inclinarse hacia adelante para sacar el anuario. Estaba en el cajón interior de
la mesa que teníamos frente al sillón.
Fue pasando las
páginas mientras yo las miraba por sobre su hombro. Se detenía en todos los
grupos en que se hallaba incluido Obie. El muchacho destacábase entre todos;
era imposible pasarlo por alto. Vi de nuevo las tres fotos que estudiara la
noche anterior.
—¿Es tan buen actor
como deportista? —inquirí.
—Bastante bueno para
ser aficcionado. Yo vi todas estas obras.
Nina cerró el libro y
volvió a ponerlo en su lugar.
—¿Cuánta gente sabe lo
que me dijiste respecto a la visita que hizo la madre de Obie al director?
—pregunté—. ¿Quién está enterado de la aventura que tuvo con la mucama? ¿Lo
saben todos los maestros?
—No —se apartó un
poco—. Aparte de Ralph Sherbourne, yo soy la única que se enteró. Me lo dijo
él..., y ya supondrás cómo es que nos pusimos a hablar de ello, de modo que
bien puedo decírtelo. ¿Tengo que explicártelo?
Volví a atraerla hacia
mí, rodeándola con mis brazos.
—Claro que no, Nina.
No es cosa de mi incumbencia.
—Ya te dije que había
tenido amoríos con otros. Ralph fue uno de ellos. Era soltero y quería casarse
conmigo; pero no lo amaba lo suficiente como para aceptar. Quizá los únicos que
amo realmente son los que no puedo tener para mí. ¿Todavía quieres besarme?
Le contesté sin
palabras.
1
Otra vez desperté
demasiado temprano; aunque no fue porque me molestara ninguna pesadilla. Vi un
resplandor grisáceo en las ventanas; probablemente eran las cinco o las seis.
Nina me había dicho que se levantaría a las ocho, pues así tendría tiempo de
sobra para hacer su visita a las nueve.
Pero hete aquí que me
encontraba más despierto que nunca, sabedor de que no podría dormirme
nuevamente por más que me esforzara. Era muy temprano para ir a visitarla.
Además, ¿qué podría hacer si me levantaba?
Me quedé con la vista fija
en el cielo raso. No había ningún tábano que volara en lo alto; sólo mis
pensamientos. ¿Por qué no dije la verdad a Nina la noche anterior? Quizá por la
fuerza del hábito; tanto le había mentido durante la semana que la verdad ya no
me resultaba natural, por lo menos en lo que respecta a Obie. Pero no
importaba; Nina había hablado bastante sobre el muchacho, mucho más que si le
hubiera contado mis sospechas y ella las hubiera considerado ridículas. Al
parecer, Obie era muy atractivo, aun para mujeres de la edad de mi amiga. Más
aún...
¡Ea!, me dije, no
vayas a sospechar tal cosa de Nina.
Pero allí estaba la
sospecha, sentada al pie de la cama, sonriéndome con malicia.
—Vete —le dije.
—¿Y por qué rió así
cuando dijiste que Oble podía ser algo infantil?
Miré a la sospecha con
profunda ira.
—¿Por qué no había de
reír? ¡Ella sabía que no era verdad!
—Así es, mi ingenuo
amigo. Ella sabía que no era verdad. ¿Pero le habría parecido el caso tan gracioso
si hubiera obtenido ese conocimiento por boca de otro? Nina no suele reír
de esa manera. Pero si tuvo una aventura con él y Obie le resultó un muchacho
atrayente, quizá mucho más que tú, entonces tu comentario de que podría ser un
homosexual le habría resultado realmente cómico y no pudo contener la risa.
—¡Pero ella explicó
cómo lo sabía! ¿Crees que pudo haber inventado un cuento así de un momento a
otro?
—Dudo que lo haya
inventado. Probablemente hubo un director interino y tuvo una aventura con
ella; hasta es posible que la haya querido por esposa, aunque esto puede
haberlo agregado. Y es probable que el asunto de la mucama y la visita de la
señora Westphal a la escuela hayan ocurrido en realidad. ¿No ves que eso puede
corroborar aún más lo que afirmo?
—No lo veo así.
—Porque no quieres. En
circunstancias normales Nina jamás habría pensado en tener una aventura con un
muchacho de diecisiete años. Pero después de saber que él ya había tenido una
con una mujer de edad, lo miraría con otro interés, ¿no? Y admite que lo
considera muy atractivo. Además, está de por medio la curiosidad..., que a
veces suele tener más importancia que la pasión.
—Estás loca —repuse—.
Pero al menos ahora tiene cierto sentido lo que pasó con Constance Bonner. Ella
sí debe haber tenido amoríos con Obie. Por eso dio la excusa de quedarse en la
escuela después de la reunión del Club Dramático, ése era el único lugar...
—Nina no vive con sus
padres. Tiene su...
—Calla. Ahora estoy
pensando en Constance Bonner. Esto explica por qué se sentía deprimida. Si se
había enamorado de alguien con quien no podía casarse... Pero Obie la mató, y a
Nina no. ¿Acaso no prueba eso que...?
—Bien sabes que no. No
tiene necesidad de matar a todas las mujeres que seduce. Solamente lo hace si
se le presenta una oportunidad perfecta como, por ejemplo, una mujer que no
sabe nadar y se para al borde de una piscina de natación. O quizá tuvo un
motivo más lógico para matar a Constance y la llevó deliberadamente hasta la
piscina. Quizá estaba harto de ella y ella no quería dejarlo. ¿Qué más da? De
todos modos, sólo quieres cambiar de tema. Estábamos hablando de Nina y Obie.
—Sigo opinando que
estás loca. Nina no es de esa clase.
—¿Cuánto tiempo
tardaste en conquistarla? La viste el lunes a mediodía y te quedaste con ella
el lunes por la noche. Y no me vengas con el cuento de que fueron novios en la
escuela. Eso pasó hace mucho tiempo.
—¡Tonterías! Le das
demasiado importancia a una risita.
—Ahora que lo piensas,
sabes muy bien que hay algo más. La manera cómo habló de él y lo describió. El
hecho de que tenga ese anuario con todas sus fotos..., y que las encontrara con
tanta facilidad. ¿Acaso tiene los anuarios de otros años? Sólo ése, en el que
hay muchas fotos de Obie. ¿No te parece que lo compró por esa razón ?
—Podría haber otros
motivos —argüí.
—Nómbrame uno. Y el
anuario se imprimió hace sólo dos meses. Su amorío con Obie debe ser reciente.
¿Qué te parece eso? Quizá rompieron poco antes de que ella se encontrara
contigo..., y te aceptó por despecho. ¿Te agrada la idea?
—Vete de aquí.
Apártate.
—Bien sabes que no lo
haré hasta que te hayas convencido de una u otra cosa. Te acompañaré toda mi
vida.
—Pero yo no voy a
creerte.
—Claro que no, pero
siempre tendrás la duda. Y seguirás recordando otras cosillas. Ella no
conocía a la señora Westphal, pero la llamó Mamá Westphal, de manera
cariñosa. ¿De dónde sacó eso? Además, vio todas las obras en las que intervino
Obie. Los adultos van rara vez a las obras representadas por los grupos
escolares, a menos que en el reparto haya parientes..., u otra cosa.
—Pero ella trabaja en
la escuela.
—Sí, sí. Así tuvo
muchas oportunidades de verse con él. ¿Y recuerdas lo que pensamos del complejo
de Edipo? Quiere decir que Obie elige mujeres de un tipo físico similar al de su
madre. Nina es así, igual que la Bonner, según pudiste comprobarlo por el
retrato. No se te había ocurrido eso, ¿eh? Y seguirás pensando...
—Vete —le dije.
La sospecha se rió de
mí.
Maldije furioso.
—No conseguirás que
haga lo que te propones. Esos diarios...
—Sería una treta sucia
mirarlos, ¿eh? Aunque sólo pasaras las páginas en busca de una cosa y trataras
de no leer o recordar lo demás. Pero vas a hacerlo.
—¿Estás segura?
—Seguro que sí, porque
ahora que me tienes a mí, será aún peor si no lo haces, pues será la única
manera de librarte de mí. ¿Amas a Nina?
—No sé.
—Anoche creíste que
sí. Así se lo dijiste. Pero no podrás volver a quererla si no compruebas que
estoy equivocada. ¿Te parece justo cambiar con ella por una sospecha como yo,
cuando puedes librarte de mí para siempre echando un vistazo a esos libros?
—¿Pero y si no
hallo... ?
—No te aflijas, si
está allí lo encontrarás. Y si figura Obie en el libro, no te resultará difícil
reconocerlo, aunque haya puesto otro nombre. Además, puedes pasar por alto esta
semana pasada y no leer nada de lo que haya escrito respecto a ti.
—Está bien, maldita.
—Ahora sigue
durmiendo. Luego irás a su casa y...
Me levanté de la cama
y me vestí. Aún cuando eran apenas las seis y media de la mañana, no podía
quedarme recostado y pensé que iría a despertar a Nina para desayunar con ella.
Cuando llegué a su
casa eran las siete. Me recibió sorprendida y preocupada por mi cara de
cansancio. Le aclaré que no había podido dormir y había resuelto tomar el
desayuno con ella. Como aún era temprano me dijo que la esperara leyendo en el
sofá mientras se bañaba y se vestía para salir luego. Tomé una revista y me
eché en el sofá mientras la oía moverse de un lado para otro y al rato cerré
los ojos para pensar sobre la sospecha que me había traído a casa de Nina.
Seguramente debí
quedarme dormido, pues cuando pasé la vista a mi alrededor sólo descubrí una
nota sobre la mesa. Decía así:
"Queridísimo:
Te vi dormido y me dio pena despertarte. Hoy no trabajaré mucho. Mi cita de las
nueve me llevará por lo menos una hora, pero quizá, no haga ninguna otra visita
y me vuelva a casa. Si hago otras serán muy breves; estaré de regreso entre las
diez y media y las once. Si despiertas antes, prepárate el desayuno y espérame.
Haré algo de comer y nos iremos a pasar la tarde solos en el campo. ¿Qué te
parece?
Cariños
de Nina."
Aquella nota me hizo
avergonzar de mis ideas, pero la sospecha habíase adentrado mucho en mi alma, y
ya no podía desviarme de mis planes.
Me dirigí hacia el
dormitorio, y luego de un rápido examen de los cajones encontré la llave del
escritorio. Un minuto más tarde me hallaba otra vez sentado en el sofá con el
ultimo volumen del diario de Nina.
Pasé con
rapidez las páginas en blanco hasta hallar la entrada más reciente, fechada el
17 de julio, a las 9,15 p. m., o sea, el viernes por la noche, un momento
después de haberle telefoneado yo. La anotación comenzaba: Acaba de llamar
S. para decir que desea venir. Deseo que venga, pero estoy demasiado fatigada y
necesito descanso, y si viene ya sé lo que va a pasar. Me acostaré no bien
termine de escribir...
Logré detenerme en ese
punto, recordando que había resuelto no escudriñar la vida privada de Nina más
de lo estrictamente necesario. Lo que hubiese escrito de mí no era cosa de mi incumbencia.
Volví las páginas
hasta una semana antes de encontrarme con ella, leyendo sólo las fechas de tres
anotaciones, dos breves y una de varias páginas, que había hecho durante el
período de nuestras relaciones, mas no pude menos que notar que mi inicial se
repetía con frecuencia en la entrada más larga, que estaba fechada el martes
por la tarde. Mucho hubiera dado por leerla, pero mi conciencia no me lo
permitió.
Estudié al vuelo las
otras anotaciones, casi todas breves, que cubrían un período de un mes y
trataban casi todas ellas de su trabajo de visitadora social. Los nombres
figuraban enteros o abreviados más por conveniencia que por el deseo de
disfrazarlos. Vi Anna Choj. varias veces. Aparentemente, Nina usaba las
iniciales sólo para las anotaciones que versaban sobre asuntos clandestinos.
Ese detalle me permitió pasar las paginas con más rapidez hasta que llegué al
mes de mayo.
Me llamó la atención
una fechada el 20 de mayo porque no parecía contener nombres ni iniciales. Le eché
un vistazo y en seguida me puse a leerla con profunda atención. Decía:
Ya
ha pasado una semana y creo que me he repuesto de lo peor. Pero me alegro de
que ocurriera; ha sido la experiencia más maravillosa y el mes más hermoso de
mi vida. Sí, me alegro de que ocurriera. Y naturalmente, sabía que no podía
durar. Además, el riesgo era tremendo; si hubiera sospechado siquiera de mí,
habría perdido mis dos empleos, y quizá habría tenido que irme a otra ciudad
para reiniciar mi vida; hubiera sido terrible. Sin embargo, no pude
evitarlo...,
Sentí una sensación
extraña en el estómago. No terminé de leer aquella parte y pasé varias páginas
más hacia atrás. Mayo 7, 4 a. m.
De
nuevo vino O. después de medianoche; hace unos minutos que se fue. Lo amo, lo
amo, y no puedo quererlo. Debo esforzarme para que nuestras relaciones sean
sólo físicas, como lo son para él. ¿Pero cómo es posible? ¡Dios mío!, estas
últimas horas... Es maravilloso; es todo lo que puede ambicionar una mujer.
Debo estar loca para...
Me volví al oír que se
abría la puerta y vi a Nina parada en la abertura. Me miraba sonriendo. Aún no
había notado lo que se reflejaba en mi cara.
—Sam, el señor Wolfram
tuvo que irse cuando empezábamos a conversar. Como me vi libre, se me ocurrió
volver en seguida y...
Recién entonces debió
haber notado mi expresión. Luego vio el libro que tenía sobre las piernas y el
cajón abierto del escritorio.
Hizo entonces lo que
más nos convenía a ambos: palideció llena de rabia, adelantóse hacia mí y me
arrancó el libro de la mano, arrojándolo al suelo. Después me abofeteó una y
otra vez, sacudiéndome la cabeza con sus fuertes golpes. Mientras tanto me
insultaba con voz monótona, empleando términos que jamás había oído antes en
boca de una mujer.
Nada pude decir. Luego,
sin saber cómo, me encontré fuera del departamento, la puerta ya cerrada a mis
espaldas, y sin haber pronunciado una sola palabra.
Descendí la escalera y
fui hacia la esquina en procura de mi automóvil.
2
A pesar de estar
desierta, mi casa me resultó un refugio agradable. Había regresado a ella en
lugar de huir. Lo familiar del moblaje me ayudó a ver las cosas con un punto de
vista más amplio.
Ahora comprendía que
mi aventura con Nina no era otra cosa que un amorío pasajero. Hubiera deseado
que terminara de manera más agradable; pero al menos su terminación fue
definitiva para ambos. Ya no deseaba volver a verla nunca más.
Jamás olvidaré aquella
risita y el motivo de la misma.
¿Pero y respecto a
Obie? No sus amores; éstos no me concernían. Sus crímenes eran lo que me
interesaba. No tenía nada más que mi presentimiento y mis sospechas, mas
ninguna prueba concreta. Empero, con aquella sospecha y con todos los informes
que había podido recoger, ¿ahora tenía derecho a dejar de lado el asunto y
olvidarlo?
No. Ahora tenía
suficientes detalles, por vagos que fueran, que me servirían para hablar con el
jefe Steiner. Podría contarle todo lo que había logrado averiguar.
Después le
correspondería a él solucionar el caso, y aunque se riera de mí, yo me habría
librado de la responsabilidad. Y quizá no se riera. Tal vez conseguiría
convencerlo lo suficiente como para que investigara un poco.
Mas hoy no. Todavía
sentíame demasiado molesto por lo de Nina para desear hacer nada. Además, no
tenía muy lúcido el cerebro, y deseaba hablar con claridad cuando explicara el
caso a Steiner.
Maté un poco de tiempo
poniendo las cosas en orden y cuando se aproximó el mediodía decidí proveerme
de comestibles a fin de comer en casa. De inmediato hice un viaje al mercado
más próximo.
La preparación del
almuerzo y el lavado de los platos me tuvo ocupado hasta las dos, hora en que
sonó la campanilla del teléfono. Era Harvey Whelan.
—¿Estás bien, Sam?
—Perfectamente —le
aseguré.
—¿Eso que te trajo a
la ciudad ya está arreglado?
—Por completo.
—Magnífico. Nosotros
también volvimos antes de lo que pensábamos. Llegamos anoche. Nos aburrimos de
jugar a las cartas los dos solos. Esta tarde vamos a tener una partida de
pócker de siete, si es que puedes venir; ya hay otros cuatro.
—Encantado. ¿A qué
hora?
—Lo antes que puedas.
Ya somos cinco los que empezamos. Te llamamos dos veces hace una hora, pero no
estabas en casa.
—Salí de compras.
Bien, estaré allí dentro de media hora.
La partida no se
interrumpió hasta la medianoche y me fui a casa con cuarenta y dos dólares de
ganancia.
1
Domingo
Me despertó la
campanilla del despertador y aún era noche oscura. Pero cuando tendí la mano y
apreté el botón que debió acallarla, siguió sonando tanto como antes. No era
constante; se detenía unos segundos cada tanto y volvía a empezar. En esos
minutos de silencio, con el reloj en la mano, me di cuenta de que éste no
sonaba, ni siquiera funcionaba, a pesar de ser eléctrico. Las manecillas
luminosas indicaban las tres y cinco. Era el timbre de la puerta. Alguien
estaba llamando. Posé los pies en el suelo y comencé entonces a ordenar un poco
mis ideas. Al avanzar a tientas hacia el interruptor de la luz, me dije que
Millie había llegado en un tren nocturno. Luego recordé que Millie tenía su
llave y no se molestaría en tocar el timbre. De modo, pues, que debía ser un
telegrama que llegaba a altas horas de la noche, cosa que siempre indica una
mala noticia, por lo menos hasta que uno lo lee. Quizá había fallecido alguien,
y la única persona que podía mandarlo sería Millie, a quien seguramente le
había sucedido algo serio. El timbre seguía sonando y a mí me era imposible
hallar el interruptor de la luz. Al fin lo encontré, lo hice funcionar y no
sucedió nada. No hubo luz, y el timbre siguió llamando mientras avanzaba a
tientas hacia la puerta del corredor, salía a las tinieblas impenetrables que
lo llenaban por completo y apretaba más el paso antes de que se fuera el
mensajero.
Más aprisa, más
aprisa. Mi mano tocaba la pared del corredor para guiarme así hacia la
escalera. Más aprisa. El timbre dejó de sonar para reiniciar de nuevo su
llamada al cabo de unos segundos. Luego cesó el sonido. El mensajero se iba
porque para ese momento se habría convencido de que yo no estaba en casa. Mi
diestra buscó a tientas la perilla en lo alto de la baranda, mi mano izquierda
seguía tocando la pared. Caminaba con más rapidez de la que debía. Fue mi mano
izquierda la que me salvó al tocar el interruptor de la luz en lo alto de la
escalera. Todavía no había ordenado mis pensamientos; pero me di cuenta de que
podría bajar con más rapidez la escalera si tenía luz. Me detuve e hice
funcionar el interruptor. El mismo sonido que en el dormitorio, y el mismo
resultado. Pero el hecho de que me detuviera para moverlo me salvó de caer
rodando por el largo tramo de escalones hacia el piso bajo. En efecto, me había
echado un poco hacia atrás cuando adelanté mi pie para iniciar el descenso. Mis
dedos desnudos golpearon algo que había en medio del paso. El impulso que le di
fue bastante fuerte, pues todavía tenía prisa por descender.
El objeto que empujé
con el pie cayó estrepitosamente por los escalones. Estuve a punto de perder el
equilibrio y caer en su seguimiento, pero mi diestra halló la perilla de la
baranda y me retuvo. Caí, pero hacia atrás y no hacia la escalera. Creo que
también dejé escapar un grito de dolor, pues tuve la impresión de haberme
destrozado el dedo con el golpe.
El objeto que empujara
saltó sobre los escalones y fue a dar en el piso bajo con un tremendo golpe que
pareció sacudir toda la casa. El timbre de la puerta dejó de sonar súbitamente.
Y en el súbito
silencio que siguió oí pasos que corrían por el pórtico hacia la acera. Luego
un sonido de algo que raspa contra algo espero y después volvió a reinar el
silencio.
Si hubiera corrido de
inmediato al dormitorio del frente para asomarme a la ventana, es probable que
le hubiese visto. Mas no lo hice; en ese momento estaba demasiado aturdido para
hacer nada. Si algo se me ocurrió, fue únicamente la idea de que se iba el
mensajero sin dejar el telegrama. Recién unos segundos después, cuando me hube
puesto de pie y me paré en lo alto de la escalera con la intención de bajar,
tuve la convicción de que había algo raro en lo sucedido, de que los mensajeros
del correo no huyen al descubrir que no hay nadie en una casa, y que no se
entregan telegramas durante la noche si es posible trasmitirlos por teléfono...
Por otra parte, yo no había dejado ningún objeto pesado en lo alto de la
escalera.
Fuera como fuese, el
que tocara el timbre ya se había ido. Y ahora lo más importante era tener luz.
Volví cojeando al
dormitorio, hallé mis pantalones y saqué fósforos de uno de los bolsillos. Al
rascar uno ya tuve un poco de luz. Cambié el fósforo por una vieja linterna que
había en uno de los anaqueles del ropero. Con la ayuda de la linterna me
iluminé por el corredor y escaleras abajo.
A un metro y medio del
último vi mi máquina de escribir portátil, salida a medias de un estuche
destrozado. La última vez que la viera había estado junto a la puerta de
entrada y dentro de su estuche. Habíala dejado allí a fin de llevarla a limpiar
el lunes, cuando volviera al trabajo.
¿Pero cómo llegó a lo
alto de la escalera? Durante las últimas horas de la partida de poker habíamos bebido
un poco; pero estaba muy sobrio cuando llegué a mi casa, de modo que no pude
haber subido la máquina para dejarla en lo alto de la escalera y en medio del
paso.
Al mirar por el
cristal de la puerta no vi otra cosa que el pórtico, el patio, la acera y la
calle, todo ello iluminado por la luz amarillenta del farol público situado a
media cuadra de distancia. Todavía pensaba en la posibilidad del telegrama, y
abrí para ver si no me habían dejado una tarjeta de aviso clavada a la puerta
con un alfiler.
No había nada, salvo
el silencio y la calle desierta.
Ningún automóvil
habíase alejado después que oí aquellos pasos que corrían, de ello estaba
seguro. ¿Pero qué había sido ese ruido que oyera? Luego, al adivinarlo, empecé
a sentir temor.
Una bicicleta apoyada
contra el cordón podría haber producido ese sonido al ser levantada. Sería el
rozar del pedal contra el cemento.
Volví al interior de
la casa oscura y cerré la puerta con llave. En ese momento recordé que las
luces del piso bajo correspondían a un circuito separado del que había en el
piso alto. Hice accionar el interruptor del hall y se encendieron las
bombillas.
Lo mismo hice aí
entrar en el living-room. Ahora estaba muy despierto y bastante asustado. Miré
hacia el teléfono, preguntándome si debía telefonear a la policía.
Se me ocurrió una idea
mejor. Obie —si él era— habría partido hacía menos de cinco minutos. En
bicicleta tardaría lo menos diez o quince minutos en volver a su casa. Otros
cinco para desvestirse y acostarse. Si telefoneaba a casa de los Westphal y
pedía a los padres que fueran al dormitorio del muchacho... Bien, Obie tendría
mucho que explicar.
Había olvidado el
número, pero no tardé más de un minuto en encontrarlo en la guía y efectuar la
llamada. Oí el sonido que indicaba que llamaba el aparato y me quedé esperando,
mientras pensaba en lo que iba a decir.
Mas no me contestaron.
Al cabo de un momento intervino la voz del operador para decirme:
—No contestan. ¿Sigo
llamando?
Le dije que sí, que
era importante.
Unos minutos más y me convencí
de que me habían burlado. Obie tendría que haber tomado en cuenta aquella
posibilidad y fácilmente podría haber enmudecido la campanilla del aparato a
fin de que no se oyera en el piso alto.
Y ésta no era la
primera aventura nocturna del muchacho. En el diario de Nina existía la prueba
de una más por lo menos. Seguramente había ideado el método largo tiempo atrás
a fin de que ninguna llamada telefónica despertara a sus padres mientras él se
hallaba ausente.
De mala gana volví a
poner el receptor en la horquilla.
¿La policía? Ya era
demasiado tarde. Si no estaba en su casa, habría llegado y estaría en cama para
el momento en que yo lograra convencer a las autoridades de que enviaran a un
agente a despertar a ua ciudadano respetable en mitad de la noche.
Allí sentado comencé a
temblar de frío, de modo que me fui al piso alto con mi linterna y me puse
zapatillas y una salida de baño.
2
Bajé al sótano para
arreglar las luces del piso alto. Naturalmente, sería un fusible fundido. Así
era, y lo cambié en seguida. El muchacho no habría tenido necesidad de bajar
hasta allí; fácilmente hubiera podido fundir el fusible en el piso alto, al
bajar allí la máquina de escribir; no tuvo más que desenroscar una bombilla del
corredor y provocar el corto circuito con un destornillador de bolsillo u otro
instrumento similar.
Me fui a la cocina y
puse la cafetera al fuego. Luego subí a vestirme. Hubiera sido inútil que
volviera a acostarme.
Además, tenía miedo de
hacerlo. ¿Y si volvía a intentarlo de nuevo? No, no creí que lo hiciera esta
noche. Quizá alguna otra vez y por otro medio.
¿Descompondría la
dirección de mi Buick? ¿O qué? Fuera lo que fuese, sería algo que diera la
impresión de un accidente. Obie sólo mataba así. Fácilmente podría haberme
estrangulado en el lecho o aplastado mi cabeza a martillazos. Me llevaba
suficiente ventaja en tamaño y fuerza como para que yo no hubiera podido
impedírselo si despertaba a tiempo.
De regreso en la
cocina, me serví el café y noté que me temblaba la mano al verterlo en la taza.
¿Y por qué no? Era la primera vez que intentaban matarme.
No volvería a estar
seguro mientras Obie se hallara en libertad.
¿Pero cómo se había enterado?
Aparté de mí esa idea porque pensé en algo de
importancia más inmediata, algo que debía hacer en seguida, aun antes de llamar
a las autoridades.
Millie estaba primero.
Era necesario que le telefoneara a casa de su hermana para avisarle que se
quedara allí hasta que le avisara yo de que todo marchaba bien. Era domingo y
tal vez pensaba tomar el primer tren de la mañana.
Pude comunicarme sin
demora. Millie debe haber despertado e ido al teléfono cuando lo hizo su
hermana, pues me atendió no bien pregunté por ella.
—Millie, ¿cuándo
piensas volver?
—Hoy, querido. En el tren
de las nueve, que llega a las tres y veintidós. ¿Me esperarás en la estación?
Iba a telefonearte para pedírtelo si ya habías vuelto del lago.
Todo marchaba bien; si
Millie me pedía que la esperara, se arreglaría nuestra diferencia. Además, lo
noté en su voz.
—No vengas, Millie —le dije—. Tendrás que aceptar mi
palabra y confiar en mí. Quiero que te quedes allí hasta que yo té avise. Es
algo que no puedo explicar por teléfono.
—No comprendo, Sam. ¿No quieres que...?
—Millie, lo que más
deseo es que vuelvas. Te amo con todo mi corazón —le dije, y fui completamente
sincero—. No es nada que nos concierne a nosotros. Pero es muy importante que
te quedes allí un tiempo, quizá un día o dos más. Ya te contaré todo cuando
regreses, ¿No confiarás en mí hasta entonces?
—Claro que sí. Pero...
¿Estás en peligro?
Volvería si le
contestaba que sí.
—No —repuso—. En
dificultades sí, pero no en peligro. Y es algo que tengo que arreglar antes de
que vuelvas. ¿Me amas?
—Sí; me ha dado cuenta
de ello al estar alejada de ti. Esta separación de una semana fue una idea
magnífica. ¿Pero no puedes decirme de qué se trata?
—De veras que no, por
lo menos por teléfono. Eso sí, te prometo que si dura más de unos pocos días,
iré allí a contártelo todo.
—Bien, Sam. Hasta
pronto.
—Hasta pronto,
encanto.
Por un momento, luego
de cortar, tuve la idea de ir a verla en seguida. Quería contárselo todo...,
todo menos algo que jamás le diría. Y eso que pensaba ocultarle no significaba
ya nada para mí; era como si jamás hubiera sucedido.
Pero debía esperar
hasta haber hablado con Joe Steiner. Su reacción ante lo que le dijera sería un
factor importante en mi decisión respecto a la manera de seguir protegiendo mi
vida. Si tomaba en serio o iniciaba una investigación, averiguaría la verdad. Y
si Obie era un asesino, lo haría encerrar en un establecimiento para maniáticos
homicidas.
Y aunque Steiner se
riera de mí y me dijera que estaba loco, sería mejor que se lo hubiera dicho. Aunque
para ello tuviera que hablar con él, me ocuparía de que Obie supiera que lo
había contado todo a la policía, y que si me sucedía algo, las autoridades no
aceptarían la teoría de un accidente. Además, le diría que no seguiría adelante
con mi investigación, que ahora estaba protegido y había cumplido con mi deber
de informar de todo a la policía.
Luego me retiraría del
caso. Tendría que hacerlo si deseaba que volviera Míllie a casa. Demasiado
había hecho ya por mi cuenta; de ahora en adelante pasaría la responsabilidad a
Steiner, con quien debí haber hablado desde el principio, por más vagas que
hubieran sido mis sospechas. ¿Por qué no lo hice? Quizá mi aventura con Nina me
tuvo aturdido, impidiéndome pensar con claridad.
Recién eran las seis,
de modo que me convendría esperar un par de horas antes de telefonear al jefe
para preguntarle a qué hora podría conversar con él un rato.
Un par de horas que
darían tiempo para buscar la respuesta de dos detalles aún oscuros.
¿Quién me siguió en un
auto aquella tarde en que Obie estaba en su casa? No acepté la posibilidad de
que el muchacho tuviera un cómplice. Obie tenía que ser un asesino solitario
para que la idea que me había formado de él fuera acertada.
El otro problema era
igualmente intrigante. ¿Por qué había tratado de matarme?
No vi cómo pudo
haberse enterado de que estaba investigando sus actividades. ¿Sería por el
doctor Wygand? No; hubiera apostado hasta mi último centavo a que el viejo
galeno no había repetido a nadie lo que le preguntara yo acerca de los
Westphal. Y ningún otro de los que hablaran conmigo podían haber sospechado ni
siquiera remotamente cuál era mi interés por Obie. Salvo quizá...
¿Nina? No me parecía
lógico que Nina lo hubiera llamado después que nos separamos. No era lógico,
pero podía haber sucedido. Las mujeres suelen hacer cosas raras. Tal vez quiso
informarle de que yo estaba enterado de sus relaciones. Quizá usó aquello para
conquistarlo una vez más, aunque fuera por una sola noche. Mas no podía haberle
dicho que yo sospechaba de sus crímenes, pues tampoco ella lo sabía.
Un momento. Pudo
habérselo dicho sin saberlo, si es que conversaron sobre mí. Pudo haberle
mencionado mi interés por él, las preguntas que formulara sobre su persona, agregando
que había inquirido también acerca de los accidentes fatales que sucedieran en
la escuela. Obie habría entendido perfectamente la relación entre una y otra
cosa, adivinando de inmediato el motivo de mi interés.
Únicamente así podía
haberse enterado de que yo conocía sus actividades.
Me serví otra taza de
café, agotando así el contenido de la cafetera. Luego preparé mi desayuno para
echar algo sólido al estómago. Ya era de día; una hora más y podría llamar a
Steiner.
Pero, ¡qué diablos!,
¿cómo iba a explicarle el asunto sin introducir el nombre de Nina en la
narración? ¿Cómo explicaría que Obie se había enterado de que yo le estaba
siguiendo la pista? Por un momento no supe cómo solucionarlo; luego me sentí
mejor al darme cuenta de que Steiner no vería el problema si le informaba que
había interrogado a mucha gente que conocía al muchacho. Parecería muy natural
que Obie se enterara si no insistía yo sobre los cuidados que había tomado para
evitarlo.
A las nueve en punto
llamé por teléfono a Steiner.
3
—Lo siento —me
contestó una voz femenina—. No está en casa .
—¿No sabe dónde podría
comunicarme con él?
—Hoy no va a ser
posible. Se fue a pasar el fin de semana pescando.
¡Maldición!
—¿No sabe cuándo
regresa?
—Mañana a primera
hora, e irá directamente a su despacho para llegar allí a las nueve, como de
costumbre.
¡Tendría que esperar
veinticuatro horas más!
—Se trata de algo muy
importante —manifesté—. ¿No sabe dónde está pescando? Iré yo mismo si es que
hay alguna posibilidad de encontrarlo.
—Dijo que iba al río,
pero no mencionó lugar determinado. Pensaba alquilar un bote.
Comprendí lo inútil de
mis esfuerzos y le di las gracias.
—Perdone usted, pero
si es asunto de la policía, su despacho está atendido por el capitán Kuehn —me
informó.
Volví a agradecerle
antes de colgar el tubo. Hubiera sido inútil contarle el caso a Kuehn, de quien
sabía que era hombre escéptico y sarcástico, aparte de no ser amigo mío. Claro
que si moría yo accidentalmente una semana o dos más tarde, recordaría mi
relato y trataría de investigar las causas, mas de nada me serviría a mí su
tardía intervención.
Tendría que esperar el
regreso de Steiner, mas no iba a hacerlo quedándome en casa para ofrecerle así
otra oportunidad a Obie. Me trasladaría a un hotel del centro. En la mañana
llamaría al Herald para avisar que llegaría una hora o dos más tarde y
así podría hablar con Steiner.
Recorrí de nuevo la
casa, poniendo en orden las cosas y cerrando las ventanas. Habían quedado
abiertas dos del piso bajo, motivo por el cual no me extrañó que Obie hubiera
podido entrar. Después puse algunas prendas en una maleta y salí de allí.
Antes de sacar el
coche del garaje y de poner en marcha el motor, levanté la tapa del mismo para
examinarlo todo cuidadosamente, en especial el mecanismo de la dirección. No vi
nada fuera de lugar; al parecer aún no se le había ocurrido la idea a Obie. No
obstante, tuve la precaución de no viajar en demasiada velocidad mientras me
trasladaba al centro.
Alquilé un cuarto en
uno de los hoteles más pequeños y puse el coche en la playa de estacionamiento
vecina. En el vestíbulo del establecimiento me apoderé de algunas revistas y
pasé el día leyendo.
Después de cenar, a
eso de las seis, se me ocurrió que tal vez sería aconsejable que me quedara
varios días en el hotel, según lo que decidiera Joe Steiner en base a mi
relato. No había tenido en cuenta la posibilidad cuando preparé mis ropas, de
modo que ahora me sería necesario ir a buscar más prendas. Me dije luego que el
momento más oportuno sería el presente.
Saqué el Buick de la
playa de estacionamiento y me dirigí de regreso a mi casa.
Mas no llegué a ella.
Al doblar la esquina de mi cuadra vi un coche estacionado junto a la acera
opuesta, frente a mi domicilio.
Se trataba de un coupé
negro, modelo 1930..., el mismo que me siguiera el viernes por la tarde cuando
salí de la ciudad.
De haber tenido tiempo
para pensar, es fácil que me hubiera asustado. Mas no lo tuve. Desvié mi coche
y lo estacioné detrás del coupé.
4
Como la ventanilla posterior
del coupé era bastante pequeña, no había podido ver aún quién lo ocupaba. Eso
sí, el otro debió haberme reconocido a mí o al Buick, pues oí el arranque no
bien detuve mi coche. Mas antes de que pudiera ponerlo en marcha ya había
saltado a tierra y estaba a su lado.
Vi una cabellera
rojiza y un par de ojos desafiantes. Era Pete Brenner, el íntimo amigo de Jimmy
Chojnacki.
—Hola, Pete —le dije.
No me contestó.
—¿Por qué me siguió el
otro día, Pete? ¿Por qué me esperaba aquí ahora? —agregué en tono calmoso.
Sólo deseaba la
verdad; no quería pendencia.
—Usted debería saberlo
—gruñó—. Es por Jimmy Chojnacki.
—¿Qué hay con Jimmy?
—Me puse a pensar
después que hablamos. El accidente me pareció muy raro, y opino que quizá lo
mataron.
—Es usted un chico listo,
Pete —declaré—. Yo también opino lo mismo. ¿No le gustaría saber quién fue?
—Claro que sí. Era mi
mejor amigo.
Me apoyé contra el
coche.
—Magnífico. Entonces
podemos conversar. ¿Pero por qué no vino a verme cuando se le ocurrió esa idea?
¿Qué necesidad tenía de seguirme?
—¿Por qué había de
confiar en usted? No sabía qué intenciones tenía.
—¿Intenciones? ¡Qué
diablos! ¿Acaso no le mostré mi carnet de periodista? Soy reportero.
—Pero estaba de
vacaciones el día que habló conmigo. Lo sé precisamente porque fui a hablar con
usted después que me puse a pensar en Jimmy. ¿Comprende? Después me puse a
pensar también en usted. Quería saber qué se proponía si es que no estaba
trabajando. El hecho de que me diera esos cinco dólares por nada me llamó la
atención.
Sí, ahora comprendía
mi error. Debí haber contado la verdad al muchacho; de ese modo habría
conseguido más de él que a cambio de cualquier suma de dinero. Bien, ahora
tenía una oportunidad de rectificar el error.
—Comprendo que le haya
parecido raro, Pete —expresé—. Pero tenía entre manos algo grande y quería
andar con precaución. Por eso le di los cinco en lugar de explicarle.
—¿Y lo de sus
vacaciones?
—Las cambié por una
oportunidad de conseguir una noticia importante, eso es todo. Vamos a casa;
allí podremos hablar con tranquilidad.
—Podemos hablar aquí
—repuso con recelo.
—Seguro, pero allá
estaremos más cómodos. Creo que a Jimmy lo asesinaron; creo que sé quién lo
mató..., pero no se lo diré estando aquí parado.
—Está bien —contestó, apeándose
del auto para seguirme hasta el pórtico.
Me incliné para
insertar la llave en la cerradura y sentí algo duro que se apoyaba contra mi
espalda.
—Quédese quieto —me
dijo—. Quiero ver si está armado antes de entrar con usted.
Me quedé inmóvil,
permitiéndole que me palpara en busca de armas. Después hice girar la
llave, entré y encendí la luz del vestíbulo. Miré a mi alrededor con atención
antes de decirle:
—Vamos a la cocina.
Voy a tomar una lata de cerveza. ¿Quiere una?
—Seguro.
Cuando estuvimos sentados
a la mesa, manifesté:
—Escúcheme, Pete, no
hay razón para que no se lo cuente, aunque sea para practicar el discurso, ya
que mañana por la mañana se lo diré todo al jefe de policía. Pero quiero que me
haga dos promesas antes de hablarle del asunto. La primera es que guardará
reserva respecto a esto y no dirá nada a nadie. ¿Convenido?
—Convenido.
—La segunda, es que no
tratará de hacer nada por su cuenta si le confío lo que sé. Nada de venganzas
privadas; dejaremos el asunto en manos de la policía.
—Está bien.
—Bueno. ¿De veras
tiene un arma?
—No, fue un trozo de
caño lo que le puse en la espalda.
—Muy bien, escúcheme
ahora: creo que Obie Westphal fue quien mató a Jimmy.
El muchacho rompió a
reír y esperé que terminara. Cuando dejó de hacerlo se puso a mirarme con gran
fijeza.
—¿De dónde diablos ha
sacado esa idea?
Se lo expliqué,
comenzando por el principio. Lo único que dejé de lado fue lo del complejo de
Edipo y la participación de Nina. Pero me explayé sobre los accidentes de la
escuela, le conté lo de la playa de maniobras del ferrocarril, así como todo lo
demás, dando un énfasis especial a lo ocurrido la noche anterior.
—¡Dios mío! —exclamó
cuando hube finalizado.
Era evidente que me
creía.
—¡Dios mío! —repitió—.
Ojalá me lo hubiera contado el miércoles. Fui yo el responsable de lo que pasó
anoche. Ayer por la tarde hablé con Obie para ver qué sabía de usted.
Me alegró oír la
noticia, aunque no pude expresarlo así. Me aliviaba saber que no era Nina quien
se lo había dicho a Obie.
—No fue suya la culpa,
Pete —manifesté—. Olvídelo. Pero ahora que sabe cómo fueron las cosas, ¿no
puede decirme nada más? ¿Hay algo que no me contó el miércoles?
Meneó la cabeza con
lentitud.
—No. Pero le diré lo que
me pasó. Después que me hizo usted todas esas preguntas, me puse a pensar en lo
que le pasó a Jimmy y comencé a hacerme la idea de que quizá lo habían matado.
No tenía tantos informes como usted, ya que ignoraba que el padre de Obie
hubiera pagado el funeral o que Jimmy tuviera la cartera del otro cuando murió.
Pero pensé como usted en el ruido infernal que hace el coche cuando sube la
primera cuesta del tren de diversiones, y me dijo que Jimmy tenía que haberlo
oído por fuerza.
Asentí.
—Mucho pensé aquella
noche. La mañana siguiente renuncié a mi trabajo, aunque no por eso, sino
porque ya lo tenía decidido de antemano y porque puedo conseguir otro mejor.
Quería hablar con usted; por eso fui al Herald. Conozco a Billy Newman,
uno de los mensajeros. A él le pregunté dónde podía verle y me dijo que estaba
de vacaciones y se había ido a pescar fuera de la ciudad. No era esto lo que
usted me había dicho, y entonces comenzó a picarme la curiosidad y decidí
vigilarlo un tiempo para ver qué tenía entre manos. Aquella noche vine aquí
temprano. Al ver las luces encendidas me di cuenta de que no estaba usted fuera
de la ciudad, como pensaban en el diario.
—¿Y me siguió aquella
noche?
—Sí, hasta el Bar de la
Prensa, a eso de las nueve. Después lo vi volver a su casa a las once y
acostarse. Por lo menos vi que se apagaban las luces, de modo que me fui a
casa. Esto no me aclaró nada, de modo que volví al mediodía siguiente, le seguí
hasta un restaurante, comí algo en el café de enfrente, y continué tras usted
cuando salió por la carretera 71. Fue entonces cuándo me descubrió.
»Después de eso
comprendí que reconocería usted mi coche y que tendría que renunciar a
seguirlo. Pensé un poco más y recordé que me había preguntado algo acerca de
Obie Westphal, de modo que ayer por la tarde fui a buscarlo y le pregunté si lo
conocía. Dijo que no y quiso saber de qué se trataba. Naturalmente, le informé
que usted había estado preguntando cosas sobre Jimmy y luego sobre él. Así es
cómo lo descubrió.
—¿Pero qué hacía aquí
ahora? —le pregunté—. Supongo que no pensaría seguirme de nuevo con ese mismo
coche, ¿eh?
—No; había decidido
hablarle y estaba esperando que viniera. Pero cuando detuvo el coche detrás del
mío, me asusté un poco. Por eso hubiera escapado si hubiese podido hacerlo a
tiempo. Oiga...
—¿Qué?
—Dice que la noche que
siguió a Obie, éste se fue a pasear por la playa de maniobra. ¿Qué hora era?
—Salió de su casa a
eso de las nueve y volvió alrededor de las diez y media.
—Quizá vuelva a
hacerlo esta noche. Siendo dos los que le vigilamos, no lo perderíamos de
vista.
—Nada de eso —repuse—.
He terminado con el asunto. Mañana hablo con la policía y dejo de jugar a los
detectives. Además..., ¿no le parece que esta noche andará alerta por si lo
siguen?
—Seguro, pero no verá
a nadie. Mi coche no lo conoce; podríamos ir en él y estacionarlo bastante
lejos, de modo que no lo vea. Si sale a pasear y va hacia la playa, no lo
seguimos. Tomamos otra ruta y llegamos primero que él, de modo de estar
esperándole en la oscuridad y seguirle la pista después que entre. Ya para ese
entonces se habrá fijado si lo siguen y estará seguro de que no es así.
—No, Pete. No me
tiente.
—Quizá a usted no le
conviene, si es que él le ha visto. ¿Le parece que ya le conoce?
Medité un momento y
dije que no lo creía. Obie habíase enterado de mi existencia recién el día
anterior. En ese momento estaba yo jugando al pócker en casa de Harry Whelan y
no regresé a la mía hasta la medianoche. Aunque el muchacho hubiera estado
vigilando y me hubiese visto entrar, lo habría hecho desde lejos y en la
oscuridad. Recordé haber entrado directamente en el garaje y cerrado las
puertas desde el interior. No pudo haber visto más que una sombra cuando crucé
la puerta lateral del garaje a la de servicio de la casa. Y esta mañana habíame
trasladado al hotel muy temprano, quedándome en el centro durante todo el día.
—Pero a usted lo
conoce, Pete —objeté.
—No se aflija por mí;
yo sé cómo evitar que me vea. —Se puso de pie—. De todos modos, voy a
intentarlo. Si la policía va a seguirlo después que hable usted con ellos, sólo
dispondré de esta noche para darme el gusto de observarlo por mi cuenta.
—Lo más fácil es que
no salga esta noche.
Sonrió el muchacho.
—¿Entonces qué podemos
perder? Probaré por una hora o dos. Hasta la vista.
Comprendí que no
podría impedírselo, y no quise que fuera solo.
—Espere —le dije—. Yo
lo acompaño, pero sólo hasta las diez —consulté mi reloj, viendo que eran las
siete y media—. Pero primero déme unos minutos. Vine a buscar algunas cosas y,
ya que estoy aquí, voy a hacerlo. Después nos llevaremos los dos coches hasta
que estemos a unas cuadras de la casa de Obie. Luego seguiremos en el suyo. Así
no tendré que volver hasta aquí y usted no tendrá que llevarme al centro.
Así lo hicimos. Pete
estacionó su coupé a una cuadra de distancia, pero en un punto desde el cual
podíamos ver la cerca y la entrada de la residencia de Westphal. También
estábamos lo bastante lejos como para maniobrar e irnos de allí si Obie tomaba
la dirección opuesta a las playas ferroviarias.
Abrigué la esperanza
de que el muchacho se quedara en su casa y no sucediera nada.
A las nueve menos
cuarto lo vimos salir de su casa y echar a andar hacia las playas de maniobras.
Teníamos tiempo de
sobra; Obie tardaría lo menos veinticinco minutos en llegar a destino, y
nosotros podíamos cubrir la distancia en cinco minutos con el coche, aunque
tomáramos una ruta más larga para no tener que pasarlo. Así, pues, Pete esperó
cinco minutos más antes de poner en marcha el motor. Para entonces el otro se
hallaba una o dos cuadras de distancia y no podría oírnos.
Mi compañero guió el
coupé con habilidad y sin amenguar la marcha. A media cuadra de la playa lo
introdujo en una calleja y de ella salió a la zona de carga de un gran depósito
de mercancías. Nos apeamos y volvimos a la calle a paso largo, entrando luego
en la playa de maniobras. Obie no había llegado aún.
En esa parte de la
playa no había más que dos cortes de vagones estacionados en la cuarta y la
quinta vía, con un espacio oscuro de por medio. La luna estaba baja en el
cielo; su luz iluminaba los espacios abiertos, mas las sombras eran muy densas
donde no llegaban directamente sus resplandores.
Unos minutos más
tarde, al espiar por entre dos vagones, lo vimos aproximarse desde el mismo
punto en que entráramos nosotros.
—Viene por la misma
entrada que nosotros —comentó Pete—. Pasará por entre estos dos cortes. Vamos
al extremo de la línea a buscar uno vacío para ocultarnos hasta que pase. Después
lo seguiremos.
El consejo me pareció
bueno. Marchamos velozmente entre los vagones, viendo que el único vacío era el
cuarto de la derecha. Pete subió al mismo.
—Venga —me dijo—.
Llegará en seguida.
Vi entonces que
entraba entre los dos cortes de vagones y avanzaba hacia nosotros. Tal vez
enloquecí un poco. El caso es que no subí con Pete, a quien le susurré:
—Quítese de la vista.
Quiero hablar con él. Quédese junto a la puerta, así oye lo que conversamos.
—Está bien, compañero
—respondió, y luego dejé de verlo.
Si Obie podía verme
entre la sombra, sería sólo muy vagamente. Disponía de tiempo para prepararme.
Me quité la corbata, guardándola en el bolsillo. Me bajé el ala del sombrero y
levanté el cuello de mi americana. Agachándome un poco, recogí un puñado de
polvo y hollín que me pasé sobre los zapatos. Después me sacudí las manos y las
pasé sobre mi cara; por suerte no me había afeitado en la mañana, y con la
suciedad encima, mi barba parecía contar varios días. Además, hacía una semana
que tenía puesto el mismo traje sin plancharlo, y su color oscuro no permitía
ver si estaba limpio o sucio. A la luz incierta de la luna, podría pasar por un
vagabundo.
Saqué un cigarrillo,
me lo puse entre los labios y avancé unos pasos para salir al encuentro de Obie.
—¿Tiene un fósforo,
chico? —le pregunté.
—Seguro.
Sacó una caja del
bolsillo y encendió uno, ofreciéndomelo mientras yo acercaba el cigarrillo a la
palma.
Su rostro, iuminado
así fugazmente, me sonrió con simpatía. Su sonrisa era la de un muchacho sano y
limpio; tan natural parecía que tuve que preguntarme si no estaría equivocado,
si una serie de coincidencias no habría...
—Linda noche, ¿eh? —me
dijo.
—Sí —repuse, mientras
hacía un esfuerzo mental para volver a creer lo que creyera antes. Ese chico no
podía ser un asesino. Debía estar en un error.
—¿Recién llega a la
ciudad? —inquirió.
—Sí. ¿Cómo anda el
trabajo aquí?
—Creo que bien. Yo
todavía estudio. ¿Qué trabajo hace?
—Soy linotipista.
Oiga, ¿no sabe...?
Hacia el sur sonó la
pitada de una locomotora y el entrechocar de paragolpes, todo lo cual ahogó las
palabras que comenzara a pronunciar. El corte de vagones y este movimiento puso
la cara de Obie al alcance de la luz lunar. En sus ojos brillaba un entusiasmo
juvenil.
—Subamos —me invitó—.
Me encanta andar en los vagones por la playa de maniobras.
Corrió con paso
ligero, asiéndose de los escalones de un coche que pasaba por nuestro lado.
Vacilé un instante y estuve a punto de abstenerme. Si me hubiera urgido a
seguirlo, si hubiera mirado para ver si lo hacía, era seguro que me hubiese
quedado donde estaba.
Pero el muchacho
ascendía ya por los peldaños hacia lo alto del vagón. El tren no había
adquirido velocidad; me resultó fácil correr y seguirle. Obie estaba sentado en
el caminillo cuando llegué yo a lo alto y se ocupaba en encender un cigarrillo.
—Me gusta viajar así.
Lástima que tendré que dejar de hacerlo cuando empiecen de nuevo las clases.
Con eso de estudiar y jugar al fútbol no me queda tiempo para venir aquí.
¿Usted juega al fútbol?
—No. No tengo físico
para ello —repuse.
Debido al ruido del
tren y al azote del viento, teníamos que hablar bastante alto. Arrojé mi
cigarrillo hacia la noche y cambié de posición para ponerme cómodo junto a la
rueda del freno. Allí se gozaba de bastante fresco. No me extrañó que a Obie le
gustara aquello.
Me volví para decirle
algo que le hiciera hablar de nuevo. Mi mano, que se posaba sobre la rueda del
freno, me salvó de morir en el segundo siguiente.
El empellón que me
arrojó fuera del vagón, lanzándome al espacio entre el mismo y el coche
delantero, fue tan súbito y violento que me hubiera derribado aunque hubiese
estado listo para recibirlo. Pero mi mano izquierda se apretó convulsivamente
sobre la rueda de hierro y quedé colgado entre los dos vagones.
Y Obie se inclinaba
hacía mí, tendiendo la mano hacía mis dedos para soltarlos. Se inclinaba de tal
modo que su rostro quedó en sombras; todavía no sé si, en el momento de cometer
el crimen, era la suya la cara de un estudiante sonriente o la máscara de un
monstruo sediento de sangre. Probablemente sea mejor que no la viera y que no
lo sepa; me habría causado pesadillas toda la vida. No sé cuál de los dos
semblantes habría sido peor.
Durante ese segundo en
que estuve pendiente, pensando que sólo me quedaba un período de vida muy
breve, una parte de mi mente se mantuvo lo bastante serena como para maldecirme
por lo tonto que había sido. Lo sabía, y sin embargo, sin pensar en lo que
decía, habíame puesto en aquella situación. Había estado tan seguro de que no reconocería
en mí a Sam Evans que olvidé por completo el hecho de que en aquellas
circunstancias correría el mismo peligro mortal aunque no me conociera.
Sus manos asieron mis
dedos, esforzándose por soltarlos. Desesperado, traté de asir la rueda con la
otro mano; pero, era tan precario mi asidero, que me fue imposible volver el
cuerpo lo suficiente como para alzar la diestra hasta esa altura.
Luego vi algo que
descendía sobre la cabeza de Obie. Aun por sobre el ruido del tren oí un golpe
sordo. Un momento más tarde Obie caía sobre mí. Mi diestra logró asirse del
borde del caminillo y pude arrimar más el cuerpo al vagón. Aun así, su cuerpo
me rozó la espalda hacia las vías.
Después sentí que una
mano asía mi muñeca y vi que era Pete Brenner el que se asomaba por el techo
del coche. Aún empuñaba el trozo de caño que llevara en el bolsillo. Era de
plomo y medía veinte centímetros de largo.
De pronto se dio
cuenta de que ya no lo necesitaba y lo arrojó a un costado empleando entonces
ambas manos para izarme.
Entonces miré hacia
abajo. Obie estaba doblado sobre el enganche que unía ambos vagones, pero su
cuerpo comenzaba ya a deslizarse. Cayó de cabeza y le vi golpeársela contra el
riel antes de que el vagón le pasara por encima.
Un momento más tarde
nos dimos cuenta de que aminoraba la velocidad del tren, probablemente para
volver hacia atrás, mas no esperamos hacer el viaje de regreso. Saltamos a
tierra y escapamos de la playa por el camino más corto, volviendo luego lo más
rápidamente posible al lugar en que Pete dejara su coche.
No hablamos mucho,
pero el muchacho me explicó lo sucedido. Al notar que se movía el vagón, asomó
la cabeza por la puerta y alcanzó a verme que seguía a Obie por los escalones
de un vagón. Saltó entonces a tierra y se asió de la misma escalera que
nosotros. Habíase quedado allí sin subir al techo mientras escuchaba nuestra
conversación. Cuando grité —cosa que ignoraba yo, pero que no me extrañó— y en
el momento en que Obie se disponía a desprender mis dedos de la rueda, se
adelantó por el caminillo a todo correr y le golpeó en la cabeza con el caño de
plomo.
Me lleyó hasta donde
estaba mi Buick y allí nos despedimos. Yo volví a mi casa a toda velocidad,
hice una llamada al aeropuerto y luego otra a Millie. Le dije que ya marchaba
todo bien y que no sólo deseaba que volviera, sino que estaba desesperado por
verla, que había un avión aquella misma noche, y que en él llegaría a casa
antes de las doce. Me contestó que así lo haría.
1
A las nueve y cuarto
pasó Rowland por mi escritorio, de camino hacia la salida.
—Ed quiere verte, Sam
—me dijo.
Me levanté para
encaminarme a la oficina del jefe.
—¿Cómo te fue de
vacaciones? —me preguntó.
—Muy bien.
—Bueno, ahora te daré
un encargo fácil para reanudar tus actividades. Es algo bastante raro.
¿Recuerdas que antes de irte creímos que un muchacho llamado Westphal se había
matado en Whitewater? Tú ibas a escribir algo sobre él.
—Lo recuerdo
—contesté.
—Pues anoche se mató
de veras. Andaba saltando de vagón en vagón en la playa de maniobras y cayó
entre dos. Las ruedas le pasaron por sobre la cabeza, pero esta vez no hay duda
en cuanto a la identificación.
—¿Cuántas páginas
quieres?
—No mezquines nada. Su
padre es uno de nuestros avisadores, y Rowland dice que el muchacho era famoso
entre los estudiantes. Rowland se ocupará de la parte informativa; tú escribe
algo como lo que ibas a hacer la vez pasada.
—Muy bien.
—Tómate tiempo y hazlo
como debes.
Volví a mi escritorio
y rebusqué en el fondo del cajón superior. Todavía estaba allí el artículo que escribiera
nueve días atrás. Comenzaba: Hoy, bajo las ruedas de un tren de diversiones
de Whitewater Beach...
Taché la frase con un
lápiz de mina muy blanda y cambié el encabezamiento, poniendo: Anoche, bajo las
ruedas de un vagón de carga, en la playa de maniobras del ferrocarril...
Después leí las seis
páginas del artículo sin cambiar una sola palabra. Pero, como no tenía
obligación de entregarlo hasta pasada por lo menos una hora, me quedé allí
sentado, con la vista perdida en el vacío. Hasta que en lo alto del cielo raso
comenzó un tábano a hacer un ruido infernal...
FIN